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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

26 ene. 2013

Capítulo cincuenta.



Siempre procuró mantener su distancia con aquella paciente desde que la conoció ya que le incitaba algo de temor pero, el sentimiento de pena era mucho más fuerte y eso hizo que intercambiara un par de palabras al tratarla, tales como: “Qué tal estuvo tu día”, “Que bonita noche, ¿no crees” o simplemente un “Hola, ¿cómo estás?” acompañado de una amigable sonrisa. Quién iba a decir que haciendo aquella pequeña rutina se ganaría la confianza de la muchacha. Eso le sorprendió.

Aunque no le hablara tanto y ante sus estúpidos intentos de iniciar conversación siempre eran en vano, la chica ya no peleaba con él, cooperaba y dejaba que le tocara el brazo (ya no había necesidad de apretarle). Ese era un gran avance y le llegó a conocer a la perfección a sabiendas que si le llegaba a responder a un común “hola” eso significaba que Kimberly estaba de muy buen humor y la noche no sería pesada, en lo absoluto.

Pero esas últimas semanas, esas últimas noches… esas últimas guardias poco a poco se volvían en un infierno.

Parecía que Kimberly los había olvidado a todos y él no era la excepción.

Su estómago se revolvió ante el saber que debía entrar para detenerla pero no quería, no deseaba hacerlo… le tenía pavor y ella lo sabía.



Era algo irónico. Aquel día en verdad que lo era.

Mientras uno pasaba uno de los peores días de su vida, la otra disfrutaba uno de los mejores días de su vida.

¿Ya se observa la ironía?

Y lo más gracioso o extraño es que después de tantos años de sufrimiento, de dolor, de llantos, el día que por fin supo sonreír con sinceridad era el día en que la persona que le había enseñado aquello derramaba lágrimas de impotencia combinado con dolor y amargura. La verdad, ni siquiera entendía aquellos sentimientos que recorrían en su interior. Solo sabía que estaba y se veía mal. Además, su cuerpo estaba agotado.

Y mientras él se encontraba en aquel estado, ella estaba en su habitación dibujando, riendo y cantando campantemente en compañía de su amigo Bill y de su nueva amiga Jeny: los dibujaba a ellos sin ese toque sombrío que siempre les brindaba a sus creaciones, está vez, ellos dos lucían felices en el papel, porque lo estaban y ella lo estaba también.

De pronto, esa nube gris que estaba siempre presente en esa habitación había desaparecido y tal vez, para siempre.

Aquel día era uno radiante para Kimberly.

Aquel día era uno cruel para Tom.

Bill lo supo. Tuvo una conocida descarga que le recorrió toda su espina dorsal: aquello era su intuición de gemelo que le advertía que su hermano no estaba teniendo un buen rato. Sus labios formaron una mueca y giró levemente su rostro hacia donde yacían las dos chicas, sus ojos se entrecerraron algo avergonzado… no quería ser él el que rompiera ese mágico momento.

Pero era algo tarde Kimberly y Jeny notaron la extraña actitud que su amigo comenzaba a tener y Kim, desorientada, soltó su lápiz y dejó el dibujo de una pequeña niña a medias.

—¿Sucede algo? —le preguntó con normal curiosidad.

Bill dio una forzada sonrisa y negó.

—Nada importante. Solo recordé que tenía unas cosas pendientes… —Ante aquello, Kimberly echó con cuidado su cabeza hacia atrás y cerró fuertemente sus ojos. Jeny miraba ese cuadro sin comprender nada de lo que estaba sucediendo y comenzaba a sentirse excluida de la conversación.

—Dime que no irás con él. Dime por favor que no…

—No tiene nada que ver con Sam —inquirió dejándole con las palabras en la boca—. Aunque sabes muy bien que también tengo asuntos pendientes con él. Tengo que enfrentarlo tarde o temprano —le recordó sin hacer tanta drama.

Kimberly asintió inconforme. Todavía no le agradaba la idea de que lo tenía que ver en un futuro. Kimy, que hizo su aparición ante los ojos de su otro yo, tomó la misma reacción de Jeny: no comprendía nada de lo que se hablaba pero no le importaba, ella también quería estar presente. Qué importaba si la única que podía verle era Kim.

—Entonces, ¿qué sucede? —preguntó Jeny.

—Creo que mi mamá está en mi habitación —les informó… mintiéndoles, claro estaba—. Quisiera ir a verla, eso es todo.

Las dos chicas voltearon a verse imaginando que había algo más que Bill ocultaba pero ya que era su amigo, querían creerle. Bill esperaba impaciente que esas miradas juzgadoras terminasen de una vez por todas y de la nada, advirtió por el rabillo del ojo la presencia de un alma infantil. Con sutileza, ladeó su cabeza para verle un poco mejor y no pudo evitar sentir que él conocía aquella niña. Esa pequeña que se alarmó al ser descubierta por otros ojos.

Bill podía verle, ¿por qué?

Y antes de que el chico le hablase, la voz de Kimberly los sacó de su trance. Al parecer, ella no se percató de ese pequeño incidente.

—Ve… aquí te estaremos esperando —le aseguró sonriéndole de una manera tan sincera y bonita que Bill no pudo evitar quedarse atónito ante aquel gesto.

La había visto sonreír, no muchas veces, pero pudo ser testigo de esas cuántas y nunca, nunca había sonreído de tal manera. Algo en su interior le dijo, que era la primera vez que Kimberly brindaba gestos como aquellos.

—No tardaré —y ante ese aviso, se giró sobre sí mismo para quedar frente a frente con la pared. Antes de cruzarla, se detuvo un par de segundos y volvió mirar hacia Kimy.

«Yo te conozco », pensó entrecerrando sus ojos sin darse cuenta de que incomodaba a la pequeña. Pero sin darle más rodeos a su cabeza, desapareció de una vez por todas para ir en busca de su gemelo quién, sabía muy bien, le necesitaba.

Al estar solas Jeny se giró hacia ya la montaña de dibujos, agarró uno volviéndole a admirar y sin despegar su mirada le preguntó a su compañera qué es lo que tenía pensado hacer con todos ellos.

Kimberly meditó un momento como si no hubiese pensado en aquello antes: ya no había lugar en su pared y esas hojas merecían estar colgadas, ¡no amontonadas en un viejo escritorio!

—Quitaré los viejos, los que me dan miedo, los que me recuerdan un mal pasado —ante esa descripción se podía decir que tenía pensado quitar TODOS pero… bizarramente, se había enamorado de algunas de sus aterradoras creaciones. Bueno, no había que exagerar, no todos los seres de la pared daban miedo.

—Excepto los de Bill —continuó haciendo las líneas del rostro de la pequeña—. Por algunas cuestiones, él todavía no puede ser visto… a él lo mantendré debajo de mi colchón —respondió al meditar que no iban a caber todas las hojas en su escondite del baño.

Ahí solo escondería uno de los mejores de Bill y… uno de los mejores de Tom.

—Kim, Bill puede verme —avisó Kimy algo preocupada aprovechando que las mujeres hablaban de él.

Por unos instantes, la mano de Kimberly se detuvo al escucharle pero después, continuó con lo suyo. No podía responderle, Jeny estaba presente y Kimy se suponía era un secreto de ella ya que, bueno, la pequeña era ella misma así que lo único que pudo hacer fue girarse y sonreírle a Jeny pero, ese gesto le pertenecía a Kimy, quién yacía detrás.

La pequeña le comprendió y asintió.

—Kimberly, ¿me podrías hacer un favor? —le preguntó con algo de vergüenza y formando una mueca.

Se percató de que la alegría de Jeny se fue apagando poco a poco para regresar aquella mirada de pena con la que le había conocido.

Dudosa, le asintió. Todavía no le cumplía un favor a Bill y tal vez involucrarse en otro no era la mejor opción pero, oh vamos, era Jeny.

—Podrías... ¿podrías dibujar a… Georg?

Aquello le sorprendió un poco. La verdad, no pensó que le pediría algo como eso pero en su interior, agradeció eternamente que se tratara de eso y no de otra cosa.

—Claro —afirmó cambiando de hoja y tomando otro pequeñísimo lápiz ya despintado—. Sólo que no recuerdo muy bien su rostro para hacerle los detalles. ¿Me ayudarías en eso?

Jeny, agradecida, asintió.



El cementerio estaba completamente solo. Tom había llegado tres horas después de la citada, no quería ver a nadie. No quería hablar con nadie… no quería…

Ante la gran corona que yacía en la tierra, diferentes flores de colores (donde las blancas predominaban) notó que todavía había gente que le recordaba. Asimiló que pudo haberse tratado de sus amigos y claro, de su familia.

Sus puños se apretaron.

La familia de su padre… aquellos que le dieron la espalda a su madre. Nadie, ni siquiera sus abuelos se acercaron a Simone después de la separación para brindarles una mano. No volvieron a tener contacto con sus nietos, no les importaban, Tom siempre lo supo… no los querían. La familia de Jörg los odiaba porque por su culpa, él no había terminado su carrera de ingeniero (según sus abuelos, no logró “prosperar” como se tenía en mente) y todo, porque Simone quedó embarazada.

Los mandaron al diablo. Bueno, Tom había hecho eso al mismo tiempo que ellos. No los necesitaba y hasta la fecha, sigue sin hacerlo.

Y entonces, ante todas esas olas de recuerdos, una pregunta gobernó en su cabeza: “¿Qué hago aquí?”

¿Por qué razón había ido? Nunca debió de salir de su departamento: su padre los olvidó, Tom debió de hacerlo también. Debió de haberle dado igual su muerte así como Jörg le había dado igual abandonarlos pero… no, no podía.

Aunque se lo merecía, no podía hacerle eso a su padre.

—Yo no soy como tú —le aseguró entre dientes. Todo su rostro estaba tenso: no quería llorar, no se lo iba a permitir.

La flor blanca que yacía en su mano se estremeció ante el fuerte agarre. Tantos sentimientos en un frágil cuerpo: en algún momento iba a explotar.

—Yo no abandono a los que amo. Yo, Tom… T-Trümper soy un verdadero hombre y no un cobarde.

La tierra se vio impregnada por un par de gotas donde su origen, se encontraba en el muchacho. Maldición, ya no podía ser fuerte…

—Siempre tuve la esperanza de que volvería a verte y ahora, el día llegó… aunque no fue lo que esperaba —sus hombros se encogieron—. Supongo que… esta sería la única manera de reencontrarnos porque en vida… ¡nunca hubieras tenido el valor de buscarme! —gritó tan fuerte logrando que unas urracas salieran despavoridas de sus escondites en los árboles.

Su cuerpo cayó pero todavía tenía energía suficiente como para poner sus manos de escudo y evitar golpearse el rostro. La blanca flor había perdido la mayoría de sus pétalos y la tierra que se adentró en ella comenzaba a opacar su color.

—Yo te admiraba —le confesó a la nada—. Te quise más que a mi madre, ¿por qué me dejaste? ¿Por qué nos dejaste? —corrigió incluyendo a su hermano.

Negó perdiendo la batalla contras sus lágrimas. Éstas caían sin control humedeciendo su rostro y opacando la tierra. Fue en ese momento donde todo el control que había mantenido tantos años se perdió.

Hubo un pequeño clic en su interior, algo se había quebrado.

—Padre… padre… regresa y respóndeme, ¡¡respóndeme!! —exigió sobre sus rodillas y lo único que se escuchó después fueron sus potentes sollozos que profanaban la paz que yacía en el cementerio.

Bill permaneció a lado de su gemelo sin poder consolarle. Trató de mil maneras hacerse notar, pero era inútil: su mente estaba tan perdida y cerrada que nunca pudo sentir la presencia de su hermano.

El menor de los Kaulitz se sintió inútil e impotente… se suponía que las cosas no serían así. Tom nunca se enteraría de lo ocurrido… él… él no se enteraría jamás de Jörg. ¡¿Por qué tuvo que salir todo mal, por qué?!

«Dicen que fue un accidente… Jörg resbaló y cayó por las escaleras hasta morir. Un descuido, un pequeño descuido fue lo que le costó la vida a tu padre».

Y nadie supo que ese “descuido” tenía nombre y apellido: Bill Kaulitz.


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¿Ya han leído "Carrie"? Si no, hagánlo o_o es lo mejor kdjfhdskjfdgfgs espero y les guste este capítulo *-* sinceramente, me imaginé al Tom joven llorando sin control :c me dio cosa haha en fin, nos leemos en el siguiente cap, las quiero! :-)

24 ene. 2013

Capítulo cuarenta y nueve.



