-

-
Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

31 mar. 2013

Capítulo sesenta.



—Ven conmigo, por favor.

Aquella oración golpeó fuertemente las paredes de su interior haciendo un profundo eco en sus oídos. ¿Ir con él? O sea, ¿escapar? ¿Salir? ¿Tener una vida afuera de esas cuatro paredes? Ser libre… tembló.

Su cuerpo se estremeció al sentir los brazos de Tom atraparla más y más. Todavía no se sentía preparada para sentir nuevamente una fuerza mayor contra su cuerpo, dios, sólo quería olvidar esa sensación de impotencia y agobio, desesperación, asco… ¡furia! Ese guardia, ese maldito guardia arruinó todo el poco equilibrio mental que había logrado mantener con tanto esfuerzo: en un abrir y cerrar de ojos todo se derrumbó, se sentía como antes, se sentía quebrada. Parecía un cuerpo sin alma. Todo por él, ¡por ese tal Roy! La había tocado de una manera ruin y asquerosa, se había atrevido besarla. Estaba decidido en cruzar la línea, ¡maldito, merecía morir… merecía…!

—Tom —sus ojos se abrieron de par en par.

Sobre el hombro de su guardia apreció muy bien como otros dos hombres de blanco ayudaban a su atacante a ponerse de pie, pero habían más, muchos más. Todos estaban en el marco de la puerta, esperando algo. No. Esperando a alguien.

«Baecker», su cabeza dolió.

Era un poco más alto que sus subordinados, pudo distinguirlo sin problema y gracias al brillo de sus gafas supo que se aproximaba a paso tranquilo hacia el interior de la habitación y luego, como perros falderos, venían ellos y otros hombres con uniforme azul oscuro.

¡Maldición!

Una alarma se encendió en su cabeza, era una de advertencia. Esos hombres no estaban aquí por razones buenas: los conocía, ella había visto a unos con ese uniforme cuando había sido el asesinato del paciente de al lado. Tipos como ellos estaban en la misma sala donde la interrogaban, protegiendo al detective que quería sacarle la verdad a la fuerza. Kimberly estaba segura que en cualquier momento iba a golpearla, le tenía miedo y la vez, lástima. En su interior, se burlaba de él: ese detective no tenía ni la menor idea de lo que sucedía, estaba perdido en el tema y moriría sin saber la verdad de ese extraño caso. Eso era divertido, sí, lo era.

Pero en esta situación, no había diversión por ningún lado, no, se sentía inútil, tonta e inservible. Aquí ella no tenía la ventaja, de nada.

—Juro que esto no volverá a pasarte pero por favor, ven…

Su voz le recordó que él no tenía ni la menor idea de lo que sucedía a sus espaldas. Debía advertirles, ¡los hombres uniformados se habían adelantado!

Silencio en su cabeza.

Silencio alrededor.

Por dios, ¡venían por él! No, no podían llevárselo, no, ¡no pueden separarlo de ella!

—¡Tom! —su voz por fin entró en los oídos del aludido, alertándolo pero… era tarde.

Cuando giró su cabeza para ver hacia atrás, dos policías se abalanzaron contra él. Uno de ellos, golpeó sin querer a la paciente con sus esposas, lográndole raspar su mejilla izquierda: aquel hombre se había abalanzado con el fin de deshacer el abrazo entre el guardia y ella.

Kimberly no se quejó. Sintió más el dolor de ver a su pareja siendo inmovilizado por esos hombres que el dolor de ser perforada por ese material que, ella creía, se trataba de una clase de metal o aluminio.

Lo esposaban, ¿por qué? ¡Él no era el culpable...! Lo escuchaba quejarse, uno de los oficiales aprisionaba su cabeza contra el suelo, parecía que quería aplastársela en ese momento. Tom, dios, basta, ¡lo lastiman! ¡¡Lo lastiman!!

—¡¡Tom!!

Y ese grito, se perdió en la habitación.




—¡Ahh! —soltó con satisfacción al darle una probada a su recién hecho café cargado. Eso era vida.

