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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

23 dic. 2012

Capítulo cuarenta y uno



Los días habían trascurrido y las pocas heridas que sufrió el hospital habían sanado. Ya no se hablaba del asesinato que había ocurrido meses atrás, era como si nunca hubiese existido esa persona. Además, ¿para qué recordarlo? Al fin y al cabo, su familia lo había olvidado en el día que lo internaron.

La muerte del paciente ya era historia antigua.

La tensión entre Gustav y Tom había disminuido aunque eso no significaba que el rubio aun estaba de acuerdo con la relación que sostenía con Kimberly. Pero al ver que su amiga era feliz, no podía oponerse como él quisiera. Aunque pudo comprender, que los sentimientos del chico de rastas eran sinceros.

Tom no quiso saber absolutamente nada del pasado de Kimberly (ya que las primeras semanas después de la pelea, Gustav le siguió insistiendo en que tenía que saber algunas cosas de ella), no le importaba. ¿Para qué recordar cosas que la chica quería olvidar? Lo que sea que pasó, fueron errores del pasado. Errores, que estaba seguro Kim no volvería a repetir.

Se sentía bien estando con ella, aunque seguía demostrándose algo distante, ya no era tan fría como lo era antes. Solo por eso le gustaba ir al trabajo, extrañamente, ese lugar lleno de tristeza le daba tranquilidad a su mente pero, la persona que se encontraba en la habitación 1014 del último piso del inmueble, se lo llevaba todo: distraía su mente, su cuerpo se sentía en paz y lo más importante, con ella, podía sonreír. No importaba qué.

Pero, cuando la noche se terminaba, toda buena sensación en su cuerpo se desvanecía y regresaba a su cruda realidad que ya llegaba a sentir como un infierno. Por más que no se quería mostrar débil frente a sus padres y mucho menos con su hermano… simplemente no, ya no podía. Ya era mucho dolor para su alma. Bill ya tenía mucho tiempo en coma y los Doctores no les habían dado alguna buena noticia: su gemelo no ha tenido mejoría y podía sospechar que las cosas solo iban de mal en peor. Por más que intentaba no pensar en lo peor, no podía evitarlo. Ya era demasiado.

Sabía que lo mejor era dejarlo todo ahí, sentía en su interior que su hermano estaba sufriendo pero… por más que quería ser fuerte, no podía.

No lograba verse sin su gemelo. Después de todo, él era la única familia que le quedaba.

Bill sabía lo que Tom ha estado pensando y por dentro, se sintió agradecido al saber que pensaba dejarlo ir. Pero, todavía no, no era el momento. Aun le faltaban un par de cosas por hacer: enfrentar a su padre, Jörg, era la primera. Quería hacerlo solo, sin que Tom lo supiese ya que sabía que eso solo lo desmoronaría aun más.

Él, Bill, sería el único capaz de hacerle pagar por todos sus pecados. Haría pagar todo el daño que le hizo a su familia, haría pagar su abandono.

Segundo, estaba su gemelo. Hablaría con él, para eso es que se estaba “entrenando” con Sam. El chico había comprendido que enfrentar las cosas por medio de Kimberly no era la forma correcta de hacerlas. Ella no es de su familia, ella no comprende el dolor que han cargado desde niños.

Hablar con Tom simplemente no le correspondía y de mala gana, comprendió que involucrarla en esto había sido una mala idea.

Y por último, su madre. Pero hablar con ella, no le correspondía a él, sino a Tom. Por eso necesitaba hablar con él primero.

Simone lo había menospreciado tanto que ni siquiera Bill lo soportaba. Había sido cruel con su hermano por tantos años que era el momento de ponerle un alto. Acto que le corresponde solamente a Tom.

Para cuando aquella confrontación llegase, él no iba a estar ya en este mundo. Lo sabía, lo tenía presente. Se sentía mal por eso: dejar solo a Tom cuando se enfrentara con su madre, su mayor desafío. Pero de alguna manera, sentía que eso era lo correcto; estaba seguro, que eso era lo que Tom necesitaba para volverse fuerte y de una vez por todas, independiente.

Para todo aquello Bill tenía que hacer sacrificios, pero no le importaba. Sam le había explicado el por qué su alma había perdido color, éste le respondió con honestidad y le advirtió que se estaba llenando de odio y pronto, se corrompería. A lo que Bill no podía estar más de acuerdo.

Tal vez marcharse con odio no era lo que él esperaba, pero si eso significaba cumplir con sus metas y ayudar a su hermano, lo aceptaría sin reproche alguno.

Últimamente, no ha visitado a Kimberly aunque ésta se lo pidiera. Lo mejor era alejarse de ella, que se olvidara de él y del favor que le había pedido. También, esperaba que se olvidara de su hermano ya que (aunque él realmente quería verlos juntos) sabía que su relación no iba a funcionar y mucho menos, terminaría bien para alguno de los dos.

Aunque fuesen felices por el momento, aquel sentimiento no era para siempre. Él lo tenía más que claro, también Sam.

El chico cada vez se volvía más distante y a la vez más sincero con su pupilo, ¿para qué seguirle ocultando la verdad? Si ya le había contado casi todo aquella vez en el hospital. Bill casi sabía todo de su vida, cosa que Kimberly ni siquiera se imaginaba. Kim… su amor platónico desde que la vio crecer.

Aun no podía comprender como es que se llegó a enamorar de ella. Ni siquiera logró sentir aquel gesto por alguna mujer cuando se encontraba con vida y ahora, gracias a la ironía, lo conoció estando muerto. ¿Qué acaso su sufrimiento no iba a terminar nunca?

La quería, pero la odiaba al mismo tiempo al saber que lo que sentía era algo imposible y estaba consciente de que nunca iba a ser correspondido. La detestaba por haberle dado la espada cuando le pidió ayuda y cuando se negaba a escucharle en extraños momentos donde tenía ataques de amabilidad y trataba de darle ánimos. Y por último, la aborrecía… porque ella si pudo encontrar un amor. Porque aquel sentimiento era mutuo. Porque era feliz y no era por él, porque se volvió fuerte y no fue por su ayuda. Era por Tom. Encontró todo lo que buscaba en ese guardia y no en él. ¿Por qué? ¿Qué es lo que él tenía de especial (quitando el hecho de que él si estaba vivo), qué es lo que le faltaba para estar a su altura?