Suspiró en el acto en que su casillero se cerró. Cada vez las guardias eran un poco más pesadas: la paciente que tenía que cuidar se volvía cada vez más inestable atrayéndole muchos problemas a las enfermeras. Las dos mujeres tenían varios moretones debido a los golpes que la paciente les brindaba y también varios rasguños en la piel. Y ella, oh vaya, ella también estaba seriamente lastimada y lo peor era que ese daño fue causado por ella misma.

Hizo una mueca. Le tenía lástima a la chica…

Le tocaba hacer el recorrido por el último piso, pasó la linterna por cada puerta verificando que cada paciente estuviera en su cama dormido, como siempre, el paciente de la habitación 1010 lo esperaba para brindarle un buen susto. Dios, ¿es qué nunca se tomaba su medicamento? Eso, después de cuatro años ya, se volvía cansado e irritante.

Al escucharle gritar, giró sus ojos y pasó de largo ignorando su estúpida y maniaca risa. Se podía oír mal, pero detestaba a ese loco. Pobre de los guardias y enfermeras que debían de tratar con él, pensó siguiendo su inspección pero ya sabía exactamente en donde era su otra parada. Estaba a cuatro habitaciones, la 1014…

Su linterna se detuvo en aquella puerta dejando ver a una chica sentada sobre su cama, con sus piernas bien abrazadas y con un rostro inexistente en ese momento ya que todo su sucio, o tal vez, maltratado cabello castaño cubría completamente toda esa zona. Se mecía sobre sí misma una y otra vez y podía jurar haberle escuchado susurrar algo con exasperación.

Sus ojos se entrecerraron y se puso en alerta al percatarse que de nueva cuenta, se dañaba a sí misma: se estaba rasguñando los brazos, parecía que quería arrancarse un buen pedazo de piel y si seguía a ese ritmo pensó que lograría aquel cometido. Sus dientes se apretaron e hizo una mueca de desagrado.

Sacó la radio que mantenía en su cinturón y lo encendió dispuesto a hablarle a las enfermeras, otra vez, la paciente sufría una crisis. Apuntó su linterna acusadoramente hacia su rostro, al parecer, la paciente se había dado cuenta por fin de su presencia.

Oscar titubeó al encontrarse con sus ojos, no parecía la muchacha, parecía otra persona. Y aquellos ojos que simulaban las de un felino, le hizo darse cuenta que la chica estaba en el punto más crítico.

—¿Kimberly?


*


Abrió los ojos y verificó en el reloj que yacía en su muñeca que tan solo había descansado diez minutos. Pudo apreciar la espalda desnuda de su pareja quien rosaba su piel desnuda: la mantenía abrazada y al recordar lo que había sucedido entre ellos no pudo evitar depositarle pequeños besos en su nuca. Estaba contento.

No hizo tanto escándalo al notar que Kimberly se encontraba profundamente dormida, su profunda respiración la delataba. Sentía el aroma de su cabello y como si fuese algo que adorara tanto, apegó su nariz aspirándolo mejor y la abrazó atrayéndola más hacia él.

«Eres mía», repetía una y otra vez en su cabeza sin poder creerlo todavía. Hacía mucho que no se sentía de esa manera, tan… tan vivo y todo, gracias a ella.

Pero, toda aquella felicidad se esfumaba poco a poco al notar claramente la pared que tenía enfrente: aquello pálido y demacrado le recordó que no se encontraban en su departamento, sino en la habitación de un hospital psiquiátrico.

El momento lo había cegado haciéndole olvidar aquel detalle y al descansar esos pequeños minutos se imaginó o tal vez, soñó, que la cama donde yacían dormidos se trataba la de su departamento. Los dos yacían en su hogar, disfrutando de su compañía, siendo felices en aquella tranquilidad pero… no, ellos estaban encerrados en ese maldito cuarto que solo hacía sufrir a Kimberly.

Suspiró y de mala gana, se levantó de la cama con cuidado de no despertarle. Tom ya estaba ausente por horas, en cualquier momento llegaría uno de sus compañeros con el pretexto de su búsqueda y era mejor que no lo encontrara en esa situación. Al terminar de ponerse sus pantalones, sus ojos nuevamente se perdieron en la chica que yacía dormida en su cama. Tal vez, pensó, era la primera vez que dormía con aquella tranquilidad.

Con su playera en mano, se acercó con cuidado hacia ella y en susurro, le llamó para que despertara. Era tiempo de despedirse, por esta noche.

—Me gustaría que te quedarás un rato más —confesó abrazándose a sí misma. Tom dio una pequeña sonrisa y acarició el contorno de su mejilla sintiendo la suavidad de su piel.

—Cuando salgas de aquí, dormiré toda la noche a tu lado. Ya lo verás —le prometió depositándole un corto beso en los labios. Dios, ¿cuándo se había vuelto tan cursi? Había tenido muchas mujeres en su vida, de esas con las que nada más pasabas el rato y a ninguna, la había tratado de aquella manera. Nunca había sido atento con las personas del sexo femenino… hasta que la conoció.

Kimberly se tensó un poco pero, después, logró asentir ante aquella promesa. Después de todo, las cosas serían diferentes a partir de ahora y sabía, que si daba todo de ella, podía salir para estar al lado de su guardia como se debía.

—Deberías vestirte tu también —fue más un recordatorio que sugerencia. La paciente se ruborizó ante aquel comentario ya que había olvidado que estaba completamente desnuda. Nuevamente, volvió a asentir aferrando más las sábanas tratando de cubrir algo de su piel.

Al final, Tom se quedó cinco minutos más entre “despedidas” y besos. Quién sabe cómo, pero logró salir de esa habitación la cual inconscientemente se rehusaba a dejar. Nunca, nunca en su vida olvidaría aquel día.

Nuevamente en la soledad de su cuarto, Kimberly miró la ropa que yacía en la orilla de su cama ya que su guardia había tomado la molestia de recogérsela y de mala gana, accedió por fin en ponerse de pie y vestirse. Cuando terminó de ponerse la blusa, acarició levemente su estómago al sentir un ya bien conocido cosquilleo en su estómago y ante eso, no pudo evitar sonreír. Más bien, rió.

Se sentía demasiado bien. Habían pasado demasiados años desde que se sintió de aquella manera que había olvidado ya lo que era ser feliz. Sus ojos se cerraron al sentir a su alrededor una paz que nunca antes había sentido, por aquella noche, podía decirse que era la primera vez que sentía a esa horrible habitación cómoda, cálida y perfecta.

No sintió la necesidad de dormir, estaba inquieta y sabía muy bien qué podía hacer para calmarse. Además, se encontraba de un buen humor como para hacerlo toda la noche, después de todo, era otra cosa que amaba.

El crujir de la silla se escuchó cuando tomó asiento y entre tarareos de canciones sin nombre escogió una hoja del montón, alzó su lápiz y comenzó a dibujar.

Kimy se encontraba detrás de ella descubriendo lo radiante que se veía su yo mayor. Su cabeza se giró levemente al ver que la chica que tenía en frente parecía nuevamente una niña. ¿Dos niñas de nosotras mismas?, pensó confundida pero al mirar con atención se dio cuenta que solo se trataba de la misma Kimberly, solo que esta vez, tenía una pizca de alegría en todo su cuerpo.

Kimy sonrió.


*

Cuando apareció en la sala de seguridad sabía muy bien que lo primero que recibiría serían los regaños de un compañero que cubría a su amigo Georg. La verdad, no era de sorprenderse que Georg decidiera faltar, lo único que si le preocupaba es que no quisiera hablar con nadie, ni siquiera con Gustav que se supone era al que le tenía más confianza.

Mat le contó que además de tratar con el paciente de Georg, tuvo que ir a los dormitorios generales ya que una de las mujeres estaba causando problemas, después de tanto forcejeo, lograron darle un tranquilizante y calmarla. Tom rió a recordar que se trataba de Mari, la primera paciente que había conocido y le confirmó que en efecto, tenía un carácter demasiado fuerte. Después, le vinieron los reclamos ya que Mat lo llamaba por la radio para pedirle ayuda y éste no respondía, el guardia de rastas supo mentirle diciéndole que después de andar por el último piso, hizo guardia en el patio señalándole que en ese sitio, su radio siempre fallaba (aquello no era tanto mentira), después pasó por las oficinas y bueno, ahí lo tenía. Aunque aquello no logró calmar a Mat completamente, pudo conformarlo. Al menos creyó que hacía su trabajo.

Al amanecer y antes de salir de las instalaciones, Tom se encogió de hombros al ver el edificio donde yacía Kimberly; cómo le gustaría ir y desearle un buen día pero eso era algo complicado, en el día hay más movimiento y se le sería imposible acercarse sin ser visto. Al final, se fue un poco molesto ante aquella problemática pero trato de calmar su humor al notar que el Director Baecker lo observaba desde su automóvil y al pasarlo, sacudió su cuerpo: últimamente estar cerca de su superior le causaban escalofríos y demasiada incomodidad. Y extrañamente, sentía temor.

Sus llaves y su mochila cayeron en un punto perdido del piso. Como siempre, Tom los aventaba como si nada. Cansado, feliz y agobiado así se sintió cuando entró a su departamento: aquel lugar aunque era su hogar ya no lo sentía como tal. Solo era un sitio que le recordaba que su vida era miserable y que no tenía familia. Se encontraba completamente solo en ese aspecto.

Sacudió bruscamente su cabeza: no iba a dejar que esos pensamientos le fastidiaran y mucho menos iba a permitir que opacaran lo que había vivido con Kimberly esa noche. No. Ese día era para estar feliz, sonreír estúpidamente y suspirar como un idiota enamorado. Sí… todo por ella. Extrañas sensaciones le recorrieron en todo su cuerpo causándole que gritara de emoción y se echara a la cama con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía un adolescente, pero no le importaba.

Después de soltar un suspiro de satisfacción giró su cabeza hacia su teléfono percatándose de que tenía mensajes en su máquina contestadora. ¿Sería Andreas? Un nudo se hizo en su garganta, sí, ojalá y fuera él y solo él.

“Tom necesito que me devuelvas la llamada… es importante”.

Su boca se secó al escuchar al oír a su madre. Sin pensarlo dos veces, agarró torpemente el teléfono tumbando la base de éste y marcó tembloroso el número de su casa rezando en su cabeza que fuera lo que fuera no sería sobre Bill.

Cinco timbres pasaron sin que Tom pudiera respirar y al escuchar la voz de su madre del otro lado de la línea no fue capaz de responderle en el acto. Se quedó estático, mudo y aterrado al rendirse y confirmar que tal vez y sí se trataba de su hermano, después de todo, ¿para qué le hablaría su madre?

—¿Tom? ¿Eres tú? —escuchó con una seriedad que jamás le había conocido.

—Ah… s-sí —respondió apretando el agarre del aparato que mantenía en su oreja—. ¿Sucedió algo malo? ¿Le pasó algo a…? —ni siquiera pudo terminar su pregunta. En primera, porque no tenía el valor para hacerlo y en segunda, porque su madre no se lo permitió.

—¡Ni lo menciones! —le advirtió entre dientes y luego, hubo silenció—. Pero si pasó algo… algo grave —nuevamente silencio y en esa pequeña pausa, Tom pudo recuperar el aliento: su madre le dijo que si había pasado algo pero con el simple hecho de que no se tratase de Bill podía calmarse de nuevo.

—Se trata de tu padre.

—¡¿G…Gordon?! —gritó impactado ante la noticia—. Dios, ¡¿está bien, dónde está, qué le pasó?! ¡Voy para allá!

—¡No. Cállate y escúchame, por favor! —De nueva cuenta, su hijo mayor enmudeció—. Se trata de tu… de tu verdadero padre.

Y ante eso, todo se volvió a ir nuevamente al demonio. Pudo sentir como todo su cuerpo se congelaba y ante la palidez que había tomado su piel podía jurar que parecía un vil fantasma hecho de cristal.

—¿Pa…papá? —tartamudeó y muy apenas se pudo escucha. Aquella pregunta había salido como un leve balbuceo que llegó a hacer confundido por la estática de la línea.

—Jörg, él... —se pudo escuchar a la perfección como Simone tomaba todo el aire necesario para soltar de golpe todo lo que tenía por decir y al hacerlo el teléfono de Tom dio contra el piso mientras que él mismo… se perdía en su cabeza oyendo una y otra vez las palabras de su madre que hacían eco sin piedad en su cabeza, que en esos momentos, estaba hueca.

—Él murió hace dos días.