Se relamió los labios al tiempo que se sentaba y acercaba la silla hacia los monitores, lo cual, fue un trabajo fácil gracias a las rueditas de ésta. Respiró hondamente, de regreso al trabajo. Dejó su taza de café color blanca con el símbolo de la Institución mental en color verde viendo hacia el frente y se enfocó en cada monitor que brindaba imágenes de color azul: todo en orden, como siempre. Los pacientes dormían (algunos, ya todos tenían bien en claro que muchos se escondían las pastillas para dormir debajo de la lengua y después, la tiraban. Ya era normal), los guardias hacían el recorrido en sus respectivas zonas, el patio estaba solo, no había señales de intrusos, Tom iba hacia la habitación de Kimberly.

—Espera… ¿qué?

Se aproximó a los controles de cada cámara de seguridad, encontrando la que correspondía a la del último piso, giró el botón haciendo que la imagen se acercara más hacia el guardia pelinegro. ¡Era Tom! ¿Pero que hace ahí tan temprano?

Con su pies, empujó la silla hacia atrás buscando el reloj de pared que yacía a un lado de la puerta. Era apenas media noche y se volvió a preguntar ¿qué hace por esos rumbos a esas horas? Bah, idiota, sólo iba lograr que lo descubrieran y si era así, él no iba a meter las manos al fuego por él: Georg no vio, ni sabía nada de esas visitas. Sí, así de simple.

—M… maldición —su labio inferior tembló. Por supuesto que no dejaría morir a un amigo pero, agh, ¡tenía que ser tan estúpido! Si los descubren, podrían perder el empleo y él no podía perderlo, necesitaba el dinero. Maldito Tom, maldito descerebrado. Suspiró—. Tenías que ser un joven enamorado, ¿eh? —dijo sin más volviéndose a acercar hacia los monitores.

Podía apreciar que estaba tranquilo, ¿habrá pasado algo… bueno?

—¿Georg?

—¿Hm? —como acto reflejo, se giró completamente al escuchar que una mujer lo llamaba. Miró a su alrededor. Estaba solo, idiota, es obvio que nadie le habló. Pero seguía inquieto, así que se levantó, abrió la puerta y asomó su cabeza por el oscuro pasillo… nada. Seguía estando solo.

—Qué extraño —aseguró rascándose con suavidad la nuca mientras volvía a su puesto de trabajo—. Debo dejar la cafeína…

Su cuerpo se heló. Había una mujer justo enfrente de él, no, era solamente la silueta de una pero, al momento de parpadear, ya no había nadie. Refunfuñó por lo bajo mientras se tallaba con brusquedad los ojos, parpadeó un par de veces más y al confirmar que nada estaba ahí, tiró completamente el café en el pequeño cesto de basura.

Ya no más café, en definitiva.

—Necesito descansar…

—¡Georg! —el chico se giró. Esta vez, nada era una alucinación—. Ven rápido, Kaulitz se salió de control, ¡está golpeando a Roy!

—¡¿Eh?!

—¡Muévete, Listing! —exigió su compañero sacándolo de su puesto de trabajo de un jalón. Los pies de Georg toparon entre sí, no se movía, no podía hacerlo. Si no fuera por el otro hombre que lo llevaba casi a rastras Georg seguiría en su puesto digiriendo las palabras que acababan de ser dichas.

Tom… ¿peleando, aquí, en frente de Kimberly? ¿Qué está pasando?

—Georg… —susurró Jeny sintiendo extrañamente un nudo en su garganta.

No pudo advertirle a tiempo.

No rescató a Kimberly a tiempo.

No era buena amiga, ¿verdad?

Miró hacia el monitor que era exclusivamente hacia el último piso. Las cosas se saldrían de control pronto dándole a Baecker más control sobre los pacientes y más poder sobre Kimberly… ella no iba a permitir que le hiciera lo mismo, no, ¡no se iba a dar por vencida!

Sus ojos se abrieron deteniendo toda esa ola de pensamientos, no estaba sola.