Pero, el peor sentimiento era el odio que se tenía a sí mismo por lastimar a la única mujer que amó. Eso jamás se lo perdonaría. Nunca. Si es cierto que Kimberly se encontraba internada en el hospital a causa suya… jamás fue su intención hacerla terminar como una loca. Las cosas se le habían salido de las manos. El sentimiento de venganza y rencor que sentía hacia el doctor que lo había asesinado era tan grande que no lo dejó pensar con claridad y cuando logró volver en sí, ya era demasiado tarde: Kimberly estaba encerrada.

Eso le enfurecía y lo hacía sentir más miserable: además de cargar con su pena, cargaba con la de la muchacha que al fin y al cabo, era completamente su culpa.

Suspiró. Y después vinieron los celos hacía todos los que querían ayudarla, por ejemplo, ese tal Gustav. En ese tiempo, Sam tenía la idea de que nadie sería capaz de ayudarla, nadie excepto él pero después, ¡tuvo que llegar ese maldito guardia y arruinar todo!

Tom le hizo entender que él no era la salvación de Kimberly, no lo fue y nunca lo será.

Aquello era… triste.

—Pero… si él es lo que tú necesitas te juro que yo… yo… —titubeó—. Kimberly… —susurró acariciando, no, rosando con miedo su mejilla— desapareceré para siempre de tu vida.

Le prometió a la chica que yacía profundamente dormida y que se protegía con la sábana que su pareja le había regalado noches atrás.


«Ya no te haré daño. Nunca más.»





—Lindo listón, combina con tus ojos —bromeó Tom tomando asiento a un lado de su compañero. Georg rió por lo bajo y sin sentirse ofendido siguió jugando con el listón verde que se había encontrado a las afueras del hospital hasta que al final, decidió guardarlo en la bolsa de su pantalón.

—Puedo preguntarte algo… sin... qué te ofendas —su compañero asintió—. ¿Por qué aun lo conservas?

—Uh bueno, la verdad no lo sé —confesó mirando hacia el piso—. Estaba dispuesto a tirarlo cuando llegué a casa pero… sentí que no era lo correcto y decidí conservarlo. Tan fácil como eso.

Tom sonrió.

—Eres tan raro, Listing.

—¡Gracias!

Entre sonrisas, Tom miró hacia el ventanal. Los dos guardias se encontraban sentados en el pasillo de los consultorios. Aquella era una noche tranquila y Tom solo esperaba la hora para ir a visitar a Kimberly.

La nieve que caía con suavidad les informaba que ya estaba a punto de entrar el invierno. Una estación favorable para el de rastas, ya que siempre le había gustado ver caer la nieve, como en ese momento.

—Te tranquiliza, ¿cierto? —escuchó de pronto de su compañero. Tom, sin contestarle, asintió.

De la nada, se puso de pie y avanzó hacia la gran ventana, mirando con dirección hacia el pequeño jardín de girasoles: todos estaban sepultados debajo de esa manta blanca, perdiendo su color. Parecía que la nieve estaba dispuesta a desaparecer todo lo relacionado con el sol.

«Y también… quisiera saber… por qué son tan hermosos aquellos girasoles que se encuentran en el jardín»

Recordó fugazmente.

Recargó su mano en el vidrio y poco a poco fue apretándola. Kimberly quería estar en ese sitio, ella quería ver los girasoles en persona, tocarlos, olerlos y tal vez hasta llevarse unos cuantos a su habitación.

Tom había notado (las pocas veces que le ha tocado llevarla con el Dr. Jost) que aquellas flores siempre la hacían sonreír. No importase si se encontraba de mal humor. Los girasoles la hacían sentir bien, le encantaban esas flores aunque ninguno de los dos supiera el porqué.

Sus hombros se encogieron. Y ahora, ¿qué pasara cuando Kim vea que ese campo amarillo ya no existía? Se pondría triste. Sacudió su cabeza. No iba a permitir que eso pasara.

Él le había prometido que la llevaría a conocer los girasoles. Bueno. Aquella promesa se iba a cumplir, ¡hoy mismo!

—Georg, ¿el Dr. Jost sigue en su oficina? —preguntó sin despegar la vista del campo.

—Uh, creo que sí. ¿Por qué?... ¿Tom?

—¡Te veo al rato! —se despidió sacudiendo su mano para después, perderse por el pasillo.

Georg bufó. Algo se traía entre manos, estaba seguro. ¡En fin!


Sacó nuevamente su listón verde y prosiguió jugando con él perdiéndose en ese lindo color verde que lo hacía suspirar.





—¡Dr. Jost!

—¿Sí, muchacho? —contestó alarmado dejando de llenar las últimas planillas para poder irse a su casa— ¿Sucede algo malo… con Kimberly? —se atrevió a cuestionarle ante la forma en la que había entrado.

—Eh… no, pero si tiene que ver con ella —aseguró torpemente.

—Habla —dijo interesado. Se acomodó en su silla y entrecerró sus ojos.

—Verá, estoy seguro que usted ha notado que a Kimberly le gusta demasiado los girasoles que se encuentran haya afuera —señaló la puerta. Jost asintió.

—Prosigue.

—Bueno, me gustaría que le diera permiso de salir a verlos, antes de que queden completamente sepultados por la nieve —lo pidió con tanta seguridad de que iba a recibir un “sí” que no pudo evitar sonreír.

Las cejas de Jost se alzaron ante esa petición. ¿Qué acaso el muchacho era idiota? Al parecer había olvidado que los pacientes del último piso tenían prohibido salir, por seguridad.

Juntó sus manos sobre la mesa y miró hacia la puerta entreabierta logrando ver que estaba nevando.

Tom estaba en lo cierto, Kimberly amaba los girasoles del jardín pero aun así…

—No estoy seguro en acceder ante tu petición.






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Jost, di que sí >:c kdfjhdskjfhdkgf aprovecho en subir este capítulo solo para desearles una muy feliz navidad :D que mañana tengan un día especial con todos sus seres queridos y que el 25 reciban todo lo que pidieron OJO, hay que recordar que lo material no es lo importante sino el cariño, el respeto y amor que te dan sin la necesidad de recibir algo a cambio.
Los quiero mucho lectores, ¡felices fiestas!

PD. ¿Quieres saber sobre mí? Puedes hacer todas las preguntas que quieras AQUÍ!!

17 dic. 2012

Capítulo cuarenta.