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Y comienzan los recuerdos de ese incidente con Oscar e.e ya pronto todo se revelará :3 y bueno, volví a la facultad, ya pronto se terminará mi primera semana del segundo semestre... solo espero que sea mejor que el anterior y que me vaya bien, igual les deseo toda la suerte del mundo a ustedes!! Den lo mejor de sí en sus estudios!! Gracias por leer *-* y las leo en el otro capítulo! :-) 

19 ene. 2013

Capítulo cuarenta y ocho

Nota: Todavía me considero muuuuy principiante en este tema kdjsfhskdjgfsdjg así que lo siento si no me quedó bien :(



Escribía algunos detalles en el expediente de un paciente viéndose interrumpido gracias al Director del Hospital.

David alzó su mirada pero la bajó nuevamente hacia la hoja que yacía en frente de él restándole importancia a Baecker y continuó con sus asuntos.

—¿Vas a hablar o no? Tengo mucho trabajo —avisó pasando hacia otra hoja.

—Kimberly comenzó de nuevo —dijo sin más sabiendo que ya tenía toda la atención del Doctor. David soltó la pluma haciendo que ésta rebotara sobre el escritorio de madera y lo miró nervioso.

—¿A qué grado…?

Baecker sonrió.

—Oh, no es grave. Comienza a hablar sola, al parecer, sus “amigos” volvieron. Una enfermera la escuchó y la vio interactuar como si hubiese otra persona con ella —le explicó tomando asiento sin invitación.

David bajó su mirada, atónito. Ayer, Kimberly estaba en perfecto estado, ¿por qué ese extraño cambio de comportamiento?

—Creo que es tiempo de volver a tomar cartas en el asunto —soltó poniéndose de pie—. Después de todo, sabríamos que su estado ya estaba marcado como crítico.

David se levantó de golpe ocasionando que golpeara una de sus rodillas contra la orilla de su escritorio y que la silla hiciera un horrible rechinado al moverse hacia atrás. Estaba nervioso: él tan solo saber que el Dr. Baecker estaba dispuesto a volver a supervisar a Kimberly sin su ayuda, solo significaba una cosa: “drogas”.

—Por favor… ¡dame un poco más de tiempo!

—¡Ya te di años! —le recordó con una dura mirada haciéndolo enmudecer. Sí… casi ocho años trabajando en Kimberly con la esperanza de volverla a traer a la realidad sin la necesidad de medicarla, después de todo, cuando ella ingreso era apenas una niña.

Se le hacía algo tan cruel e inhumano drogar a una pequeña, que le rogó al Director que la dejara en sus manos. Y después de tantos esfuerzos y no conseguir una mejoría, llegó como un ángel caído del cielo aquel guardia irresponsable que sin sabiduría en medicina y sin necesidad de tener un Doctorado logró traer a la realidad a la paciente que había adoptado como su hija.

Y ahora, que había conseguido ese tan anhelado avance en el estado de Kimberly, no iba a dejar que el Dr. Baecker se involucrara. Esto… ya era asuntos de familia.

—Tú no entiendes, ¡ella…!

—¡Ella es asunto perdido! —atajó perdiendo los estribos. Los labios de David se fruncieron y pudo sentir como gotitas de sudor resbalaban por su sien comprendiendo que se estaba tornando algo ansioso— ¿Cuándo entenderás eso David? O más bien, ¿cuándo empezarás a actuar como un verdadero Doctor y no como un falso padre?

Su cuerpo tembló. Maldito Baecker, ¡maldito sea! ¿Cómo se atrevía a hablarle de esa manera, cómo pudo tener las agallas para decirle que él no era un verdadero padre para Kimberly?... ¡cómo se atrevió a juzgar su trabajo como profesional!

Sin embargo, tenía algo de razón. Siempre comprendió que en ese oficio debía mantener la cabeza fría y no crear lazos de cariño con ninguno de sus pacientes, no importaba quien fuese ya que aquello, podría ser un peligro tanto como con el paciente y como con él. Pero… con Kimberly simplemente no pudo evitar mandar al diablo su código ético y tal vez, eso fue lo que obstruyó con sus investigaciones. Ya no interactuaba con ella como su Psiquiatra, ahora, siempre la veía y le hablaba como un padre, cegándose en la desesperación de no poder salvar a su querida hija de aquel sufrimiento que cargaba sobre sus hombros.

Tal vez y Baecker tenía razón: ya no había manera de recuperarla, tal vez, lo supo desde el día en que la vio por primera vez pero no quería aceptarlo. No podía…

—Las dosis se empezaran a cambiar esta misma noche —la voz de su superior lo había devuelto a la realidad—. Kimberly, a partir de hoy, vuelve a estar bajo mi cuidado. —La mirada de David se endureció.


No. ¡No se lo permitiría!… Después de todo, la esperanza es lo último que muere.





—Lo siento mucho —murmuró metiendo su amado girasol en el hueco de la pared de su baño.

Con una mueca, tomó el ladrillo y lo colocó nuevamente en su lugar escondiendo el girasol, dos hojas de papel cuyo contenido eran los retratos de Bill y Tom y una fotografía de una familia de tres integrantes donde los rostros de los padres yacían borrados gracias a la tinta negra de una pluma, dejando ver solamente a la pequeña niña.

Sabía muy bien que las visitas a su habitación de las enfermeras y del Dr. Baecker aumentarían gracias al pequeño incidente que tuvo donde había sido descubierta hablando “sola” enfrente de una mujer con uniforme blanco. Por eso, decidió que era mejor esconder el girasol, después de todo, se supone que ella nunca ha salido de su habitación.

Aquel hermoso día, era un secreto para todos los que no eran integrantes de su familia.

Regresó a su habitación para esperar en la oscuridad. En tranquilidad, esperaba que la puerta fuera abierta en cualquier momento dejándose ver al Dr. Baecker con un par de enfermeras y guardias dándole a entender que era el momento de drogarla con nuevos y viejos medicamentos.

Sonrió y miró a Kimy, quien la miraba angustiosa: ella ya no tenía miedo.

—Que vengan —retó a la nada—. Que vengan con todas sus pastillas, inyecciones y descargas. Todo será inútil. —aseguró sintiendo los orgullosos ojos de su otro yo sobre ella—. ¡Porque yo ya sé muy bien quién soy y sé muy bien que aquello no lo necesito!

Estaba preparada para lo que se le avecinaba porque sabía que pasara lo que pasara, no la iban a dejar sola.

A lo lejos, pudo escuchar la alarma de la gran puerta sonar. Sus ojos se cerraron más la sonrisa seguía intacta. Oyó el eco de las pisadas por el pasillo y como el sonido aumentaba cada vez más, se acercaban, no, ya estaban ahí.

La puerta se abrió.


—¿Tu?



Baecker salió de la oficina de David con sus manos escondidas en su bata blanca. En su rostro, llevaba una sonrisa de satisfacción: había concedido el capricho de su subordinado. Lo dejó seguir con el caso de Kimberly.

No había problema, mejor para él. ¡Que el lazo de amor crezca! Para que cuando se rompa, éste sea más doloroso aún. Lo dejaría ilusionarse un poco más, dejaría que creyera que Kim podía ser salvada. Qué más daba.

Su cuerpo se llenó de ansiedad al darse cuenta que no podía esperar el ver a su compañero lleno de decepción. Ya lo quería ver acabado, ¡lo quería ver arruinado!

—Pronto… pronto —susurró dejando que todo aquel júbilo se le escapara de las manos.

Soltó un gesto de dolor. Había chocado contra un incompetente guardia. Oh… pero no era cualquiera. Tom, alarmado, se disculpó un millón de veces al descubrir que había topado con su superior y sin dejar de lamentarse, se marchó de aquel pasillo con una dirección bien sabida por los dos: hacia el último piso.

Baecker volvió a sonreír al saber que sería asombroso ver como una persona supuestamente normal, caiga en manos de una demencia crítica. Él, más que nadie, sabía que el muchacho en esos momentos tenía una mente débil. Había pasado por muchas tragedias que no se sorprendería al saber que en algún momento llegara a presentar estrés postraumático.

Que divertido. Había otro sujeto más en su lista de experimentos. Solo había que esperar un poco más…

Por el momento, los dejaría divertirse un poco. Después de todo, él no era tan malo: solo era un médico amante de la ciencia y de la salud… al igual que su padre.


Y se marchó del pasillo, con calma y silbando una canción sin nombre.



Tom se quedó inmóvil en el marco de la puerta ante la reacción de Kimberly. Le miró confundido y miró hacia atrás buscando si yacía una persona a sus espaldas.

—¿Esperabas a alguien más? —cuestionó algo divertido y entró.

La mirada dura mirada de la chica desapareció. Pudo sentir como sus hombros se destensaban y ante el comentario de Tom, sonrió tomando de nueva cuenta asiento en la orilla de su cama. Kimy, desapareció feliz al confirmar que esa noche, Kim no sufriría peligro alguno.

—No. Lo siento… solo creí que… —calló y negó incrédula. Todavía no era el momento para contarle—. ¿Qué haces aquí? —le cuestionó sin más observando cómo su guardia tomaba asiento a su lado—. Se supone que hoy es tu día de descanso.

Tom rió.

—Mis días de descanso terminaron, no los necesito… renuncié a mi otro trabajo, ¿recuerdas? —Kim bajó su mirada hacia el piso y asintió.

Su mente seguía siendo un desastre, pero podía recordar algo ausente que Tom le había dicho que era maestro de guitarra pero no podía acordarse del motivo por el cual renunció. Se mordió el labio inferior debido a eso y maldijo a los medicamentos que había tomado aquel día: frustraban sus recuerdos.

Las facciones de su rostro volvían a la normalidad al sentir la mano de Tom sobre su cabeza: comenzaba a acariciar su cabello. Comprendió que le hizo notar que se encontraba algo inquieta, ya que Tom siempre le acariciaba para calmarla y aunque al principio se negó rotundamente ante aquel contacto físico, se terminó enamorando de ese pequeño y especial gesto.

—No te esfuerces —le pidió haciendo que Kim recargara su cabeza en el hombro.

—Lo siento —murmuró avergonzada—. Tom… —le llamó ante un momento de silencio. El chico hizo un gesto con su garganta en señal de que la escuchaba—, ¿tocarías la guitarra para mí algún día?

Aquella pregunta le sorprendió pero después, le sonrió a la nada.

—Claro. Cuando salgas de aquí, te tocaré todas las canciones que quieras —le aseguró.

Kimberly cerró sus ojos, disfrutaba estar así a su lado: le provocaba sentir extrañas y bonitas sensaciones en su estómago como aquella vez…

Sus ojos se abrieron de golpe al sentir sus mejillas arder.

Lo había recordado otra vez. Ese momento, cuando sintió una ola de calor recorrer su cuerpo gracias a las caricias que Tom le brindaba en su piel desnuda; esa vez que sintió miedo al no saber qué estaba sucediendo pero a la vez, la hacían sentir tan bien sentir las bruscas manos de Tom sobre su piel desnuda. Y sus besos… aquellos que hicieron estremecer cada fibra de su ser… lo quería. Quería sentir todo eso de nuevo pero, ¿estaba bien pedírselo sin saber nada acerca de ello?

—¿Sucede algo? —preguntó intrigante al ver que Kim lo miraba intensamente.

—T… Tom —lo llamó con un hilo de voz.

—¿Sí?

—Bésame.

Los ojos de Tom se entreabrieron ante aquella petición: había algo extraño en ella, su mirada inquietante la delataba más sin embargo, no quiso cuestionarle, solo obedecer.

Con cuidado, alzó la barbilla de la paciente para atrapar sin problema alguno sus labios. Trató de besarla con cuidado, recordando la última vez que había cruzado la línea pero Kimberly no le ayudaba a controlarse: la chica lo besaba con algo de desesperación y pudo sentir sus dos manos sobre su cuello con la única razón de acercarlo más a ella y la única forma de hacerlo, era subiéndose a la cama. Entonces, Tom se detuvo.

—Kimberly, ¿qué… qué haces? —le preguntó tratando de recuperar el aliento.

—Quiero… —pasó saliva—, quiero volver a sentir lo de aquella vez —confesó ruborizándose—. ¿Es eso malo?

—N… no, pero… —al final no dijo nada más que puros balbuceos—. No puedo hacerlo —dijo sin más mirando hacia un punto perdido—. Es como aprovecharme, no pienso hacerte eso.

Kimberly avanzó sobre sus rodillas, quedando al mismo nivel que Tom ya que ella se encontraba sobre la cama y él, estaba de pie. Tomó su rostro con sus dos manos obligándolo a verla directamente a los ojos mostrándole nada más que seguridad.