Bajó su mirada hacia su hombro, alguien lo sostenía.

—¿Bill? —alzó su mirada—. ¿Quién es él? —aquel chico rubio, se le hacía conocido más no recordaba donde lo había visto…



El trato estaba hecho, el plan era perfecto. Sólo… quedaba una cosa insignificante por aclarar.

—No habrá coito, ¿entiendes? —la mano de Roy se detuvo a unos centímetros de la perilla—. Creo que era algo explícito, pero como eres tan idiota, supuse que tenía que decírtelo de nuevo, esta vez, de una forma más clara.

—Y con “clara” quiere decir “directa”.

—Así es.

Silencio.

—Lo comprendí desde el principio, Director —escupió entre dientes—. Sé que me las llevo a de perder… estoy jugando con fuego, uno que usted comenzó —dejó en claro mirándole por el rabillo del ojo.

Baecker entrecerró sus ojos.

—Te puedes ir, Roy.

Aquel guardia no era idiota, lo sabía bien. Pero aun así, fue lo suficientemente estúpido para acceder convertirse en otro peón más en su tablero. Los deseos impuros, egoístas y distorsionados nos hacen doblegarnos con facilidad, eso le sucedió a Roy, eso le sucedió a Tom y eso le sucede a Baecker.

Miró a su alrededor, sus marionetas posicionándose a su alrededor: él manejaba los hilos, él era el que mandaba, esa era su institución, su castillo, nadie podía derrotarlo, nadie. ¿Escuchas Kaulitz? Tú no eres rival, no eres más que un simple niño llorando por la pérdida de su hermano. Eres débil, sí, eso eres. Y hoy, por fin, te sacaría del juego.

Una escondida sonrisa se formó al confirmar que cuatro policías venían tras él. Esto era más fácil de lo que había creído: desde el supuesto suicidio de uno de sus pacientes, constantes patrullas comenzaron a rodear la manzana del hospital, trataban de vigilar el recinto más que nada, querían confirmar algún movimiento sospechoso. Al parecer, el detective encargado del caso no se fue conforme, ¡pero qué más daba! Ni siquiera él tenía la menor idea de lo que ocurrió aquella noche.

Sea como sea, en ese momento agradeció aquel accidente. De no ser así, el plan no estuviera marchando tan bien.

Ya podía escuchar los gritos de Kaulitz y también, podía escuchar los golpes que le propinaba a Roy. Pobre, se podía imaginar lo que estaba viviendo en esos momentos y estaba seguro de que si no aceleraban el paso, lo mataría. Perfecto, que lo haga, eso haría más simples las cosas.

—¿Mh? —algo no marchaba bien, ¿por qué ya no se escuchaba nada? Tal vez, Tom ya mató a Roy… no, ¿tan rápido? No lo creía, sería imposible—. Rápido —y con esa simple orden todos los de a su alrededor corrieron a rebasándolo, los había alarmado y para ser sinceros, él también lo estaba.

Cuando llegó por fin, supuso que los policías ya habían entrado a poner cierto orden; sus subordinados yacían amontonados en la puerta, peleando inconscientemente para lograr ver todo el espectáculo. Malditos estorbos. Los empujaba con algo de brusquedad pero al fin y al cabo, logró posicionarse en primera fila y fue ahí cuando vio todo lo que quería ver: un Roy moribundo, un Tom criminal y una Kimberly destrozada.

«Mi plan funcionó, ¡mi plan funcionó! —gritaba en su interior triunfante. Quería reír, quería gritar, ¡estaba tan feliz! Pero todos aquellos sentimientos se contrajeron al sentir la dura mirada de su frágil paciente en él, ¿qué era eso? Parecía… que lo estaba matando, ¡se estaba imaginando matándolo!—… Ya no hay marcha atrás»

Dos de sus subordinados lograron levantar a Roy con mucho cuidado (como si al hacer un movimiento en falso, una extremidad de su cuerpo pudiera desprenderse), y con paso firme y delicado lo sacaron de ahí. El casi inconsciente guardia logró hacer su último movimiento de la noche, antes de desmayarse: fue verlo. Le dio una mirada furtiva al momento de pasar a su lado y Baecker logró atajarla, éste sonrió entre dientes y su desquiciada sonrisa se anchó más al leer los labios de su cómplice:

“Maldito”

“Cumplí mi parte del trato… ¿estás feliz ahora?”, esas palabras fueron transmitidas en aquella débil mirada…

“Maldito”, y esas palabras fueron las pronunciadas antes de caer inconsciente.