Desde que se despertó no se ha movido del borde de la cama más que para comer. Su interior estaba hecho un desorden y su cabeza parecía que estaba a punto de estallar ante tantos pensamientos desordenados; pero esta vez, no eran por Tom. Por primera vez, él se encontraba en el último lugar de prioridades: lo de anoche había quedado como un (grave) descuido pero él le había prometido que no iba a volver a suceder y ella de alguna manera creía en su palabra. Y aunque las cosas seguían siendo incómodas, no aguantaba las ganas de volverlo a ver.

Dejando eso a un lado, se enfocó en los pensamientos que la han estado trayendo loca toda la mañana: Bill, Sam —como siempre— y ahora, la voz de aquella mujer. Ella nunca había escuchado a una persona antes de morir, eso era algo nuevo y tenía razones para preocuparse: ¿qué significaba? Es lo que quería averiguar. ¿Tendrá que ver con Sam? Resopló. Siempre tiene que ver con él: traía algo nuevo entre manos y lo conocía tan bien para asegurar que no era nada bueno y para colmo, arrastraba a Bill en sus sucios planes. Sabía que él era el principal causante del repentino cambio de humor de su amigo; aquel triste color sobre su alma no era normal, además, Bill no sabía que era capaz de liberarse de la cama del hospital y estaba tan segura que él quien se lo dijo fue Sam pero no entendía el porqué. Se supone que le desagrada, ¿para qué ayudarlo, con qué fin? Nada tenía sentido.

—Que mirada tan más profunda, ¿en qué piensas? —cuestionó divertido con sus brazos cruzados sobre su pecho. Kimberly frunció el entrecejo aún más al escucharlo hablar; no había amanecido de buen humor y no estaba dispuesta a escuchar su tono burlón. No hoy.

—Fuiste a sonsacar a Bill aprovechando que yo estaba indispuesta, ¿verdad? —aquello había sido tan directo que tomó a Sam por sorpresa pero no tardó en tomar nuevamente su tranquilo semblante. Kimberly sonrió fríamente—. No hay necesidad de negarlo, ambos sabemos que sí —volteó a verlo—, pero dime el por qué. ¿Qué es lo que quieres hacer con él?

—Y eso, ¿por qué te interesa? —sus ojos se entrecerraron; quería intimidarla, pero esta vez, no lo iba a lograr.

—¡Respóndeme Sam!

Kimberly cerró su boca de golpe y los ojos de Sam se abrieron ante el tono de la muchacha. ¿Desde cuándo tenía la valentía de hablarle de esa manera? Al parecer, Kim se cuestionaba lo mismo. Pero ya era tarde para retroceder.

Nerviosa, se puso de pie para poder encararlo como se debía. Pero sus piernas temblaron al recordar que la última vez que lo hizo, estuvo a punto de perder a su amigo Gustav y al final, tuvo que rendirse ante él. Sus puños se apretaron. Bueno, esta vez no iba a ser así.

«¿Cierto?», le preguntó a su otro yo quien se encontraba a un lado de Sam. Para ella, al principio se le hizo algo tan extraño de que el hombre no se diera cuenta de su presencia, pero después, agradeció tanto aquello. Kimy, con su simple mirada le afirmó la pregunta sabiendo que si se mantenía fuerte, nada malo podía suceder.

—Solo te diré que te estoy haciendo un favor —respondió sin importancia—. Deberías agradecérmelo. —advirtió entre dientes.

—¿Favor?

—Te lo estoy quitando de encima. ¿No es eso lo que querías desde un principio?

Kimberly enmudeció. Sí, eso quiso la primera vez que lo conoció pero eso es lo que quería con todos, ¿por qué enfocarse solamente en Bill, solo por qué a él sí quiso ayudarlo? Negó. Las intenciones de Sam iban más allá de una simple ayuda. Además, ¿cuándo le ha gustado hacer favores? Nunca.

—Dime la verdad. ¿Qué demonios quieres de él?

—¡Vocabulario! —la regañó entre dientes, pero de igual manera, recuperó su tranquilidad en cuestión de segundos.

Sonrió y alzó sus hombros sin despreocupación haciendo enojar mucho más a Kim. Su actitud le demostraba que todo era un maldito juego para él; molestarla, es lo que más le gustaba hacer, se le hacía muy entretenido.

—Solo quiero que sepa las cosas que nosotros podemos hacer. Limitarle al chico sus poderes es algo cruel, ¿no crees?

—No hay necesidad de que los use —le aclaró—. Después de todo, no será mucho el tiempo en el que él permanezca aquí.

La ceja de Sam se alzó.

—¿Eso crees? —rió—. Han pasado meses desde su llegada y aun así no has podido cumplir con tu parte, ¡ni siquiera te has tocado el tema con el estúpido guardia! —bufó—. Creo que Bill estará un bien tiempo entre nosotros.

—Yo no decido cuando intervenir. Eso es decisión de Bill: cuando él esté seguro, yo hablaré. —Hizo una mueca—. Después de todo, soy solo una mensajera.

Aquel comentario era más para ella misma que para Sam.

Sí, ella era simplemente eso. Un medio, un puente entre el mundo de los vivos y los muertos; cosa que ninguno de los dos lados comprende: uno lo ve como algo inexistente e imposible y el otro solo lo quiere utilizar para causar daño. Algo que ya es imposible hacer. Pero ellos no entienden, nadie lo hace y es por eso que ella se encontraba encerrada en ese lugar.

Apretó fuertemente sus puños. ¿Solo era eso? ¿Acaso ese era su destino?

«No», aseguró viendo a Kimy. Ella era más que eso.

—Cuando eso suceda, Kim, él mismo será capaz de hacer el trabajo, ya no necesitará de ti y de nadie. Será completamente libre.


Aquellas palabras se le atravesaron como agujas en todo su cuerpo y cuando clavó su mirada en él, pudo distinguir que su rostro poseía una sonrisa vacía. Con que de eso se trataba todo: sacarla del juego. Pero, ¿por qué? ¿Qué es lo que Sam no quiere que haga?

—Esto pasa cuando no quieres ayudarme —como si hubiese leído sus pensamientos, volvió a hablar aunque no necesariamente respondió a sus preguntas—. Te dije, hace mucho, que si tú no me ayudabas, yo lo haría de todos modos: tarde o temprano pero esta vez sería a mi manera. —Le recordó—. Y ahora que tengo la oportunidad, no la desperdiciaré.

Kimberly lo miró vacilante. Aunque de niña Sam siempre le insistió en que le ayudara a cometer una “venganza” nunca de los nunca le dijo de qué se trataba o contra quién era pero como el hecho de lastimar a los demás estaba implícito, se negó rotundamente en participar con él.