—Yo lo quiero —confesó sobre sus labios—. No tendré miedo, lo juro. Por favor, bésame —le pidió juntando su frente con la de él.

Su cuerpo se estremeció al sentir las manos de Tom sobre su cintura y de nueva cuenta, lo volvió a mirar a los ojos.


—Te cuidaré… lo juro.



Se sintió avergonzada al estar denuda frente a él pero al saber que no había ninguna pizca de maldad en la mirada de Tom, aquel sentimiento se fue.

Los labios del guardia abandonaron los suyos para ir en busca de su cuello: lo besaba, lo lamía, lo chupaba con cuidado de no dejar marcas, pero el esfuerzo había sido algo inútil. Pequeñitas marcas rojizas comenzaron a aparecer pero aquello, no era ninguna preocupación para los dos en ese momento.

El cuerpo de Kimberly temblaba ante todas las sensaciones que sentía en esos momentos. ¿Algo desconocido se podía sentir tan bien? Sí.

Sus manos poco a poco se enterraron sobre la degastada sábana blanca al sentir la lengua de Tom juguetear en sus pechos: succionaba con desesperación su pezón derecho mientras que con su otra mano apretaba y masajeaba el izquierdo. Aquello causó que soltara ligeros gemidos ante una ola de placer que no pudo evitar sentir e inconscientemente, levantó una de sus piernas topándose con la parte masculina de Tom. Los ojos de Kimberly se entreabrieron al descubrir que estaba dura y que el ligero roce, había ocasionado gemir a su guardia.

«Eso… le… le gusta» confirmó llevando una de sus manos a esa zona delicada del hombre. Ella también lo quería sentir bien. Su mano temblaba, al igual que todo su cuerpo, pero pudo ser capaz de acariciar el miembro del guardia y al escucharle gemir sobre sus pechos supo que le gustaba y sin saberlo, comenzó a masturbarle.

La respiración de Tom se hizo más y más profunda; la miró haciendo que la chica detuviera sus movimientos y antes de que pudiera decir algo, la aprisionó contra sus labios logrando que el beso fuera profundo y húmedo. Está vez, era el turno del guardia.

Apretó su miembro contra la zona de Kimberly haciendo que soltara un gemido entre sus labios. Todavía no estaba preparada para la penetración, no, quería disfrutarle un poco más así que le devolvió el favor: llevó sus dedos índice y medio hacia su femineidad y comenzó a masturbarla poco a poco para después, hacerlo más rápido.

Decidió liberarla de sus labios para dedicarse a mirar su rostro que se encontraba lleno de placer. Kimberly mantenía sus ojos cerrados, no podía con todo aquel calor que se apoderaba de su cuerpo pero no quería que Tom se detuviera. Aquello la sentía tan bien, la hacía sentir mujer. Sin evitarlo, los gemidos que se le lograban escapar se hacían cada vez más y más fuertes hasta que soltó uno que logró hacer eco en la habitación. Fue entonces, cuando Tom decidió hacerlo.

—No tan fuerte —le recordó en su oído para después, besarlo.

—Lo… lo siento… y… yo, ¡aah! —gritó al sentir el duro miembro de Tom dentro de ella, ¿qué estaba haciendo? ¿Qué iba a hacerle?

—Tendré cuidado —le aseguró al sentir las manos de Kim hacerle presión en su pecho. La paciente, quién confiaba plenamente en él, asintió dejándole poco a poco libre, para después, abrazarlo fuertemente.

Las embestidas fueron despacio: Tom esperaba a que Kimberly se acostumbrara a tenerlo dentro ya que sabía, que la primera vez dolía y pudo confirmar que la chica comenzaba a sentirlo al tener su mandíbula apretada.

—Mírame —le ordenó acariciando su rostro. Kimberly, en vuelta en placer, abrió con lentitud sus ojos y lo miró sintiendo que las embestidas eran más y más fuertes.

—D… duele, m-me…. ¡me duele! —gritó escondiendo su rostro entre su cuello. Pero aquello gritos de dolor, se convirtieron en puro placer.

Tom logró que Kimberly enredara sus piernas en su cintura logrando así, moverse con más facilidad. Los besos húmedos seguían y los gemidos entre éstos no se dejaron esperar. Kim de un momento a otro sintió que ya no podía mantener todo aquel calor almacenado, estaba llegando al orgasmo y Tom al saberlo, la embistió fuertemente sintiendo como él también llegaba a sus últimos gemidos.

Un grito ahogado salió de la garganta de la paciente, siendo silenciado gracias al último beso húmedo de la noche y segundos después, Tom se vino dentro de ella logrando soltar su gemido entre el beso.

Cansados, se separaron poco a poco dejando ver un hilito de baba entre sus bocas. Tom la recostó con cuidado tomando su mano y como acto reflejo, Kimberly entrelazó sus dedos con los de él, apretando un poco el agarre mientras sentía las últimas embestidas del guardia, para después, verlo caer satisfecho a su lado.

Sus cuerpos estaban envueltos por una fina capa de sudor y lo único que se podía escuchar en la habitación eran sus respiraciones. Cuando sintió que Tom salía de su cuerpo, cerró sus ojos disfrutando de esa última sensación de placer y escondió su rostro sobre su pecho. El guardia, inmediatamente la abrazó llegándola a apretar un poco.

Estaba feliz. Muy, muy feliz. Kimberly… le pertenecía ahora y para siempre. Era de él, de nadie más…

Acarició su rostro con el dorso de su mano apartando uno que otro mechón de cabello que le obstruía el trabajo.

—Eres mía —le susurró besando su frente observando a la perfección como su pareja sonreía.

«Esta… esta será mi manera de hacerte feliz» le prometió Kimberly en sus pensamientos, disfrutando de nueva cuenta, las caricias que su guardia. No. Que su novio le brindaba.


Nota final: Sí, las escenas lemon no se me dan :X pero di lo mejor que pude & espero que les guste :C kdjfshjdgfd gracias por leeeeeermeeeeee *-*
Oh y por si quieren leer mi otra novela "Heavy in your arms" da clic aquí en fanfiction.net tengo el seudónimo de "ineverloveyou" :D
Buenas noches! <3 nbsp="nbsp" p="p">

15 ene. 2013

Capítulo cuarenta y siete



El tiempo pasaba tan lento en esos momentos para ella. Desde que cortó conversación con el joven Kaulitz se ha mantenido sentada en la orilla de su cama, aferrándose a ésta y mirando un punto perdido en el piso. De nuevo, su cabeza comenzaba a hacer mucho ruido y eso le causó un dolor insoportable; todo este tiempo, ha estado tratado de callarla pero… era imposible mantener sus pensamientos en orden. Suspiró.

Antes su mente era un desastre total, ahora con todo lo que Bill le había dicho, su mente ya no existía.

Luz.
¿Acaso es lo que hay dentro de ella: luz? Inconscientemente, se llevó sus dos manos hacia su pecho, apretándolo un poco logrando sentir el fuerte latido de su corazón. ¿Era eso? Siempre había sentido algo extraño en su interior, como una energía que no podía explicar, ¿se trataba de esa luz que Bill le había dicho que tenía?

Entonces, recordó los campos de fuerza que logró hacer gracias a esa extraña energía. Hace un par de meses atrás había descubierto que podía crearlas y después de tanto practicar, por fin logró hacerlas a la perfección. Pero, aún así, podía sentir que había algo extraño en ellas.

No eran campos de protección, aunque así le sirvieran. Era algo que lo único que ocasionaba era llamar la atención de más almas a su alrededor y lo que les causaba a unas de ellas cuando tocaban el campo no era la destrucción (aunque eso era lo que Kimberly deseaba: usar los campos de energías como unas armas contra esas malditas almas): lo que ocasionaba era serenarlas. Era por eso que desaparecían….

Sus ojos se abrieron ante tal descubrimiento. Bill tenía razón… en absolutamente todo.

—Dime… —pronunció carraspeando su garganta al sonar algo ronca—. ¿Qué fue exactamente lo que pasó cuando me encontraba en el patio?

Bill que se encontraba sentado a un lado de ella, se hizo para atrás al escucharla hablar. Al igual que su amiga, desvió su mirada al piso y vio hacia un punto perdido.

—Todo ocurrió cuando encontraste el girasol —comenzó a explicar—. Algo extraño comenzó a desprenderse de ti acaparando la atención de todos nosotros. Sam y yo nos acercamos más que nada por curiosidad y observamos como esas almas desesperadas luchaban por traspasar los ventanales. Después, vino algo mucho más raro: de ti se desprendió una gran ola de energía llena de luz. Recuerdo que era cálida —agregó con calma en su voz, como si estuviera sintiendo aquel calor en esos momentos—. Y lo demás, es historia. Aquellas almas se calmaron y unas desaparecieron poco a poco —la miró—; al parecer, esos seres que se marcharon, lograron traspasar al otro mundo.

El rostro de Kimberly delataba sorpresa. ¿Ella había todo eso, era enserio? ¿Era capaz de soltar gran magnitud de energía fuera de su cuerpo? Al parecer, sí.

—Y… aun así, ¿no logré salvarte a ti? —preguntó con un hilo de voz al percatarse del intenso color gris que prevalecía en él.

Bill dio una vacía sonrisa.

—Me fui antes de que eso pasara —confesó avergonzado. Él tuvo la oportunidad de ser salvado y decidió desaprovecharla.

Kimberly estuvo a punto de reprocharle, pero la chica se comió sus palabras en el momento en que Bill la miró. Tenía una sonrisa y una mirada que ella ya conocía a la perfección y en ese momento, se dio cuenta de la gran similitud que tenían los gemelos Kaulitz hasta en su corazón.

—Pero lograste aclarar mi mente. Eso me ayudó mucho, gracias —dijo con tanta inocencia que Kim pudo sentir su corazón achicarse.

¿Cómo era posible que, después de todo lo que pasó, aun tuviera la fuerza suficiente para brindarle una sincera sonrisa? Sin odio, sin dolor. Aquella sonrisa estaba llena gratitud y serenidad.

Pero de golpe, dejó todo eso en el olvido al recordar que Bill había mencionado el nombre de Sam. Un poco alterada, se levantó de la cama mirando con seriedad y curiosidad a su amigo. Sus puños se apretaron y de repente, su mirada se endureció.

—¿Y Sam? —aquella pregunta le sorprendió.

Los ojos de Bill se entrecerraron ante la confusión y al notarlo, Kimberly continuó:

—Me dijiste que estaba contigo, ¿qué pasó con él? ¿Logré… —guardó silencio por unos segundos—… logré hacer algo por él, logré salvarlo?

Los labios del muchacho se fruncieron y de nueva cuenta, desvió su mirada. Los hombros de Kimberly se encogieron ante una sensación de decepción que no pudo evitar sentir: aunque Bill no le haya contestado, su silencio, era respuesta suficiente.

—Podrás salvarlo… —la chica alzó su mirada hacia él—, es solo cuestión de volverte más fuerte. Aun mucho más fuerte que él.

Escuchaba sus palabras con atención, ¿era capaz de serlo? Como buscando una respuesta, buscó a Kimy, quien se encontraba lo más alejada de ellos dos. Al parecer, trataba de darles algo de privacidad pero al mismo tiempo, quería saber de qué tanto hablaban; después de todo, aquella platica también era de ella.

La pequeña le asintió y ella le correspondió el gesto: sí, podía ser fuerte. Así como lo ha sido todos estos años de soledad, podía serlo ahora que sabía que tenía una familia que creía en ella. Aquellas personas se habían convertido en sus aliados a partir del día que había pisado el patio del hospital después de años de encierro.

—Los salvaré a ustedes… y me salvaré a mí. —Declaró mirándolo con suma confianza. Una mirada que nunca nadie le había visto—. Es una promesa.

Y lo que hubiera sido un épico momento se vio destruido gracias a una intrusa que yacía fuera de su habitación. Había sido descubierta gracias a sus manos torpes: se le había caído un bote de pastillas.

Kimberly se quedó paralizada y la enfermera, seguía perpleja. Había oído a la perfección como la paciente regresaba a sus delirios comenzando a hablarle a un ser inexistente; aunque sabía el historial clínico de la chica, era la primera vez, en todo el tiempo que llevaba trabajando en el hospital, que la veía haciendo eso.

Miró hacia el frasco de pastillas que sostenía en su mano derecha y fugazmente, volvió su vista hacia Kimberly llegando a la conclusión que aquella dosis no sería suficiente. Kim, al darse cuenta que estaba a punto de irse, corrió hacia su puerta para llamarle y pedirle que regresara, pero era tarde, ya había salido del pasillo.