Sí, estaba feliz.

—¡Llamen a una ambulancia! —sintió como todos los que estaban a su alrededor hacían movimientos torpes: todos querían ayudar, pero nadie sabía cómo. Al final, decidieron irse de ahí y auxiliar a su querido compañero Roy, qué bien, que lo hagan. Pero él no se movería de ahí, ya que en esa habitación, yacía su futuro.

—No le hagan daño, ¡no lo lastimen! —ese grito ahogado atrajo la atención de los últimos presentes en la escena.

Kimberly se veía tan linda. Entonces, se preguntó si realmente era un enfermo al pensar algo así en una situación como esta: verla tan frágil, desesperada, llorando por él… nunca la había visto de esa manera y es que ¿cómo? Ella era más fuerte, más decidida, más fría, ¿por qué estaba así y luego… por él? No llores Kimberly, no vale las lágrimas… no llores.

Parecía que quería avanzar hacia ellos, pero algo en su cuerpo se lo impedía. Pensó que de alguna manera sus piernas se habían adherido al piso para evitar que se moviera y así, también, evitar que sufriera algún daño. Bien hecho. Estaba agradecido. Aun así, su brazo derecho estaba extendido hacia él, queriendo alcanzarlo y su otra mano estaba pegada a su pecho, tratando de soltarse de la presión que sentía. No te esfuerces Kim, por favor, no.

Sintió como una fuerza mayor alzaba su cuerpo y lo ponía de pie contra su voluntad. Aquellos dos policías habían terminado, era momento de sacarlo, de alejarlo de ella, tal vez, para siempre.

¿Siempre? Eso era mucho tiempo.

—No iré a ningún lado

—¿Dijiste algo? —sus brazos temblaron.

—¡¡No iré a ningún lado sin ella!!

La boca de Baecker se entreabrió y luego, la cerró con fuerza rechinando sus dientes. Maldito, todavía tenía la fuerza suficiente para amenazarle. Eres un maldito, Kaulitz.

Tom podía ser un llorón pero eso no significaba que no sabía defenderse. Había muchas cosas que no sabían sobre él, cosas que eran mejor olvidar pero, eso no quería decir que no estuviese agradecido, después de todo, aprendió muchas cosas.

El cuerpo de Kimberly se tensó al verlo ante tal situación: sin problema alguno logró zafarse del guardia que sostenía su brazo y con un movimiento le propinó un golpe en el estómago brindado de su rodilla derecha. No lo pensó cuando se lanzó contra el otro oficial, pero con ese, lo único que hizo fue empujarlo con todas su fuerzas contra la pared, logrando sentir como su espalda tronaba. Eso sería suficiente.

Cuando volvió en sí, lo tenía a su altura. Estaba arrodillado, justo como ella.

—T… Tom —no podía tocarla, sus esposas lo impedían. Tenía sus manos por detrás. Le ha de doler, estaba segura—, perdóname —susurró rodeándolo con sus brazos.

Pudo sentir como trataba de acariciarla apegando su cabeza con la de ella tratando de moverla con suavidad. ¿Qué había pasado? ¿En qué momento todo se convirtió en un infierno? ¿Por qué hoy, por qué ella, por qué él?

—No me iré, te lo juro. Volveré, ¿me escuchas? Volveré por ti Kim… ¡lo haré!

Ella lloró.

—Llévame contigo, ¡vámonos ya!