—Utilizarás a Bill para cometer lo que tenías planeado desde hace años. Le quieres llenar de odio para que te sea útil ya que (según lo que he visto a través de mis días) un alma corrompida es más poderosa. Pero te aseguro —sus ojos se entrecerraron— que por más que el alma de Bill se esté volviendo añicos, nunca, ¡nunca accederá a ayudarte!

La sonora carcajada de Sam resonó por toda la habitación y ésta, logró borrarle la confianza que Kimberly tenía sobre sus palabras.

—Lo hará, porque esto también tiene que ver con él. Kimberly —resopló—, ¿crees que tomaría un alma al azar? ¡No! ¿De qué me sirve si no está conectado con lo sucedido? Necesito a alguien que haya tenido contacto con… con él —soltó casi en susurro—. Así las emociones estarán de por medio y la persona sufrirá mucho más. —Explicó a un sin dar demasiados detalles.

—Sam… —susurró perpleja. Era la primera vez que lo escuchaba de esa manera; era como una mezcla de dolor con impotencia… nunca pensó que existía algún sentimiento de sufrir dentro de él —sus ojos se cerraron—. Había olvidado que también había sido una persona.

—Aun así… —balbuceó insegura—, aún así ¡no te permitiré que lastimes a Bill! —gritó enfrentándosele como se debía. Sam estaba sorprendido, aunque no lo aparentaba, Kimberly le ha estado hablando de una manera que nunca lo había hecho en toda su vida: sin miedo. ¿Qué mosca le había picado? ¿Por qué de la noche a la mañana se volvió una persona segura de sí misma?

«Ese guardia… ¿tendrá algo que ver?»

—Sam, tu nunca me dijiste que fue lo que te había pasado o si es que alguien te había hecho daño. Tu solo viniste hacia mí con la intención de ayudar a lastimar a los demás, ¡nunca me diste razones! —calló para recuperar el aliento—. Si después de todo, sigues sin querer contarme de tu vida, está bien, no te obligaré a que lo hagas pero algo que sí te pido. No. ¡Te ordeno! Es que no metas a nadie más en tus asuntos, no me importa si tienen algo que ver o no con tu pasado. Tienes que comprender que tus asuntos, son solo tuyos… no arrastres a alguien más en tu infierno, por favor… deja en paz a Bill.

Un silencio sofocante se hizo presente en la pequeña habitación. Lo único que se lograba distinguir era la fuerte respiración de Kimberly: trataba de recuperar el aliento después de escupir todas esas palabras de un solo golpe. Y no. No se arrepentía de nada de lo que había dicho. Sam, decidió después de mucho, despegarse de la pared para caminar hacia ella y al estar a unos cuantos centímetros de distancia, se detuvo. Extrañamente, no tenía intención de lastimarla.

—Lo que haré Kimberly, nos salvará a todos. Incluyéndote.

Y dejando aclarado esto, se dio media vuelta para abandonar el cuarto pero por alguna razón, se volvió a detener y volvió a mirarla al recordar al estúpido hermano de Bill.

—Sabes —exhaló—, no es de mi incumbencia, quizá. Pero deberías de hablarle a ese idiota de lo que en verdad eres —señaló con la cabeza hacia la puerta—. Lo creas o no, él sigue pensando que lo tuyo es una enfermedad.

Los ojos de Kimberly se centraron en el piso al escuchar aquellas palabras. ¿Decirle la verdad a Tom? Pero… si lo hace, ¿qué pensará? Tristemente, las cartas no estaban a su favor.

—¿Qué? No me digas que crees que si le dices la verdad realmente terminará juzgándote como loca —suspiró—. Bueno, si eso llegara a pasar, ¿no crees que eso sea una señal de que él realmente no te merece? Piénsalo. —le pidió en el momento en el que lo miró. Kimberly afirmó ante su consejo ya que de alguna manera, lo que le dijo no era con una mala intención.

—¡S-Sam! —tartamudeó al ver que se marchaba—. Dejarás a Bill en paz, ¿cierto? —el chico sonrió de medio lado.

—Ya veremos.

Los hombros de la chica se encogieron al verlo traspasar la pared para tomar un rumbo desconocido. Esa respuesta, en su lenguaje, era un rotundo “no”. Pero no importaba, no iba a dejar que lastimara más a Bill de lo que ya estaba, eso era una promesa.

«Lo que haré Kimberly, nos salvará a todos...» Una mueca se formó al recordar esas palabras. Sam se escuchaba tan seguro de eso, pero, ¿”a todos”? Demonios, ¿a qué se refiere? ¿Quién es esa maldita persona que Sam quiere lastimar? Tenía que descubrirlo ya que al parecer «…Incluyéndote», también tenía algo que ver con ella.

Su labio inferior tembló ante lo último que le había dicho antes de marcharse. “Dile la verdad”, como si fuera tan fácil. Al principio, le tenía sin cuidado lo que Tom pensaba de ella: si la creía loca, chiflada o no, no le importaba. Pero, ahora, todo aquello la tenía angustiada: ya no quería que la viera con ojos de lástima y se alegró al descubrir hace poco que su mirada delataba que la miraba diferente, se podría decir, la miraba con cariño.

Ahora, se mordió el labio para retener un engañoso sollozo. Al parecer, Tom tenía la esperanza de que sus “delirios” se fueran calmando poco a poco, ya fuera gracias a las medicinas o por si solos, pero, ¿cómo hacerle entender que lo suyo no tenía cura? ¿Cómo reaccionaría al decirle que ella era una conexión entre los vivos y los muertos? Eso la haría sonar más loca de lo que se supone ya estaba y solo ocasionaría que se alejara de ella.

Kimy le había dicho que por el momento no le dijera nada. El muchacho traía tantas cosas en la cabeza que si le decías algo más todo estallaría y lo llevaría directo a la demencia. Y tenía razón: Tom llevaba mucho dolor en todo su cuerpo y lo almacenaba en el remordimiento de sus pensamientos. Él no aguantaría una noticia como la de Kim.

Al final, decidió que aún no era el momento de explicarle lo que en verdad sucedía con ella. Era mejor, por lo pronto, que siguiera creyendo que lo suyo era mental ya que al fin y al cabo, apenas se está acostumbrando a esa idea.

—Dios, Sam… cuándo… ¿cuándo volviste a ser tan humano? —le preguntó a la pared donde el muchacho había desaparecido hace apenas unos minutos.