Bufó entendiendo que se encontraría en grandes problemas, estaba segurísima que iría por el Dr. Baecker para que la examinara el mismo. Rodó sus ojos. Bueno, ¿qué más daba un medicamento nuevo? Podía soportarlo.

Además, ese no era un problema importante.

—Bill —le llamó sacándolo de sus pensamientos. El chico no pudo sentirse culpable al saber que por su culpa la drogarían hasta más no poder—. Me podrías explicar por qué exactamente regresaste conmigo —cuestionó mirándolo nuevamente con curiosidad—, no me lo tomes a mal. No sabes cuánto me alegra tenerte de vuelta —los dos sonrieron—. Pero…

El suspiro de Bill la interrumpió.

—¿Para qué regresar sabiendo que ya tengo casi toda la libertad de hacer lo que yo quiera? —la chica asintió—. Porque hay algo que no puedo hacer solo —explicó sin más—: no me puedo ir sabiendo que Tom no conoce toda tu verdad. Es injusto que él crea que estás aquí por culpa de una enfermedad cuando lo que tú tienes es un… don.

El rostro de Kimberly se tensó. ¿Decirle a Tom la verdad acerca de ella? No, todavía no estaba preparada para eso.

Aquello había sido un tema que jamás ha salido de su cabeza desde que comprendió los sentimientos que tenía hacia su guardia. Era algo que no era fácil dejar de lado: por supuesto que tenía pensado decirle pero… no creía que era necesario. Llegó a la conclusión de que era mejor dejar las cosas así: que todos creyeran que era una enfermedad mental era algo más fácil de creer y explicar que decir que ella veía fantasmas.

Pero… se le hacía injusto engañarle de esa manera. Él no se merecía eso.

—¿Me ayudarás? —Bill asintió.

—No será fácil —aseguró—. Tom por más que sea alguien de mucha esperanza, mantiene su cabeza cerrada con cosas como ésta. Es por eso, que me mantendré a tu lado cuando sea hora de decir la verdad. Y también… —inhaló todo el aire posible—… sería una buena forma de despedirme de ustedes.

—B… Bill —tartamudeó ante lo último que el chico había dicho. ¿Irse? Eso le dolió.

Era irónico. Cuando lo conoció la primera vez eso era lo que más deseaba, que se marchara lo más antes posible de su vida y ahora… no quiere que salga de ella. No, él era su amigo. No podía dejarla.

Negó firmemente, eso no pasaría.

—Tú aun no mueres —le recordó—. Tienes la oportunidad de salvarte, ¡todavía puedes levantarte de esa cama, Bill!

El chico le sonrió.

—Kimberly… yo ya no tengo nada más qué hacer en este mundo.

Se pudo escuchar a la perfección como pasaba saliva con dificultad al oírle decir eso. Bill le pedía que fuera fuerte cuando él ya se había dado por vencido, ¿por qué? Cerró sus ojos tratando de retener sus lágrimas, no quería llorar enfrente de él: ya le había prometido que no sería débil.


Tonterías. No importa lo que Bill diga, ella le había jurado que salvaría a todos y eso lo incluía a él: descubriría la manera de hacerlo regresar, así sea lo último que haga. Rescataría a su amigo y también… ¡rescataría a Sam!



Miraba las estrellas como lo ha estado haciendo estas últimas noches ya que sabía a la perfección que se aproximaba el día en que ya no las vería más.

Pensó en Iris. Cómo le hubiera gustado llevarla a acampar, solos ella y él en medio de la nada disfrutando de una noche despejada como la que él estaba viviendo en esos momentos y luego, pensó que tal vez a él no le correspondía hacerlo.

La extrañaba, extrañaba a su novia. Mierda, extrañaba a todos pero sabía muy bien que él ya no podía regresar y estaba bien ya que sentía que con su partida libraría a todos de un dolor que cargaban por su culpa. Y eso, era lo mejor que podía hacer por sus seres queridos en estos momentos.

Se recostó en el techo hundiéndose en sus pensamientos llegando a recordar lo que había sucedido hace ya un par de horas: había asesinado a su padre y lo peor del caso es que no sentía remordimiento alguno.

Lo que había hecho era la mayor falta que un hombre podía cometer pero aun así, sintió que había hecho lo mejor para su familia. Pensaba que esa fue la mejor manera de librarlos de un mal recuerdo y la mejor opción para ya no ver hacia el triste pasado.

Había vengado el sufrimiento de Tom y eso era lo único que le importaba.

Respiró profundamente… aquellas voces regresaban nuevamente a su cabeza, recordándole la advertencia que le había hecho aquella sombra antes de cruzar el límite del infierno y la tierra de los mortales.

“Toda persona que yace aquí, es odiada y olvidada por sus seres amados y todos los esfuerzos que hicieron mientras estaban vivos, se vuelven basura. Bill Kaulitz, ese es el destino que se te tiene preparado cuando se llegue tu hora”.

Nuevamente, el nudo en su garganta se volvió a formar haciendo que se sentara al sentir que se ahogaba. Esa era la razón por la cual lloraba sin control en la habitación de su amiga: el simple hecho de saber que Tom, Iris, Kimberly le odiarían para siempre cuando muriera era el peor castigo que se le podía dar.

Pero nuevamente y con todo el dolor en su corazón sabía que se lo merecía. ¡Lo tenía bien merecido! Pero… lo último que aquel ser le había dicho era falso: sus esfuerzos no serán en vano. No importaba si los demás lo vieran así, Bill Kaulitz siempre los tendrá en su memoria y los conservaría con orgullo, pase lo que pase.


Nota: Como siempre, espero y les guste este capítulo dsjfdskfjfgd oh si tengo tantas cosas en mente para hacerlos sufrir (?) e.e kjdsfdg digo, para hacer esto más interesante(-8 HAAH soy una maldita u_u las quiero mucho lectoras, gracias por leer *-* ! 

Capítulo cuarenta y seis (Parte II)



Estaba en medio de la nada, asustado, sollozando. Su cabello estaba alborotado, lo había hecho por los nervios y cuando se detuvo, apretó su cabeza: todo esto no podía ser real, él no podía estar en el infierno. ¡Todavía no debía morir!

Rechinaba sus dientes como un desquiciado, en ese sitio hacia demasiado frío pero no era uno normal, era algo de otro mundo. Pero de pronto, el miedo se esfumó: ahora, el coraje dominaba su cuerpo. Estaba ahí solo, cuando juró que las personas que le acompañarían serían Sam y el Dr. Baecker. No era justo.

—Todavía no estoy acabado —aseguró erguiéndose tratando de no tambalear sobre su lugar—. ¡¿Me escuchan?! ¡Todavía no…!

—Estás en el fondo.

Aquella voz había hecho que Bill se quedara sin habla. Era el mismo ser que había pronunciado su nombre y lo había arrastrado hacia el limbo. Al parecer, estaban solamente ellos dos en ese cruel lugar.

—No. Aún no —se atrevió a contestarle con sus ojos cerrados. Quería demostrar que todavía le quedaba la fuerza suficiente para enfrentarse a cualquier cosa, pero, el saber que lo que tenía detrás tal vez era el Diablo en persona, hacía que se sintiera inferior.

Pudo escuchar a la perfección como aquel ser soltaba una risa de burla.

—Cometiste muchos pecados: caíste en la desesperación, entregaste tu alma a un ser que no pertenece al mundo de los vivos ni al de los muertos, te dejaste corromper, te llenaste de odio, ¡te atreviste a juzgar a tu padre! Cuando bien sabes que ese no es tu trabajo —el labio inferior de Bill comenzó a temblar a escuchar cada una de las faltas que había cometido.

No lo interrumpiría ni se opondría a ninguna ya que él, mejor que todo, sabía que lo que aquel ser decía era cierto.

—Y para finalizar, te creíste un ser superior y decidiste ponerle fin a la vida de una persona cuando eso, Billy, tampoco te correspondía. —Su mandíbula se endureció—. Te quisiste pasar por un Dios cuando no eres más que un simple humano. Ese fue tu peor pecado.

—Un dios… —susurró ausente.

¿Al tal grado había llegado? El poder que había sentido cuando se enfrentaba a su padre era tan grande… ¿qué lo hizo enloquecer por unos minutos? Sí. Había olvidado ser una persona, en ese momento, se deshizo de él mismo para que su contraparte tomara posesión de su ser: aquel Bill era que inhumano, que era un desgraciado. Ese mismo Bill que disfrutó ver sufrir a ese hombre llamado Jörg y el mismo Bill que sintió una fuerte satisfacción al matarlo.

Una vez más, no negaría ninguna de sus acusaciones: todas eran ciertas.

—Tu sellaste tu propia condena, es momento de pagarla.

Pero todavía no se iría: le faltaba una cosa por hacer y nada, ni nadie ¡ni siquiera el Diablo! Lo iba a detener.

—Te seguiré en deuda —le informó mirándole por el rabillo del ojo—. Pero te juro que regresaré y te traeré a dos más.

Pudo distinguir unos colmillos blancos en medio de la oscuridad: ese demonio solo mostraba su boca, la cual, retorcía para formar una horrible sonrisa.

—Otra vez creyéndote un puto Dios, ¿quién te crees que eres para pensar que saldrás del Limbo tan fácilmente? —Bill sonrió—. Una vez que un alma entra, no sale jamás.

—No me creo ningún “Dios” —le dejó en claro encarándole, por fin—. No soy más que una patética persona que fue cegada una vez más por la venganza y no me niego a ser arrastrado al infierno ya que estoy consciente de mis actos. Pero… estás fallando en algo.

La sonrisa retorcida se esfumó.

—Yo no muero aún: mi cuerpo sigue con vida —le informó con un brillo en sus oscuros ojos—. Y así permanecerá hasta que cumpla mi última penitencia. Por eso ¡nunca podrás tocarme!

La boca que yacía en medio de la nada desapareció dejándole solo en la oscuridad. Bill… perplejo, comprendió que había sido de los pocos afortunados que había logrado engañar a la muerte, aun estando a un paso de ésta.


Sus ojos miraron de un lado a otro buscando una salida, pero lo único que había era oscuridad. No había señales de luz en ningún lado pero… tenía que haber una manera de salir de ese sitio así que corrió con dirección desconocida hacia su búsqueda.



Kimberly balbuceó buscando las palabras correctas para darle ánimos. Pero no había, no existían tales para esa situación.

Bill había logrado salir de ese oscuro lugar gracias a ella. Había escuchado su voz como un eco lejano, para el chico, aquello había sido como ver la luz: logró atravesar la densa capa oscura para llegar hacia una habitación que conocía a la perfección. Y al ver a Kimberly en ella, hizo que rompiera en llanto por fin.

La desesperación que había sentido en ese lugar no tenía nivel. Era algo que un alma condenada jamás podría soportar llevándola a la demencia y a caer presa fácil de la desesperación. Era por eso que Bill había logrado sobrevivir al Limbo, porque no estaba del todo perdido… aun.

—Lamento mucho haberme ido —soltó sin más tomándola por sorpresa—. Sé que te decepcioné por decidir irme con Sam que permanecer a tu lado pero… había cosas que tenía que hacer, cosas horribles y no quería involucrarte —pasó saliva, recuperando el control de su voz completamente—. Tú no mereces cargar con el dolor de nadie… nunca más.

La visión de Kimberly se distorsionó. Nuevamente las ganas de llorar se apoderaban de ella sin poder hacer nada al respecto.

Nuevamente, se dejó caer de rodillas pero esta vez, en compañía de Bill. Así como con Kimy, pudo sentir las manos del joven sobre sus hombros. La apretaba ligeramente tratando de moverla, necesitaba traerla a la realidad.

¡Ya no había tiempo para llorar!

—Escúchame Kimberly, ¡escucha! —le exigió buscando su mirada—. No llores, ¡tú no fuiste hecha para sufrir! Y es ahora que lo comprendo.
»Todo fue tan claro cuando yacías en el patio, disfrutando de la libertad, de tu girasol. Comprendí el porqué te rodean tantas almas miserables como yo, el por qué te buscan, el por qué te siguen: eres la única persona capaz de salvarnos.

—¿Q… qué? No —negó alejándose lo más que pudo de él—. Yo no puedo hacer nada por ustedes, ¡ya no me pidas salvación, te lo ruego!

—¡Tu puedes hacer mucho! —le dejó en claro—. Puedes rescatarnos de todo este odio que nos consume porque en ti hay luz. Una luz que puede recuperar a la más descarriada alma del planeta... ¿qué no ves? ¡Esa también es tu salvación!