—Lo siento —susurró con una sonrisa vacía—, pero a donde voy… es un lugar donde no debes estar —su playera comenzaba a sentirse húmeda, Kimberly lloraba más y más y Tom volvía a sentirse patético. No podía cumplirle.

—¡Pero tú dijiste que me sacarías! —gritó a todo pulmón, robándole el aliento—. Lo dijiste, hace quince minutos… ¿ya lo olvidaste? ¿Por qué no lo cumples? ¡Llévame!

Tenía razón lo dijo, lo grito, lo deseó pero… no ahora, ellos no se lo permitirían.

—¡Maldición! —gritó logrando distancia entre los dos—. Escúchame, pase lo que pase, no bajes tu guardia, ¿entiendes? No estás sola. Volveré por ti y esta vez es en serio.

Sollozo.

—¿Por qué no ahora?

El chico miró hacia atrás. Los policías ya venían.

—Me surgió un asunto que tengo que resolver. Cuando lo haga, estaremos juntos.

—¿T… Tom?

—Te amo, Kim.

La chica negó. Nada iba bien, nada.

—Quédate… por favor. ¡Por favor!

—Yo soy el que debe pedirte disculpas.

—¿Q…qué?


Se escucharon terceros, ¿más hombres de uniforme azul? Los otros dos entraron con bastones en mano. Lo golpearon, golpearon a Tom en la nuca y él, como consecuencia, cayó inconsciente sobre sus piernas.

—Tom… ¿Tom? Abre los ojos, ¡hazlo! —Exigía moviendo su cuerpo, golpeando su espalda, pero nada— ¡¡Tom!! No, no se lo llevaran —acto reflejo, tal vez, pero al captar movimiento a su alrededor, lo único que se le había ocurrido hacer fue cubrir el cuerpo del guardia con el suyo. Nadie lo tocaría, nadie lo lastimaría.

«Debes reaccionar, por mí, por favor. Tom, yo también te amo, vamos, despierta, ¡despierta!», las lágrimas seguían saliendo sin control. Lo único que quería hacer era abrazarlo y jamás soltarlo pero aquellos policías frustraron su sueño: se lo arrancaron de las manos sin piedad alguna.

No… no, ¡no!

—¡Es mío! —gritó logrando detener a uno de los policías, aferrándose de su pierna—. No me lo quiten, es mío. Él es quién me da fuerza para seguir adelante, por favor n… ¡¡agh!! —lo que haya sido, le ardió en su espalda.

Confundida, giró su vista hacia atrás, encontrándose con su atacante quien sostenía también uno de esos bastones.

—Ba… Baecker. —Gruñó soltando al oficial—. Todo es tu culpa —aseguró tratando de reincorporar su tembloroso cuerpo. Cuando lo logró, se puso de pie: no se dejaría vencer por él.

—Aquí tiene, oficial —agradeció entregándole el arma. El aludido la tomó estupefacto ante ese acto de violencia. Sabía que él era el encargado y que las personas que yacían en aquel recinto ya no tenían derechos pero… ¿eso había sido lo correcto? ¿Pegarle?—. En unos minutos estaré con ustedes. Pueden llevárselo.

Uno de ellos asintió y Kim sólo miró por el rabillo del ojo como se llevaban a su guardia: sus piernas arrastraban el piso, realmente había perdido el conocimiento. Malditos, eso no se iba a quedar así.

—Devuélvemelo.

—Alguien tan peligroso no puede estar cerca de esta institución.

—¡Devuélvemelo!

—No puede estar cerca de ti.

—¡Maldita sea Baecker, devuélvemelo! —otro golpe, de nueva cuenta, había sido una bofetada.

—¿Ya se te olvidó quién manda aquí? ¡Manteen el respeto que me merezco, mocosa! —silencio, así estaba mejor—. Él no volverá, de eso me encargo yo. Vete haciendo la idea, Kimberly: estás sola, de nuevo.

—No…

—¿Creíste que no sabía del estúpido amorío que escondían?

—Tom…

—¡No nací ayer, no soy imbécil! —rió—. Imbéciles ustedes, que quisieron llevar su romance en mis dominios. Hoy, Kimberly, obtuviste el castigo por desafiarme.