Lo desconoció, definitivamente. Pero algo muy dentro de ella le pudo asegurar que esa era su verdadero ser. Si tan solo… si tan solo hubiera sido así desde un principio, tal vez las cosas hubieran tenido un ritmo diferente en estos momentos.



Él los observaba desde un rincón oscuro de la habitación. Sabía que esto último no iba a ser nada fácil para Bill, pero tenía que afrontarlo en algún momento.

—¿Estás listo? —preguntó apretando ligeramente su hombro.

El joven dejó de sostener la mano de su gemelo y sin voltear a ver a Sam, cuestionó:

—Esto ayudará a todos, ¿verdad? —el rubio asintió—. Supongo que… no hay otra salida —se resignó por fin sin dejar de mirar a su hermano.

Salidas, siempre han existido muchas. Pero si la razón es alejar el dolor solo ha existido una: el sacrificio.



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Me costó taaaaaaaaaaaanto empezar a hacer este cap, pero de la nada, la inspiración llegó a mí y no pude dejar de escribir, fue tan extraño .-. pero el resultado me encantó *-*. Espero y a ustedes también les guste :D
PD. Sam puede ser un amor cuando quiere, ¿no? 

9 dic. 2012

Capítulo treinta y nueve



El paisaje era digno del ambiente otoñal: hojas con su color naranja y café regadas por todo el pavimento y el dulce aire fresco que te penetraba los huesos de una manera especial. La chica sonrió. Nunca pensó que volvería a ver ese tipo de escenas: disfrutar del libre viento golpear su rostro de manera suave y de oler esa frescura de la naturaleza. Sonrió. Aunque aquel gesto no duró mucho.

La verdad, esperaba salir pronto del hospital. Pudo mejorar su comportamiento y después de mucho esfuerzo, logró poner uno de sus pies nuevamente en la tierra solo le faltaba un pequeño empujón para tener el otro dentro y volver a llevar una vida completamente normal, pero de eso, se encargarían ya sus pocos medicamentos y la fuerza que le brindara su familia. Su familia… ¡volvería a ver a su familia después de cuatro años!

Miró hacia el horizonte mientras el viento revoloteaba su cabello y su vista se perdía en las hojas que se despegaban del piso para danzar junto con la corriente otoñal. El camino estaba desierto, ninguna persona se divisaba a lo lejos ni por los al rededores así que regresó su vista a sus pies y miró de reojo hacia su única maleta para cerciorarse de que aun se encontraba ahí.

Soltó un inseguro suspiro. Aun no comprendía el porqué el Dr. Baecker le permitió esperar a su familia a las afueras del hospital; según él, ellos ya estaban en camino y llegarían en menos de media hora. Ya iban para hora y media. Quería regresar al hospital, pero tenía miedo de que la regresaran nuevamente a esa sala con todas sus compañeras (no las quería), pero, el frío poco a poco comenzaba a calarle y el suéter que traía no era suficiente. Suspiró por última vez mientras se abrazaba a sí misma para darse algo de calor; solo esperaba que su familia esté a la vuelta de la esquina… ya no quería saber más de aquél hospital.

“¿Hm?”. Dejó de ver nuevamente hacia el camino de donde se suponía, se vería el auto de sus padres, y miró hacia atrás. Aseguró haber escuchado a alguien así que se volteó completamente mientras agudizaba la vista para mirar mejor entre el pequeño bosque de árboles casi secos.


—¿Mamá? —preguntó la paciente buscándola con su vista—. Mamá, dime, ¿eres tú? —cuestionó deshaciendo su propio abrazo para dejar solamente una mano hecho puño en su pecho—. ¿Ma…mi? —sus ojos se abrieron completamente para soltar un leve quejido entre sus labios; después, cayó.

Las hojas otoñales comenzaron a tomar un color rojizo. El golpe, ocasionado por un bat de aluminio, había sido tan fuerte que su cabeza comenzó a sangrar. El arma, con restos de sangre, cayó a un costado rebotando en la tierra y extrañamente, hizo un ligero eco.

La paciente fue levantada con cuidado y colocada en la cajuela del auto no sin antes examinar la herida. Bleh, no era tan profunda, aguantaría el viaje. El bat fue limpiado en el momento en que se levantó del piso y puesto debajo del asiento del conductor; antes de subir, se percató de la presencia de una pobre y vieja maleta color café. Fue hacia ésta, la recogió y la abrió para revisar su contenido: solo un cambio de ropa, un peine y un listón para cabello color verde. Cada vez, dejaban llevar menos equipaje. Abrió la puerta trasera del auto y aventó el maletín. Ya no había nada más que hacer en ese lugar, por ahora.





Todo era confuso, ¿por qué se encontraba en otro hospital? Se supone que ella había sido dada de alta, ¡no que la iban a transferir a otro lugar!

Se quejó por lo bajo, sentía un horrible dolor de cabeza en un lugar específico así que con cuidado, llevó su mano hacia la parte posterior de ésta y pudo sentir algo de sangre seca en su cabello y una venda cubriendo algo, una herida. Entonces recordó: nunca llegaron por ella, ¡la atacaron a las afuera del hospital! ¿Acaso… acaso la habían secuestrado? Pasó saliva con dificultad mientras inspeccionaba el lugar; ya comenzaba a sentir el miedo de la soledad, además, algo le decía que no iba a salir de ahí con vida.

—Ya despertaste —escuchó.

—No quiero morir aquí —confesó la paciente llorando y sintió unas manos en sus hombros que trataban de reconfortarla. La mujer paró sus sollozos sorprendida: el tacto se le hacía familiar… ella conocía a la persona.

—No morirás Jeny, solo me ayudarás a realizar unos experimentos, ¿ok? Te beneficiarán a ti y a las próximas generaciones que sufran de esquizofrenia.

—No —negó con los ojos llorosos—. No quiero, ¡no quiero!

El Dr. Baecker sonrió.

—No tienes elección —le hizo saber acariciando su cabello color azabache—, tu destino es contribuir con la ciencia.

Jeny comenzó a llorar pero los sollozos se quedaron atorados en las puertas de sus labios. La voz se le había ido a causa del miedo y la tristeza: moriría y nadie se daría cuenta de ello, ni siquiera sus padres.

Pudo sentir el roce de algo metálico en su nuca percatándose de que se trataban de unas tijeras que comenzaban a arrasar con su largo cabello: grandes mechas caían al piso y otras se quedaban atoradas en sus hombros y al sentir que en su cabeza solo quedaba la venda cerró rendida sus ojos mientras las lágrimas aun escapaban sin piedad.