—¿Salvación? —cuestionó mirando sobre el hombro del chico las hojas que yacían sobre la pared. Nuevamente, aquellos ojos llenos de dolor que parecían ser reales y era… porque lo eran.

Le estaban pidiendo ayuda. No. Se lo estaban gritando, pero gracias a la desesperación inmensa que yacía dentro de ellos, no pueden hacerlo de la manera correcta y lo único que pueden lograr, es lastimarla.

—Tu luz nos llamó, Kim —le explicó—. Por eso estamos aquí, esperando a que nos…

Dejó de oírlo. Su mente se sumergió en cada rostro pintado sobre la pared, encontrándose nuevamente con Sam: no había ninguna pisca de burla en su mirada. Era el que más sufría de todas las almas que yacían retratadas en lápiz y papel y por ende, era el que más imploraba por ayuda.

Eso fue lo que quería desde un principio de ella pero… nunca fue capaz de comprenderlo.

—Eres la única que puede ponerle fin a este infierno.

¿Aquello era cierto?

«Todo lo que estoy escuchando, ¿lo estoy viviendo en verdad o es que acaso mi cabeza me está haciendo malas jugadas, de nuevo? Veo a Bill, lo siento, siento su tacto. Veo los dibujos de mi pared, se ven tan reales, tanto que realmente percibo su dolor. Pero, ¿cómo estoy segura que no es una alucinación mía, qué no estoy dormida o delirando enfrente de una enfermera? Mi mente se perdió hace mucho tiempo y aunque pienso luchar, dudo mucho que regrese»

—Confía en Bill —escuchó con atención las palabras de Kimy—. Todo esto es verdad, lo estás viviendo ahora...

—¿Yo soy la salvación?

Bill sonrió.

—Siempre lo fuiste.


Nota: esta es la continuación del capítulo anterior :) y bueno dkjfhdsjkfggds los demás se pone más y más tenso y se explica mejor lo que Kimberly es y se sabe la verdadera razón del porque Bill apareció llorando enfrente de ella y ¡por supuesto! se vienen las partes 1313 kjdfhkgjhdfkjg xd, ¡espero y disfruten de la lectura! :D 

13 ene. 2013

Capítulo cuarenta y seis (Parte uno)



Suspiró al terminar de hacer la sombra del rostro. Después de darle una última inspección, dio una sonrisa vacía de satisfacción: había terminado el dibujo de Jeny.

—Y bien, ¿qué te parece? —preguntó alzando la hoja y sin quitarle la mirada de encima a su trabajo.

Kimy ladeó su cabeza y después de meditarlo un poco, respondió:

—Se parece mucho a ella. Sus ojos, sus ojos son iguales —señaló asombrada y le sonrió—. ¡Estás mejorando mucho Kim! —le felicitó tomando asiento en el piso.

—¿Tú crees? —preguntó en susurro poniendo la hoja sobre el escritorio. Se recargó ligeramente en la desgastada silla de madera y miró las cuatro paredes de su habitación con atención: cada rincón estaba cubierto por los dibujos que ha hecho desde su encierro y se podía distinguir el contraste de calidad en algunos de ellos.

Sonrió de medio lado. Los dibujos que parecían caricaturas mal hechas habían sido sepultados por “verdaderos” retratos. Por fin había abandonado su manera infantil de dibujar, ahora, se comenzaba a tomar ese hobbie algo enserio. Aunque, era algo extraño plasmar a los seres que tanto le asustaban en papel para después, pegarlos en las paredes de su cuarto, dónde lo primero que veía al despertar eran los ojos de cada uno de ellos, recordándole, que siempre están ahí, observándola, asechándola.

Volvió a mirar el dibujo de Jeny.

«Sus ojos transmiten tristeza —alzó su vista hacia los retratos que tenía enfrente de ella—. Y también los de ellos».

Sus ojos se entreabrieron ante aquel descubrimiento llegando al punto de ponerse de pie arrastrando la silla hacia atrás.

De nueva cuenta, miró las cuatro paredes de su habitación pero esta vez, enfocándose en un punto en especial: los ojos de cada hoja, de cada retrato, de cada rostro. Todos transmitían ese sentimiento, todos estaban tristes, angustiados y hasta parecían estar asustados. Pero todo aquello era opacado por las expresiones en sus rostros, dónde daban a transmitir su furia.

—¿Kimberly, pasa algo? —cuestionó la menor ante la reacción de su yo y se puso de pie.

—Ellos están molestos porque murieron —soltó de la nada—. Pero… no murieron de una forma natural, ¿verdad? —le preguntó a la nada con la esperanza de que alguien le respondiera.

Su cabeza comenzó a dolerle.

Recordó el grito de una mujer pidiendo ayuda. ¿Acaso la asesinaron? Acaso… ¿acaso asesinaron a cada uno de ellos?

Sus ojos miraron de un lado a otro, perdiéndose en el rostro de cada uno de los bocetos. Ahora, parecía que todos le gritaban “ayuda” con desesperación y en un momento crítico, llegó a escucharlos. Estaba escuchando sus voces: todos llorando, todos estaban suplicando.

—No. No. ¡Cállense! —rogó tapándose sus oídos con fuerza llegando a encogerse hasta sentarse sobre sus rodillas.

Kimy, preocupada, trotó hacia ella y la tomó con cuidado por los hombros tratando de mirar su rostro. Ahí se dio cuenta de que Kimberly miraba a cada una de sus pinturas con horror. Ella llegó a hacer lo mismo, tratando de averiguar que había de malo con ellas, pero no encontró nada fuera de lo normal. Entonces, ¿qué demonios le pasaba a su yo mayor?

—Basta. No las veas, ¡no las veas! —le gritó tratando de traerla nuevamente a la realidad, pero era inútil.

Kimberly continuaba escuchando aquellos gritos aun teniendo sus oídos aprisionados contra sus manos. Todos lloraban y soltaban alaridos de dolor. La llamaban, la exigían. ¿Por qué, por qué ella? ¡¿Por qué?!

—¡¡Déjenme en paz!! —gritó a todo pulmón cerrando sus ojos fuertemente.

Silencio.

Con su respiración agitada, abrió sus parpados sintiéndose amenazada. Al parecer, todo volvió a la normalidad, sus pinturas no eran nada más que eso, pinturas. Los rostros ya no tenían vida y las miradas ya no le transmitían absolutamente nada.

Insegura, se puso de pie, cerciorándose de que realmente el silencio había regresado pero su cuerpo se congeló al sentir una corriente eléctrica recorrerle la espina dorsal. Todavía había unos ojos que tenían vida y que estaban llenos de dolor; aun así, su mirada era mucho más intensa que las otras, parecía que ese ser era el que había sufrido más y el que de alguna manera, suplicaba por ser rescatado.

Esos ojos, eran unos que ella conocía a la perfección.

—Sam —susurró encogiéndose de hombros sintiendo como las lágrimas que contenía con fuerza en sus ojos salían por fin—. Dios Sam, ¿qué te hicieron? —le cuestionó a la hoja de papel que resaltaba entre las demás: el color amarillo que usó para colorear su cabello resaltaba entre todo ese negro, gris y blanco del trazo.

Su mandíbula se apretó y se mordió el labio inferior al sentir una ola de furia apoderarse de sí.

—¡Qué te hicieron! —gritó fuera de sus casillas, exigiéndole una respuesta—. Tu dolor se ha convertido en mí dolor desde que me metieron en este lugar. ¡He cargado con tu pena todos estos años, me has estado ahogando! —calló de golpe y ante un leve gruñido, señaló con furia a las hojas que tenía detrás—. ¡¡Al igual que todos estos!! —confesó sintiendo como su garganta se desgarraba—. Tu… ellos… todos… me están ahogando. Yo ya no puedo más, ya no puedo —dijo en susurro. Dejándose caer sobre sus piernas, cansada, derrotada.

Sintió que sus ojos le pesaban. Negó levemente. Todo le pesaba.

—No me merezco esto —murmuró sin más—. No merezco todo por lo que estoy pasando. No merezco estar aquí encerrada. ¡No merezco esta vida! —volvió alzar sus ojos hacia los del falso Sam—. ¿Me escuchas? ¡¡Yo no merezco esto!! —aquello, se vio opacado por un gran sollozo.

En ese instante, Kimberly había mandado todo al diablo.

Kimy, que se quedó paralizada al ver toda esa escena, corrió cuando volvió a sentir sus piernas y se le abalanzó brindándole un fuerte abrazo. La rodeo tan fuerte que Kimberly pudo jurar el haber sentido sus pequeños bracitos rodeándole el cuello.

—Yo solo quiero ser una mujer normal —confesó cansada y con pena, miró a la menor—. Solo quiero una vida normal… al lado de Tom —Kimy la abrazó más fuerte aún al ver que su labio inferior tembló—. ¿Cómo se supone que debo ayudarlo cuando ni siquiera yo puedo ayudarme? ¡Cómo! —cuestionó llorando más y más—. Todavía no sé por qué se fijó en mí, ¿yo qué puedo hacer? Soy solo una loca… solo eso.

—¡No digas eso Kimberly, tú no eres eso! —aseguró aferrándose a ella—. Eres una mujer fuerte, la más fuerte que nadie haya conocido jamás. Por eso Tom te eligió: él no ve una “loca”, él ve a una mujer. A una verdadera mujer. Por favor, deja de pensar así: existe gente que tiene fe en ti.

Kimberly soltó una risa vacía.

—¿Quién en su sano juicio creería en mí?

—Tom —Y antes de que Kimberly hiciera otro gesto, continuó su enumeración—. El Dr. Jost, quién nos ve como una hija y nos cuida cómo tal —la boca de la mayor se entreabrió ante aquel nombramiento. El Dr. Jost, quién había sido todo un padre para ella—. Nuestro amigo Gustav que a pesar de lo problemas, siempre ha estado con nosotras para darnos una mano y ahora, agrega al guardia Listing.

»Todos ellos tienen esperanzas de verte salir de aquí. David y Gustav con todos estos años de conocerte no se han dado por vencidos, ellos realmente creen que volverás al mundo exterior en cualquier momento —le aseguró con calma al saber que la había tranquilizado—. Kimberly, ¿por qué tú ya has perdido la fe cuando ellos no lo harán nunca? Tienes el apoyo, tienes la familia… ¡podemos hacerlo!

—Kimy…

—Seremos libres. Te lo aseguro.

La pequeña la había dejado sin palabras. Es cierto… había gente creyendo en ella. No estaba sola, ¡nunca lo estuvo! Por un momento, tuvo la sensación de que podía superar toda esta crisis, podía dejar todos los malos recuerdos atrás… podía volver a hacer una chica normal.



—Lucharé —aseguró y la miró sin un rastro de lágrimas—. Te juro que lucharé para sacarnos de aquí.

Kimy, completamente satisfecha, iba a continuar con el parloteo cuando ambas pudieron sentir la presencia de un viejo conocido y al parecer, no la estaba pasando tan bien.

—¿Bill? —le llamó por lo bajo al ponerse de pie y verlo frente a frente.

La chica se alarmó al verlo: ese no era Bill. Podía visualizar a la perfección la energía que rodeaba a ese ser: era un aura negra.

Su alma, se había corrompido por fin.

—Bill… ¿qué te pasó? —se atrevió a preguntarle al percatarse de que su compañero temblaba como nunca, estaba aterrado. Y aquello pudo ser confirmado en el momento en que el chico alzó su cabeza dejando ver sus ojos llenos de lágrimas: dolor, sufrimiento, tristeza.

Kimberly pasó una gran cantidad de saliva. Otra vez esa alucinación. No… esta vez, era real.

—Lo maté —le respondió sin poder creerlo y al sentir que sus labios temblaban los apretó con fuerza para evitar soltar un gran sollozo.

—¿Qué? —soltó estupefacta.

—Lo maté Kim… maté a mi padre. ¡Yo, yo lo maté! —gritó señalándose a sí mismo soltando toda la furia que contenía hace unos instantes—. Maté a Jörg Kaulitz.

Los ojos de la chica se abrieron de par en par ante tal confesión. Ahora, ¿qué hacía? ¿Qué podía hacer?

—No llores… no llores —le suplicó—. Estoy segura que esa no era tu intención. No llores. —decía atropelladamente y además, fue lo único que pudo pronunciar.

Bill no quería hacerlo. Él no era un asesino, estaba segura pero el chico negó. Negó una y otra vez para verla con aquellos ojos que carecían de brillo.