Un sollozo más.

—T… Tom…

—No lo volverás a ver. Te lo juro.

Ya le ardían sus ojos y sin verse en un espejo, estaba más que segura que ya los tenía hinchados. ¿Qué había hecho para merecer eso?

Nada.

—¿Bill, Jeny? —susurró al sentir un par de “soportes” sobre sus hombros.

—No lo escuches —pidió Jeny.

—Tú no estás sola.

Sus manos se apretaron. Tenían razón, ella jamás iba a estar sola.

Tenía Jeny de un lado y Bill del otro. Ambos sosteniendo con firmeza sus hombros, dándole la confianza suficiente para no caer y, detrás de ellos, estaban todas las almas que vagaban sin rumbo por los pasillos del hospital (aquellas que no ha sabido cómo controlar), estaban molestos, agitados, todos querían matarlo, todos querían apoyarla. Todos iban a pelear.

Sam entrecerró los ojos y los labios de Kimberly se apretaron. Estaba a su lado, podía sentirlo.

—Eres tú contra nosotros, Baecker.




Nota final: chaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan(8) es un capítulo corto, pero se me complicó en escribirlo. Quería que todo estuviera perfecto, espero haberlo logrado:(, disfruten de la lectura *-*


Feliz cumpleaños, Georg

26 mar. 2013

Capítulo cincuenta y nueve.



La oficina de Baecker estaba sumergida en la oscuridad. Se podía distinguir solamente su silueta gracias a la opaca luz de la luna (la poca que pudo traspasar esas poderosas nubes grises que soltaban de su interior pequeños copos de nieve): estaba sentado en su silla de cuero negro, dándole la espalda a la puerta, manteniendo sus dedos entrelazados y mirando fijamente el pequeño reloj con decorado café que yacía sobre su cabeza, en la estantería.

Cambió de posición, recargó su brazo derecho sobre el de la silla y apoyó su mejilla sobre el dorso de la mano, cruzó sus piernas de la misma manera que los hombres con “clase” hacían, y sin darse cuenta, comenzó a masajearse la sien con movimientos en contra de las manecillas de reloj. En cualquier momento, alguien cruzaría la puerta de su oficina, interrumpiéndole abruptamente con el fin de dar el aviso de que un guardia… no, ese guardia había perdido el control.

Sólo unos minutos más…

—Así que nada inusual —habló Sam en medio de la oscuridad, recordando el informe de Bill, quien le dijo que todo estaba bajo control en el último piso.

—Pero parece que aquí… está el demonio mismo —Sam asintió—. No puede ser que ha estado todo el tiempo sin hablar.

—No tiene porque hacerlo —aclaró entrecerrando sus ojos—. Uno no dice lo que se encuentra en su mente retorcida en voz alta. Ni siquiera los locos lo hacen, mucho menos lo hará una persona… normal.

—Sí pero, él no es normal.

La pequeña alarma del reloj de decoración sonó cortando la conversación de aquellos seres que se supone debían ser inexistentes, ya era media noche.



No sabía en qué momento había sido levantada de la cama, cuando pudo reaccionar, su espalda se golpeaba contra la pared y sus brazos forcejeaban contra los de otra persona. El cuerpo de Kimberly tenía vida propia en esos momentos.

Sus ojos se abrieron ante el asombro de ver al guardia llamado Roy tratando de llegar a ella y sus pupilas se dilataron ante el miedo que sintió: la lastimaba pero de una manera extraña y aquello, se sentía más doloroso aún.

Roy maldecía por lo bajo, se estaba cansando de ganar más tiempo, los brazos de Kimberly se doblaban, perdían fuerza y era momento para aprovechar. Forcejeando una vez más logró quitarse esas delicadas manos de encima y de una vez por todas se le fue encima, como un animal ocasionando, que el cuerpo y alma de Kimberly, se terminaran de corromper.