—Ayúdenme —susurró.

Abrió los ojos de golpe y se percató de que estaba boca arriba. Miró a su alrededor buscando señales de lo que fuese en su habitación, pero estaba sola.


—Es extraño, estoy segura de haber escuchado a alguien —murmuró Kimberly con su voz apagada y con ojos tristes—. Esa mujer… al parecer, murió llorando —se dijo a sí misma dándole la espalda a la pared y se acobijó más con esa sábana que su guardia le había regalado—. No se fue en paz.




Había sido una pesada noche: la discusión que había tenido con su madre, la discusión con Gustav, el atrevimiento que había tenido con Kimberly y el forcejeo con el paciente de la habitación #1010 que se había desquiciado nuevamente (más de lo que ya estaba) tratando de herir a su guardia. Se sobó la nuca. Lo único que quería hacer era dormir y olvidar todo lo sucedido pero claro, sabía que no podía hacerlo porque, aunque Kimberly ya no tocó más el tema, se sentía todavía la tensión por la “calentura” que había sufrido y él, él estaba completamente avergonzado.

—Qué noche la de hoy, ¿eh? —exclamó Georg caminando a la par de su amigo—. Por poco y ese loco me muerde el brazo.

—Georg —suspiró—, no quiero escuchar lo que Gustav quiere decirme. Dejemos todo por la paz, ¿ok? Lo vuelvo a mencionar, ese es mi problema, no de ustedes. Gracias. —concluyó caminando más rápido a lo que su compañero se detuvo.

Georg era de las personas que le encantaban hablar, pero también era de esas que son muy predecibles a lo que van a contar. Además, ese comentario del brazo, ya se lo había dicho saliendo del último piso; al parecer, también era distraído. Tom negó divertido. Su compañero era un desastre pero era un buen amigo… aunque en estos momentos sea algo molesto.

—Odio cuando me ponen entre la espada y la pared —confesó el de la coleta volviendo a caminar—. Siempre soy yo el que sale perdiendo.

Era un rico día y promovía ser uno bueno también, aunque la noche anterior había sido un completo desastre. Pero así suelen ser las cosas, ¿no? Un día puede ser el más negro y el otro, el más soleado. Hizo una mueca. Era extraño cómo funcionaba la vida, pero le agradaba.

Al salir del hospital, miró a su amigo de rastas subiendo al autobús que lo llevaría hasta la ciudad. “Wow, Tom, no sabía que vivías lejos de aquí”, expresó ya que él vivía por los al rededores y cuando podía y tenía ganas, se podía ir caminando desde el hospital hasta su casa y viceversa, pero eso nunca sucedía, era un vil flojo; aunque debía admitirlo, el día ameritaba una caminata para disfrutar el paisaje otoñal.

—Bleh, ¿por qué no? —se preguntó a si mismo retomando su marcha y despidiéndose de Tom con la mano. Al parecer, su amigo no estaba molesto con él ya que éste le había dicho Adiós primero. Eso le alegró—. Ve a casa pequeño enamorado.

Los árboles casi secos siempre le habían gustado y luego, con las hojas secas adornando el piso, aquel pequeño bosque que se encontraba en la esquina era precioso. Sintió ironía, ¿cómo un lugar tan lindo podía existir a un lado de uno lleno de horrores y tristeza? La única respuesta que encontró fue que era otra ironía de la vida.

No caminó más al detectar algo extraño a unos metros de él: era un color opaco sobre las hojas, parecía un charco seco y al ir acercándose con cuidado visualizó un listón verde sobre ese charco así que se agachó y lo recogió.

—¿A quién le perteneciste? —se cuestionó curioso mientras una ola de melancolía lo invadía. Aquel listón se le hacía familiar.

Extrañado ante ese sentimiento, decidió guardar el listón en la bolsa delantera de su pantalón y continuar su viaje hacia su casa sin más distracciones pero presentía que ya no habría más.

“Supongo que ahora tendré que ser yo el que cuide de este listón, ¿no? O entonces, ¿por qué me lo pusiste en el camino? —preguntó mirando hacia el cielo y sonrió—. Tal vez pertenece a mi verdadero amor”

Ese era Georg, un hombre alegre y curioso que le fascinaba la manera en que funcionaba la vida: le gustaba afirmar que las coincidencias no existían y que todo era obra de lo que unos llaman destino. Pero sobre todo, Georg era un buen amigo.

—Pienso que Georg debió haber sido un detective privado. Tanta curiosidad en él puede llegar a ser un tipo de Don —concluyó el chico de rastas bajando del autobús para dirigirse a su departamento.



*
Este capítulo no sé kdfhdkshfdskjg Georg *-*, lo extraño tanto u.ú, ¿ustedes no? Espero y disfruten de la lectura :-) ¿Qué opinan del Doctor? :-/ es todo un loquillo.
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8 dic. 2012

Capítulo treinta y ocho



—El amor hacia mi madre —susurró ido. ¿Acaso todavía le tenía amor a su progenitora?

Simone estaba con él todos los días, todo el día desde que sufrió el accidente, ha sido la única que no se ha movido del hospital y cuando lo ha llegado hacer, es a la fuerza. Es cuando ya no puede ni con su propia alma que Gordon tiene que sacarla casi desmayada. Es su madre, y por eso, es que no lo deja solo, pero… —su mandíbula se apretó—, también es la mujer que lo ha tenido aprisionado toda su vida, nunca lo dejó ser y por su culpa, nunca pudo ser un niño normal.

—Tampoco Tom lo fue —expresó con una tristeza en su voz. Y si, culpaba a esa señora que era su madre.

Ella culpaba a Tom de todo lo malo que le sucedía a la familia y a Bill lo asfixiaba de tantos cuidados, según ella, para protegerlo de esos errores. Errores que eran de ella y solo de ella. Simone, su madre, era la culpable de todo. No Tom. No Bill, ni siquiera Jörg. ¡Era ella y su maldita obsesión por tener una familia perfecta!

—No te podías conformar con la humilde familia que éramos, ¿verdad? —cuestionó entre dientes—. Jamás te lo perdonaré madre. Tu, ¡tu destruiste nuestra familia! —gritó a todo pulmón pero calló de golpe al escuchar su voz resonar las paredes y sorprendido, miró hacia el techo: las lámparas habían relampagueado al grado que parecían fundirse.

—Bravo —le aplaudió con admiración—, ¡bravo Bill, bravo! —aplaudió más fuerte y palmeó su espalda.