—Esa era mi intención: matarlo. Fui con la única intención de matarlo. —le confesó sin ningún titubeo—. No me arrepiento… no lo hago.

La sangre de la mujer se heló completamente y pudo sentir como su corazón se detuvo. Ya nada estaba bien, ¡nada!

—Si no lloras por él… entonces, ¿por quién?


El rostro de Bill se endureció.








Esto era una broma, una de muy mal gusto.

—Tu… tú estás en coma —le señaló con un hilo de voz—. Yo mismo te vi, ¡estás en coma!

—¿Es lo único que dirás? —sus ojos se entrecerraron—. ¿No te alegra ver a uno de tus hijos, eh?

—T… tú no eres real.

—Soy tan real como tú —aseguró sonriendo de lado—. Ahora “señor”, hablemos de unos asuntos pendientes.

Jörg retrocedió.



—Un día fuiste al hospital, ¿no es así? —no hubo respuesta—¡¡¿no es así?!! —repitió entre dientes ocasionando que las luces del demacrado departamento parpadearan.

—S…si, ¡sí!

—No quiero que vuelvas ahí —advirtió. En su rostro había tanta seriedad que Jörg realmente no creía que aquel joven que tenía enfrente era su tierno hijito.

Su dulce… dulce Billy.

—¿Por qué? —se atrevió a cuestionar— Soy tu padre y tengo todo el derecho de ir a verte.

Aquel ser con aspecto de Bill soltó una sonora carcajada

—¿Padre? ¡Cómo te atreves a llamarte de esa manera! Tú no eres mi padre, no eres nadie —y dejando todo eso en claro, continuó—: y por esa razón, no quiero que vuelvas a pisar mi habitación. No me agradan los extraños.

Jörg negó ante aquellas palabras.

—Pero, Billy…



—¡No me digas así! —amenazó poniendo de nuevo aquella faceta aterradora logrando enmudecer de nueva cuenta al hombre.

—Ok, ok… tranquilo —le pidió haciendo ademanes con sus manos—. No volveré a llamarte de esa manera —le prometió retrocediendo dos pasos más.

—No puede ser, ¿me temes? —soltó anonado ante aquel descubrimiento.

Rió.

Cualquiera que hubiera escuchado aquella risa hubiera muerto en el acto. Esa no era una risa de humano, era algo monstruoso, parecía de un ser demoníaco. Sí. Eso era Bill en esos momentos, un vil Demonio.

Fue ahí donde Jörg palideció. Sus piernas le temblaron al grado de caer al piso a no ser porque se logró sostener de la orilla de un viejo escritorio que tenía a su costado.

Estaba aterrado y Bill le sacaría provecho.

—Eres patético Jörg —le escupió con burla.

—¡¿Qué más quieres de mí?! —le preguntó por fin—. Ya te prometí que no me volvería a acercar al hospital, ¡no te veré, lo juro! —aseguró al borde del infarto al ver que el semblante de Bill volvía a cambiar.

—Pagarás.

Respondió con esa maldita voz aterradora. Jörg, confundido, se aferró más al escritorio, presionando sus dedos con fuerza en la madera llegándose a oír el crujir de ésta.

—¡Pagarás por hacer nuestra vida miserable! —Jörg lloró—. Pagarás por decepcionarnos, pagarás por abandonarnos pero sobre todo, ¡pagarás por hacer la vida de Tom una mierda!

Ahí estaba el detonante. El motivo por el cual hacía todo eso: su gemelo.

—¿T…Tom? —tartamudeó sin entender sus palabras haciendo enfurecer mucho más al hombre que solía ser su hijo.

—Tú siempre le dijiste que si te llegaba a pasar algo, él sería el hombre de la casa. Lo educaste siempre de esa manera: tú y mamá… ustedes, nunca lo dejaron ser un niño. Siempre metiéndole ideales de un hombre cuando lo único que él quería era tener una infancia ¡como todo un maldito niño normal! Pero… hasta ahorita llegué a comprender que no lo estabas educando, ¡lo estabas preparando! Estabas dispuesto a irte dejándole todo el peso de una familia a mi hermano, ¡un niño! Dejándole de encargo a una madre egoísta y un hermano moribundo. ¿Tú crees que eso hace un buen padre? ¡Eh! ¿Tú crees?



El miedo de Jörg se fue por unos instantes, las piernas ya no le temblaron más y se pudo sostener por su cuenta. Ahora, la conversación se tornaba interesante.

—Te pude ver a fuera con él, tratando de hablarle. ¡Cómo te atreves a intentar hacerlo! Después de tantos años, ¿planeabas regresar a su vida como si nada? —negó incrédulo—. Las cosas no son así de fáciles, Jörg —soltó pronunciando su nombre con asco.

—¿Tom? Ya veo, con que todo esto se trata de él, ¿eh? —susurró procesando, por fin, todo lo que Bill estaba diciendo.

Por primera vez, lo miró sin ninguna pizca de terror en su rostro. Eso desconcertó a Bill haciendo que apretará sus dientes. No lo iba a dejar tomar ventaja, ¡no lo dejaría!

—Yo no tuve la culpa… —afirmó en un estado ausente—. Él único culpable aquí, ¡eres tú! —le escupió con una vil sonrisa.

Con esa fácil respuesta, mandó todo a la mierda.

—¿Qué… que dices?

—Si tu nunca hubieras sido un maldito niño débil, nunca hubiera sobreexplotado a tu hermano. Nunca le hubiera exigido tanto ni le hubiera quitado su “bendita” infancia. Pero no, ¡tenías que ser tan frágil como toda una vil niña! —gritaba comenzando a tomar la delantera—. Tenía que tener al menos uno fuerte, ¡y ese era Tom!

—¿Mi culpa, dices? —susurró perplejo mirándose las palmas de las manos que poco a poco, fueron tomando forma de puño.

—Pero, vaya. Me has sorprendido Billy la verdad que sí: los años difíciles sí que te hicieron un favor, te hicieron un puto hombre. —Rió de la forma más ruin—. Ahora, quiero que te largues de mi casa; el efecto de las luces fue un buen toque para tu pequeño teatro, pero es tiempo de que te vayas de mi vista. No quiero verte y le puedes decir a tu madre que se vaya a la mierda: eso de pedirle a su hijo menor que, se supone “está en coma”, venga a verme para decirme que ya no me acerque a ustedes, es algo cobarde.

Silencio.

—¿No me escuchaste? ¡Lárgate antes de que te saque a patadas muchacho idiota! Y no le olvides decir a Tom que le mando saludos…

Sucia risa.

No. No iba a dejar esto así, no después de todo lo que había pasado, ¡él no iba a perder ante su padre!

—Te mataré.



Aquello había sido tan débil que ese par de palabras fácilmente, se las había llevado el viento.

—¿Eh? —exclamó con burla.

—¡¡Te mataré!!

Gritó. Esta vez, aquellas palabras se quedaron plasmadas en toda la habitación.

Jörg bufó.

—Qué niño tan más irrespetuoso —siseó.

Los focos de la habitación tronaron de uno en uno hasta quedar completamente a oscuras. Aun así, Jörg no bajó su guardia. Corrió sin dificultad hacia uno de sus cajones sacando una pequeña pistola color plata y aunque estaba a oscuras, apuntó hacia donde había estado Billy hace unos minutos y soltó dos disparos.

—Bah. Cobarde —exclamó al confirmar que no había absolutamente nadie en la habitación.

—No te confundas.

—¡¿Ah?!

—¡¡Yo no soy cómo tu!! —gruñó al estar cara a cara.

Aquello, sorprendió a Jörg.

—No pensé llegar a esto… —confesó acercando el arma al estómago de su hijo—. Pero fuiste un insolente con tu padre y mereces ser castigado.

Disparo.

—¿Pero qué…?

—Un ser insignificante como tú nunca podría hacerme daño.

La mano que sostenía la pistola tembló.

—¿Qué eres?

—Te mataré —repitió ocasionando que su padre saliera como alma que lleva el diablo del departamento.

Un viejo edificio, nada seguro.

Las lámparas del pasillo comenzaron a reventar debajo del pobre señor que corría buscando una salida. Estaba en lo cierto: aquel ser que se le presentó con forma de Bill no era humano. Llegando a la puerta del ascensor se giró hacia la que daba con las escaleras. El maldito elevador nunca había llegado.

—Jörg, fuiste un insolente con tus hijos.

—No… no por favor —le suplicó ahogándose entre sus propios sollozos. No había alcanzado a bajar ningún escalón.


—Y mereces ser castigado.



Su cuerpo había caído por las escaleras del edificio deteniéndose en el cuarto. Los huesos de sus hombros y piernas se habían salido de su lugar y varios dientes ya no existían más. Pero un enorme charco debajo de su cráneo pudo afirmarle que había muerto gracias al golpe final.

—Todo acabo.

Expresó sintiendo como su aliento regresaba a él pero, su calma no le había durado. Se volvió a poner en guardia al ver como Jörg aparecía a un lado de su cuerpo.

Sus ojos se entrecerraron y volvió a relajar su cuerpo. Sí, todo había terminado ya.

—No, ¡no puedo estar muerto! ¡No! —gritó con dolor al verse en el piso con casi todo el cuerpo destrozado.

Las luces de las escaleras comenzaron a parpadear hasta que por fin se fue la luz. Eso había sido extraño, Bill no estaba haciendo eso y estaba seguro que Sam no andaba merodeando este lugar. Él ni siquiera sabía dónde se encontraba Jörg, ¿entonces quién era…?

—¿Sombras? —preguntó perplejo al poderlas distinguir aun con la oscuridad presente.

No eran sombras, eran seres del infierno quienes estaban ahí para arrastrar el alma de su padre al más allá.

Se alejó. Estaba perplejo, sin habla, asustado al presenciar aquella escena. Jörg suplicaba por su alama, pero era inútil. Todas aquellas sombras luchaban por llevarse un pedazo de él al más allá y así fue: lo despedazaron.

¡¿Aquello era posible?! ¿Despedazar algo que no se podía lastimar?

—Padre —pronunció su nombre atónito, llamando la atención de aquellos seres que continuaban con la labor de desaparecer a la persona recién fallecida.

—Bill Kaulitz.

Uno de esos seres pronunció su nombre. Bill pudo ver a la perfección como lo señalaba y aunque aquella cosa no tenía ojos, pudo ver un brillo en dónde se supone debían estarlos… acaso… ¿acaso lo saboreaba?

—Tú sigues.

—¡¡No!!

Y de pronto, todo se volvió negro.


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Lo terminé por fiiiiiiiiiiiiiin ;_; kjfskdhfskjdhfkjdsgf espero y les guste. Es el capítulo más largo que he hecho en toda mi vida ._. & tendrá segunda parte para no hacer la lectura tan pesada :B espero y les guste:( jdfshdkjf las quiero lectoras!

PD. El link de la nueva histora (del fandom de InuYasha) la dejaré en la página de FB! :D excelente inicio de semana! 

10 ene. 2013

Capítulo cuarenta y cinco.

Nota: Mueroooooooooooooo, no siento mis piernas ;_; estoy demasiado cansada y no puedo creer que me andaba muriendo de sueño desde las 8 de la noche ._. este si que fue un día muy pesado xd pero no me podía dormir sin terminar :B y justo a la 1 terminé xd y quedé encantada con este cap e.e espero y a ustedes también les guste e.e



Tom sentía un apretujón en su pecho. Ver a su amigo en aquel estado le había dolido, pero más que nada, le dolió el haber descubierto que Georg se había encontrado en la misma situación que él hace un par de años.

Por un momento, tuvo miedo.

Miedo a que le sucediera a lo mismo: que llegara a olvidar a Kimberly, que por alguna razón, se separasen y él reprimiera todos los momentos que vivió con ella, que importa si fueron pocos. Solo pensar aquello, le aterraba. Aún no conocía los motivos por el cual Georg olvidó a la paciente llamada Jeny y siendo honesto, no tenía el valor de preguntarle; además, parecía que ni siquiera su mismísimo compañero sabía la respuesta…aquello era algo preocupante, ¿qué había sucedido con él en esos momentos?

Respiro. Se tomó unos segundos para recuperar nuevamente el aliento.

—Mierda —exclamó por lo bajo, golpeando ligeramente su cabeza contra la pared llevando su mirada hacia el techo de su departamento.

Había que pensarlo bien, ¿él sería capaz de olvidar el rostro de Kimberly, de olvidar hasta su nombre? No. Era una cosa simplemente imposible: ella no saldría de su vida fácilmente porque él no se lo permitiría, nunca.