La lengua intrusa de Roy no batalló en obtener el control y de alguna manera extraña, escucharla sollozar le hacía disfrutar aun más aquel beso. Sintió las manos de Kimberly sobre sus hombros, trataba de alejarlo, parecía que la fuerza había regresado a ella… no, había sido el impulso del momento ya que de nueva cuenta, sus brazos comenzaron a doblarse.

«Es tan débil, de seguro ni ha de saber lo que está… »

—¡Maldita! —gritó llevándose las manos a su boca, dándole el espacio que necesitaba no por gusto, sino por necesidad: Kimberly le había mordido a defensa propia.

Con desesperación comenzó a limpiarse el rastro de saliva que había dejado en su boca. Esto estaba mal, muy mal. Tom se iba a molestar con ella, oh dios, ¿con qué cara lo vería ahora? Se sentía asqueada consigo misma y con la persona que tenía en frente, quería vomitar, realmente tenía muchas ganas de hacer eso… realmente…

—Perdóname… perdóname… —todo su cuerpo temblaba y aquellas disculpas chocaron contra las palmas de sus manos. Éstas cubrían su boca para impedir que algo más que palabras salieran sin control.

Se había dejado caer de rodillas en el momento en que Roy la había soltado. Sus ojos se encontraban irritados y estaba muy segura que en cualquier momento se les saldría por las cuencas de tan abiertos que los tenía. Sudaba frío y el asco que tenía plasmado en su garganta se hacía cada vez más irritable.

Desorientada, comenzó a arrastrarse hacia el baño que, por ahora, era el único lugar seguro que pudo encontrar. Roy seguía quejándose: su sangre sangró un poco y le dolía demasiado. Esto lo iba a pagar, las cosas no se iban a quedar así…

—¡Nadie se burla de mí! —exclamó al borde de la histeria encontrándose con la indefensa mujer que trataba de huir. Exasperado, la tomó por sus castaños cabellos, alzándola un poco y de un fuerte empujón la regresó hacia donde se encontraban hace unos momentos: a un lado de la cama.

Kimberly lloró por fin cayendo en cuenta de lo que trataba de hacerle.

—Ese estúpido de Baecker, diciéndome que serías trabajo fácil, ¡ese cabrón! —gruñó poniéndose encima de ella, congelando todos sus movimientos. Sus muñecas fueron aprisionadas por esas grotescas manos y le fue imposible mover sus muslos gracias a que las piernas de Roy las aprisionaban por cada lado.

—¿B…Beacker? —soltó atónita, en susurro. Y de pronto, parecía que el tiempo se había congelado a su alrededor: las lágrimas se quedaron quietas y el cuerpo de Roy se inmovilizó

¿El director Baecker? ¿Por qué? ¿Por qué él le haría algo así? ¿Por qué la entregaría tan fácil a un demonio? ¿Qué había hecho ella para merecer ese tipo de castigo? ¿Qué?

—¡No! —su grito ahogado se apagó por sus sollozos. Los húmedos labios de Roy en su cuello la hicieron volver de una horrible manera a la realidad.

Sentía como le olía con placer su cabello y de una manera ágil, atajó sus dos brazos con su mano izquierda y con la que tenía libre comenzó a tocarla sobre la blusa. Las pupilas de Kimberly se dilataron al sentir la mano de ese hombre tocarla en lo que para ella era una parte íntima de su cuerpo: su seno derecho comenzaba a dolerle, la lastimaba de una manera cruel. Quería que la dejase: en ese momento deseaba tanto la muerte de ese guardia pero estaba tan atemorizada para gritárselo. No quería ver su cara, no quería saber nada. Sólo… sólo deseaba que alguien llegara y la rescatase… por favor.

—Tom… ¡Tom! —calló de golpe al recibir un golpe en su mejilla izquierda. Sus ojos se llenaron más de lágrimas y comenzó a llorar con más desesperación. ¿Qué pasaba si Tom la veía en esa posición? No quería, le daba vergüenza: lo decepcionaría, sí, estaba segura de ello. Otro hombre la tocaba, uno que no era Tom… ¿cómo reaccionaría? Dios… sólo deseaba que esa pesadilla terminase.