—Q… ¿qué acaba de pasar? —preguntó sin entender ni una sola palabra con la mirada aun hacia el techo.

—Te acabas de librar de lo que te ataba al hospital. Le dijiste adiós al amor de tu madre.

Los ojos de Bill se abrieron ante aquella noticia.

—¿Qué? —fue lo único que pudo exclamar ya que inmediatamente la sensación de culpa lo invadió.

No se retractaba de lo que le había dicho a la mujer que le dio la vida ya que sabía que cada acusación era cierta pero eso no significaba que no la quisiera. Dejando a un lado todos sus errores, ella había hecho demasiados sacrificios por él y por Tom también. Maldición, ¡ella no dejaba de ser su mamá!

—No —negó y se dejó caer apoyando fuertemente sus manos en el piso—. No, espera, yo no quería eso… yo… yo no estaba consciente de lo que decía. Por favor —suplicó— no me quites el amor de mi madre, por favor.

—¿Quitarte el amor de tu madre? Pero Bill, ¡yo no te quite nada! —exclamó anonado—. Fuiste tú y lo que dijiste acerca de ella es lo que en verdad sientes, odio. Vamos, sé honesto y deja atrás esa personalidad de niño bueno que no te queda: siempre quisiste decir aquellas palabras, se lo quisiste decir a ella para que te dejara ser libre pero nunca tuviste el valor para hacerlo… hasta ahora —suspiró—. Como siempre dicen “mejor tarde que nunca”, ¿no?

—Tal vez —murmuró.

—Alégrate Bill. Ya te libraste de una de las personas que te tienen aferrado a esta cama, estás a un paso de la libertad. —le informó con su vista pegada a la ventana.

Bill, que aún se encontraba en el piso, alzó su mirada con un brillo de inocencia en ella. ¿Libertad? Volteó hacia la puerta sabiendo que su madre estaba al otro lado. Lo que lo ataba a ella ya no existía más, estaba seguro ya que no sentía su asfixiante amor ni su obsesión por convertirlo en el hijo perfecto. Ya no sentía sus manos sobre él. Sam estaba en lo cierto, se había liberado.

—Tienes razón.

—¿Uh? —escuchar su voz lo sorprendió, pero después dio una sonrisa sin importancia—. Claro que la tengo, ¿por qué he de mentirte?

—No me refiero a eso, sino acerca de los sentimientos hacia mi madre —le explicó poniéndose de pie—. Siempre sentí odio por todo lo que le hizo a mi familia, pero nunca fui capaz de decírselo, tal vez por miedo a que arruinara más mi vida y decidí callar pero… todos llegamos a nuestro límite. Y explotamos. Gracias por salvarme, Sam.

Dejó de verlo de reojo y volvió a pegar su vista hacia la ventana. No le respondió a la gratitud de Bill, le fue indiferente aunque escuchó con atención su confesión.

—¿A dónde piensas ir? —preguntó al percibir movimiento por parte de Bill.

—Solo… necesito salir de esta habitación y estar lejos del hospital, eso es todo. Volveré en un par de horas.

—Disfruta tu casi-libertad. —Bill sonrió inmensamente. Pero, aunque estaba feliz, su alma seguía teniendo ese color grisáceo. Color que significa dolor—. Mientras puedas. — Los ojos de Sam se encontraban cerrados mientras sentía como la oscuridad, que se formaba en su pecho, comenzaba a tomar nuevamente su alma. Era necesaria tenerla consigo, no podía dejarla escapar nunca ya que hace años atrás, comprendió que el odio que guardaba era demasiado importante para cometer su venganza.

“Un alma quebrantada es frágil, pero cuando se llena de odio, se hace más poderosa. Bill, a este paso, olvidarte de tu hermano no será un problema… no espero que me perdones por esto pero, te necesito lleno de rencor, necesito que estés de mi lado”.


*


Sus manos pedían entrar dentro de su blusa y como todo un hombre que se debilitaba ante éstas situaciones, estaba a punto de acceder a la petición. Además, Kimberly todavía no le imponía el alto. Esa era una buena señal, pero claro, estaba cometiendo un error: él había olvidado que Kim no era una mujer cualquiera.

“¿Q…qué está haciendo? — los ojos de Kimberly se abrieron de par en par en el momento en el que las yemas heladas de la mano de Tom tocaron su piel desnuda y se estremeció al sentir como éste metía despacio su mano dentro de su blusa—. No, ¿qué hace? No, ¡qué se detenga!” Comenzó a rogar en sus pensamientos y ante el miedo dejó de besarlo y puso sus manos en el pecho del guardia y comenzó a empujarlo pero la fuerza de Tom era superior y de alguna manera, logró atraparla entre sus labios.

—No —logró pronunciar entre jadeos en un momento corto en que separaron sus labios pero al parecer, Tom no la escuchó.

Cuatro o tal vez seis almas se encontraban rodeando la habitación de Kimberly, entre ellos se encontraban el ser que había asesinado a un paciente hace ya algo de tiempo y una mujer calcinada. Bill, anonado, miraba como entre ellos se peleaban por entrar ese cuarto y aun así, nadie lograba traspasar la pared. Confundido, frunció su ceño al cuestionarse cuál era la necesidad de entrar ahí ya que ya los había visto anteriormente y ninguno se llegó a comportar de tal manera. Rodeaban su habitación más no podían entrar, solo Sam y él eran capaces de hacerlo pero nunca hubo algún alboroto. Suspiró. Decidió arriesgarse a traspasar aun con todas esas almas alrededor luchando entre sí.

Una barrera sofocante y poderosa para su ser lo invadió incitándole entrar a la habitación lo más rápido posible. Aquella energía que brotaba era asfixiante pero lo hacía sentir más fuerte y pudo notar como el color gris en su cuerpo se hacía cada vez más y más oscuro. Traspasó y por fin pudo recuperar la movilidad en su cuerpo. Era extraño, él jamás había batallado en entrar con Kimberly, ¿por qué está vez se le hizo imposible pero satisfactorio al mismo tiempo?

—Tom… —exclamó en susurro al verlos. De inmediato, centró su atención en Kimberly y se alarmó al verla asustada y con sus ojos vidriosos—. ¡Mierda Tom! —gritó corriendo hacia ellos pero la verdad, no tenía ni la menor idea de qué podía hacer.