Él ya no era simplemente su guardia, era su pareja. Y ella, era a la mujer a quién había jurado proteger y ahora, que sabía muy bien que contaba con el apoyo del Dr. Jost, Gustav y Georg, sabía que las cosas serían más fáciles de ahora en adelante.

Kimberly ya no estaba sola y él se aseguraría de sacarla de aquel infierno como diera lugar, no importaba qué.

Inconscientemente, miró hacia la puerta que yacía a su lado: esa que ha estado cerrada desde que su hermano Bill sufrió el accidente. Todos tenían prohibido entrar a ese lugar, ¡todos!, inclusive Tom, no importaba si él fue el que la había cerrado. Nadie podía traspasar aquel lugar sagrado para él: el último en salir había sido Bill y Bill sería el primero en entrar nuevamente a su alcoba, estaba seguro de eso. Él estaba seguro de que su hermano regresaría. Porque él era fuerte, él no lo iba a dejar sola, no… él no haría eso.

Otra vez aquella punzada en su corazón, esta vez, se atrevió a llevar su mano hacia su pecho para apretarlo con la esperanza de que dejara de doler. Se sentía triste, se sentía solo. No era que la compañía de Kimberly no le fuera suficiente y que tampoco, desvalorara la amistad que Georg y Gustav le han dado pero simplemente… ellos no eran su gemelo.



Nadie nunca ha entendido la relación que unos hermanos gemelos tienen y al parecer, nunca lo harán: ellos son uno solo, son una persona pero al a vez, son dos. Son tan parecidos y diferentes. Son una sola mente que funciona por dos y de distinta manera. Es… es como si fueran lo opuesto a ellos mismos: Tom era el rudo, Bill era el dulce. Mierda, ¡él era su hermano, lo necesitaba, necesitaba de sus consejos, necesitaba de su apoyo! Era su familia.

—Bill…

Una lágrima comenzó a recorrer su mejilla, estaba a punto de explotar. Ya era suficiente, ya había aguantado mucho las ganas de llorar: no lo quería hacer porque no quería transmitirle su tristeza, tenía miedo a que, si esto pasaba, Bill se sintiera mal y decayera. No. Eso no se lo podía permitir.

Ha sido fuerte esos meses de angustia pero no, ya no podía más. Ya no. Él también era una persona que sentía el dolor… no era del todo fuerte como solía presumir enfrente de sus enemigos. Él también… lloraba.

—¡Bill! —gritó por fin dejándose caer ocultando su rostro entre sus manos y llorando sin control dejando escuchar a la perfección los sollozos que hacían que se ahogara en algunos momentos.


Tom rescataría a Kimberly de su infierno, rescataría a todo ser querido que se encontrase viviendo el peor de sus momentos. Pero, ¿quién lo rescataría a él?




—Eres un idiota, ¡no puedes hacer eso, todavía no estás listo! —le gritaba Sam estupefacto, persiguiéndolo hasta el grado de casi pisarle los talones.

—Este asunto no es de tu incumbencia—le dejó en claro mirándolo de reojo.

Sam gruñó.

—¡Todavía no eres capaz de…!

La mirada de Bill se endureció. De la nada, se había aparecido enfrente del muchacho rubio interrumpiendo su frase. Aquel movimiento le había impresionado, ¿cuándo lo aprendió? Ya era más rápido.

—Soy capaz de muchas cosas Sam. No me subestimes, ¡nunca lo hagas! —le advirtió— Ese podría ser el peor error que podrías cometer. No soy débil y tampoco tonto.

Los dientes de Sam se apretaron tanto que hasta Bill pudo escucharlo. Era un idiota, eso era lo que era, no medía las consecuencias: todavía no estaba listo, nunca lo estaría, ¿qué acaso eso no lo comprendía? Bill no estaba muerto, él no podía hacer lo que las otras almas hacían con libertad ya que su cuerpo aún respiraba.

Él era un ente, solo eso.

—No creas que me he olvidado del favor que te debo —musitó dándole la espalda—. Lo cumpliré ya que soy un hombre de palabra…

—Así que estás decidido —soltó algo sorprendido y cruzó sus brazos para después, curvar sus labios—. Siempre pensé que te acobardarías.

Bill, cerró sus ojos con pesadez al escuchar aquellas palabras. Él no era ignorante, siempre tuvo en cuenta que para poder cumplir con los deseos de Sam era necesario morir ya que, al hacerlo, todo su ser se convertiría en un verdadero espíritu, con poder de verdad.

Pero… no estaba decidido a morir de esa manera, no quería morir lleno de odio y rencor. Él, quería irse en paz.

—Me vuelves a subestimar —señaló, a lo que Sam rió.

—¿Y qué? ¿Tienes pensando también despedirte de tu hermanito?

—No pienso morir hoy —respondió en el acto mirándole con superioridad—. Habrá un cambio de planes: regresaré a Kimberly.

La sorpresa ante esa respuesta fue evidente, a lo que Bill soltó una risa de burla. Le debía un favor a Sam, sí, pero eso no significaba que éste fuera su dueño. Él podía hacer lo que le daba la gana, al fin y al cabo, estaba en su lecho de muerte, ¿qué más podía suceder?

—Todo a su tiempo, Sam.

—Eres un maldito, ¡un maldito! —gritó a todo pulmón haciendo que las lámparas del recinto explotaran con demasiado poder.

Además… Sam no había dicho con exactitud cuando quería vengarse, así que él podía esperar.

«Tom —suspiró, dejando atrás aquella mirada retadora. Su guardia, estaba baja, de nuevo—, esto es lo mejor para los dos: sabes muy bien que yo ya no puedo regresar, yo ya tuve suficiente y no puedo seguir dándote falsas esperanzas, tienes que seguir con tu vida hermano. Tienes que mirar hacia adelante y darte cuenta que no estarás solo: tendrás a Kimberly, quién necesitará todo tu apoyo para poder salir de ese hospital. Ella será libre, yo lo sé, yo confió. Y cuando ese día llegue, será un nuevo comienzo para los dos. Vamos hermano, sé fuerte —sonrió—. Siempre lo fuiste, siempre lo serás. Pero… también —sus labios formaron una mueca—, también deberás aceptar quién es realmente Kimberly. Deberás aprender a creer, solo así, todo será más fácil».

Ese era su objetivo, por eso, es que volvería con Kim. Tom debía descubrir quién era sin creer que todo era una mentira. Bill se encargaría de eso, él los ayudaría. Y al poder cumplir con esa meta, por fin, él se iría en paz.

—Solo así, sería realmente libre.

Aquello era una manera de devolver todo los sacrificios que Tom había hecho por él toda su vida: se encargaría de hacer feliz su hermano y estaba seguro, que aquella felicidad le duraría para siempre.

Sam aun seguía en el pasillo de aquel edificio abandonado, pensando y meditando todas las palabras que Bill le había dicho: sí, lo había subestimado.

—¡¡Maldito!! —gritó una vez más haciendo que los cuervos que paseaban por el piso carcomido salieran volando despavoridos por las inexistentes ventanas.

Él muy idiota se creía demasiado listo, ¿eh? Pues él no era el único con un as bajo la manga. Después de tantos años ya, había aprendido por fin en no confiar en absolutamente nadie, para él, para sus ojos, para su alma todos eran culpables, todos eran enemigos y todos merecían sufrir, ¡todos! Debían sentir el mismo dolor que él sintió durante su vida, durante su muerte y la agonía que sentía en esos momentos.

—Maldición —siseó apretando sus manos.

Aunque tenía muy en claro desde principio en no confiar en Bill… no pudo evitar sentir una traición por parte de éste. Después de lo que habían pasado juntos sintió que por fin había encontrado a un amigo. No. ¿Pero en qué mierda estaba pensando? ¿Amistad? Esas son estupideces, eso no existe. Todos algún día te vendrán traicionando, ¡no les importará darte la espalda! (gruñó) ¡Tal como Kimberly lo había hecho, tal como Bill lo hizo!

Sam, ¿cuándo comprenderás que tu destino es estar solo? ¿Cuándo? Así lo habías decidido ya, ¿no? Es mejor andar por tu cuenta, así nadie logra decepcionarte, eso habías dicho hace tiempo, entonces, ¿por qué te sientes de esta manera? ¿Por qué quieres llorar, eh? ¡¿Por qué?!

Sus labios hicieron un leve movimiento, para después, desaparecer completamente del recinto. Una leve corriente de viento entró por las inexistentes ventanas, levantando las hojas y moviendo la gran cantidad de basura que yacía en el lugar. Cuando las latas aplastadas dejaron de hacer ruido ante el movimiento, se pudo escuchar el ligero eco de una voz masculina resonar por las paredes del demacrado lugar.

Aquel sonido, podía ser tomado como un ligero sollozo.


—Estoy harto.



Una foto, el único recuerdo que tenía de ellos era una foto de cuando eran uno niños: la época cuando eran idénticos y usaban la misma ropa, lo único que los diferenciaba era el pequeño bordado en el cuello de la camisa con sus respectivas iniciales.

Ellos eran sus pequeños, pero, él ya no era más su padre.

No pudo, así de sencilla era la respuesta. No pudo con tanta responsabilidad: no supo ser el Jefe de la familia, no logró mantenerlos unidos ni mantener el respeto, no supo transmitir el amor y el cariño que se le debe dar a sus hijos. No supo cómo cuidarlos, nunca entendió como manejar las situaciones críticas. Nunca supo qué hacer con la actitud de rebeldía de su hijo mayor ni cómo reaccionar ante las enfermedades de su hijo menor.

Había fallado o simplemente, él no había nacido para ser padre.

¿Y cuál fue la mejor opción que se le ocurrió? Rendirse. Quería dejarlos atrás, abandonar aquella presión y tratar de recuperar nuevamente su tranquila vida. Ser solamente él, y nada más que él. Sí, admitía que en ese tiempo era egoísta. Y cobarde también.

Solo pensó en su salvación pero no en la de su familia. Por un momento, agradeció que Simone nunca se dejara vencer y tomara la mejor iniciativa de salir de esa casa; aunque no pudo evitar sentir un enorme dolor al verla salir con sus hijos. Sí, porque después de todo, eran sus hijos.

Tom, Bill. ¿Ellos lo habrán perdonado?

Tom, cuando lo vio alejarse en ese taxi pudo apreciar la esperanza que su hijo tenía en sus ojos: quería que fuera y lo sacara de ese auto, él quería estar al lado de su padre pero su padre, no quería estar con nadie.

—Y ahora —soltó con un pesado suspiro—, que quiero volver… ya es tarde: tú estás en cama y tú me has olvidado ya —señaló al recordar el encuentro en el hospital.

Su hijo mayor no le había reconocido, tal vez, sentía que lo había visto en alguna parte, pero aquella visión lo trataba como un extraño y no como su padre. Ellos le habían olvidado ya y no los culpaba, él también hubiera hecho lo mismo.

Se lo merecía, ¿verdad? Se merecía quedarse solo. Sí. Se merecía eso y más.

—“Tú estás en cama”

—¿Pero qué…?

—¡Tú estás en cama! ¿Enserio? ¡¿Es lo único que tienes para decir?!

La silla dio contra el piso. Jörg se había puesto en alerta.

—¿¡Quién anda ahí?! ¡¡Quién eres!! —exigió una respuesta, guardando la vieja foto en la bolsa trasera de su pantalón.

—Eres increíble, ni siquiera reconoces la voz de tu propio hijo.

Imposible.

—¿Tom?

—Adivina otra vez.

Las pupilas de Jörg se dilataron. No, no, ¡nada de esto podía ser verdad! Era una pesadilla, ¡tenía que ser un horrible sueño!

—¿Bill?


Nota final: La verdad no sé cuantos capítulos me quedan para el final, pero no cree que esté ya tan lejos. Aun así, he de decir que el cap final o tal vez (digámosle así) el epílogo, ya lo tengo escrito. :-) A qué vengo con esto: estoy escribiendo otra historia ya, pero, no es del fandom de Tokio Hotel. Esta nueva novela le pertenecería al fandom de InuYasha, no sé si alguna es fan de este anime o la llegó a ver alguna vez en su infancia xd. Esta historia la subiría en fanfiction.net y tendría como pareja principal a Sesshomaru & Rin. Si alguna le interesa, con gusto, en la página de mi facebook dejaré el link de la historia. Sino, no importa, no quiere decir que ya no escribiré novelas para este fandom, tengo otra historia preparada para Tokio Hotel ;-) así que bueno lectoras, ya están avisadas:D

¡Gracias por leer! *-*