Bill pudo notar que Kim por fin podía verlo ya que sus ojos giraron hacia él y al parecer, se había sorprendido ante eso pero ese momento de incomodidad se acortó ya que los ojos de la paciente se habían cerrado fuertemente ante la desesperación que sentía: Tom sobre ella y ahora Bill aparecía con esa apariencia, ¿qué demonios le había pasado, qué le habían hecho?

—Tom, detente —le ordenó su gemelo—. Las estás asustando, Tom, abre los ojos y mírala, ¡ella no es una mujer con la que puedes jugar! —gruñó—. ¡Ya suéltala! —gritó apretando su brazo a lo que inmediatamente, Tom abrió sus ojos al sentir una fuerte descarga, parecía que le quemaba el cuerpo y fue ahí cuando pudo reaccionar logrando que la calentura bajara.

Kimberly, se encontraba estupefacta y lo único que logró hacer cuando Tom la soltó fue pegarse contra la pared. Los miraba con miedo, sí, a los dos hermanos: a uno por el atrevimiento y al otro por esa energía desconocida que provenía de su corazón. Estaba aterrada y confundida.

—Kim… yo… lo siento —pidió perdón con la respiración alterada y después de unos titubeos, decidió callar y mirar al suelo ante la vergüenza que sintió; por todos los cielos, ¿en qué estaba pensando? Por unos momentos, no pudo evitar imaginarse que se encontraba en la habitación de su departamento, disfrutando de ese momento con la chica que quería y que ella… lo disfrutaba también pero había olvidado que aquella chica era una enferma mental y que no tenía ni idea de lo que era hacer el amor con una persona. Cerró fuertemente sus ojos, ¿acaso quería aprovecharse de su vulnerabilidad? ¿Gustav tenía razón acerca de sus intenciones?

—Tom —suspiró—. Tranquilo, no comiences una batalla en tu cabeza, por favor —le suplicó a su hermano apretando con delicadeza su hombro; no pudo evitar dar una escondida sonrisa al darse cuenta que había logrado tranquilizarlo—. Kim, las intenciones de Tom no fueron sobrepasarse contigo, lo sé, es mi gemelo y yo lo conozco —le explicó y la volteó a verla— pero hay cosas que se te tienen que explicar para que puedas entender que fue lo que sucedió. Te aseguró… no es nada malo.

Kim no le respondió, pero asintió aprovechando que Tom tenía su vista hacia el piso.

—No lo vuelvas a hacer —le advirtió con su voz algo débil. El chico de rastas alzó su vista y aun sintiendo vergüenza, asintió.

—Debí hablar contigo primero —se dijo más a si mismo que a ella—. Necesito explicarte muchas cosas pero las pocas horas que tengo libre no me permiten… —calló al ver a la mujer negar.

—No me interesa saberlo todo —informó y volvió a negar—. No quiero saber acerca del mundo allá afuera; no me interesa ya que dejé de formar parte de él hace mucho tiempo y la verdad, no espero regresar —confesó mirando de reojo a Bill—. De lo único que si quiero saber es —sus hombros se encogieron—, es sobre qué es lo que pasa entre nosotros, qué es todo esto que está sucediendo. Necesito entender eso, solo eso. —El guardia afirmó y antes de poder decirle algo, Kim volvió a hablar—: Y también… quisiera saber… por qué son tan hermosos aquellos girasoles que se encuentran en el jardín.

Eso último lo conmovió por alguna razón y aunque no tenía ni la menor idea de que cómo explicarle aquello, asintió ante su petición.

—Lo haré —le aseguró extendiendo su mano para acariciar su rostro pero Kimberly la esquivó.

—Aún no estoy lista para que vuelvas a tocarme. —Su voz sonaba amenazante. Volvía a ser aquella mujer fría que todos conocían pero a Tom no le importó y retrocedió un par de pasos para darle el espacio que necesitaba. Después de todo, aun se sentía avergonzado y estaba consciente de que había arruinado el gran avance que tuvo con ella por una pequeña ola de calentura. Dio una sonrisa de resignación. En ese momento, se merecía aquella cruel mirada.

—Tom, ¿qué es lo que traes en esa bolsa? —preguntó con indiferencia.

Bill sonrió. Al parecer las cosas volvían a la normalidad entre ellos y también… allá afuera: las almas volvían a vagar por los pasillos pero ya no se encontraban alteradas ni luchando por la necesidad de entrar a la habitación.

Los ojos del pelinegro se entrecerraron. “Las almas se exaltaron cuando Kimberly se encontraba asustada; en ese momento… yo pude sentir como mi cuerpo se alimentaba de una extraña energía. Acaso esa energía, ¿era el miedo de Kim que me alimentaba y llamaba a los seres de afuera?”

Al parecer, había algo más que se ocultaba en el pasado de Kimberly y Bill, él, haría todo lo posible para descubrir qué es.



*

Tom se había marchado. Kimberly estaba dispuesta a dormirse apegando su nueva y caliente sábana a su pecho pero al sentir la presencia de Bill aún en su habitación, se olvidó de descansar.

—Bill, ¿qué pasó en estos días que no podía verte? —le cuestionó sin verle.

—Me liberé —le respondió de inmediato—. No por completo, pero estoy a un pequeño paso de lograrlo. —Los ojos de la chica se cerraron pesadamente, algo no estaba bien.

—¿Cómo y por qué? —fue directo al grano.

—¿Cómo? Afrontando la verdad. ¿Por qué? —suspiró— porque si no lo hacía, estaba destinado a estar cautivo solamente en mí habitación y aparecer en los lugares dónde solo tu estés; no podía permanecer así por más tiempo ya que yo… tengo que enfrentar un asunto pendiente con el pasado.

La mandíbula de Kimberly se endureció. Bill aun no le respondía exactamente a su pregunta ya que sabía claramente que él no había logrado su libertad solo, ni siquiera estaba consciente de que lo podía hacer: alguien lo había ayudado y aunque sabía muy bien quién había sido, quería escucharlo de Bill

—Quieres decir, ¿qué ya no ocupas de mi ayuda? —y ese alguien, tenía algo entre manos.

—No lo sé.

—Me estás dando a entender que solucionarás tus problemas solos. Vuelvo a preguntar, ¿ya no ocupas mi ayuda?

Bill guardó silencio. Él había llegado con Kimberly para que le ayudase a hablar con Tom cuando el momento final llegara pero ahora, que sabe que puede hacerlo él mismo, no había razones para permanecer cerca de la chica. Pero aun así…

—No lo sé.

No estaba seguro de que las decisiones que ha estado tomando, sean las correctas.


*
Espero y les guste *-* <3>