—¡Deja de decir su nombre! —exigió levantando su mano en forma de amenaza. Al saber que Kimberly no gritaría más volvió a lo suyo: esta vez, metió las manos debajo de la blusa gris, sintiendo su fría piel sobre sus ásperos dedos. Era suave, eso lo estaba volviendo loco.

—Déjame, ¡no me toques, déjame! —pedía moviéndose de un lado de otro, tratando de que sacara de una vez sus manos antes de que llegaran más arriba.

—Sé que te gusta —murmuró tan cerca de su rostro que volvió a tener esas enormes ganas de vomitar al sentir su aliento chocar contra sus labios.

—No… ¡no, no! ¡¡No!! —gritó tan fuerte al sentir un agudo dolor en sus senos. Roy los había apretado con tanta fuerza que lo que hacía ya no era por deseo, lo hacía sólo para verla sufrir. Quería verla quebrarse poco a poco.

—¡Disfrútalo, perra! —estaba extasiado de ella, quería más. Maldición, tenía que disfrutarla toda pero… ese maldito de Baecker. El trato se lo impedía.

—No… no… no… ¿Kimberly? —la agitada respiración de Roy se detuvo y su distorsionada sonrisa se esfumó completamente.

Aturdido, alzó su vista encontrándose con una pequeña niña que vestía un sencillo vestido color blanco. Las mejillas de la pequeña brillaban debido a todas las lágrimas que había dejado caer todo ese tiempo. La inocencia plasmada en su joven rostro era perfectamente perturbadora, algo no estaba bien con aquella niña… ella no era normal… ella…

—Ki… my… —tembloroso, miró nuevamente a la mujer que tenía en su poder. Podía asegurar que estaba a punto de perder el conocimiento y era ahí cuando debía aprovechar pero… ¡esa niña!

—Hombre malo —su voz no era la de una pequeña, ni la de una mujer—. Hombre malo, hombre malo, hombre malo —comenzaba a sentirse mal, sus oídos le ardían. ¿Qué estaba pasando?— ¡¡Hombre malo!!

La puerta se abrió.

Las llaves cayeron.

La niña se fue.

Kimberly despertó.

—Roy… maldito… ¡maldito hijo de puta!

Los ojos de Tom no plasmaban otra cosa que no fuera furia. Roy seguía atónito y sus movimientos eran torpes: nunca vio el puño de Tom venir. Cuando reaccionó, ya se encontraba en el piso siendo golpeado por su compañero.



Algo lo puso en alerta alarmando a Bill y segundos después, él hizo lo mismo que Sam: parecía como si un torbellino de energía estuviera a punto de explotar.

La puerta de la oficina se abrió dejando ver a dos guardias completamente nerviosos y agitados. El rostro de Baecker cambió totalmente y Sam, al notarlo, comprendió que ya había ocurrido lo peor.

—Bill… —lo llamó por lo bajo.

—¡Director Baecker! Hay un problema —su superior alzó una ceja—, en el último piso: ¡Kaulitz se salió de control!

Esa era la preciada señal.

—… hay que irnos, ¡ya! —ordenó entre dientes.



Los golpes venían uno tras otro impidiéndole reaccionar. Su nariz ya le sangraba y parecía que su labio estaba a punto de reventar, se le podía apreciar como sus párpados comenzaban a hincharse como debajo de sus ojos. Sus pómulos sangraban también y lo morado en sus mejillas era alarmante.

Lo iba a matar, sí, eso quería y eso haría.

Kimberly temblaba y lloraba en el otro extremo de la habitación: veía con temor como Tom masacraba a ese guardia y se llegaba a preguntar si ese hombre era el mismo que le había brindado sonrisas y la hacía sentir segura. En esos momentos, el Tom que conocía no estaba.

El cuerpo de Roy se estremecía demasiado ante los golpes en su rostro. Parecía que quería destrozárselo. Tom comenzaba a cansarse, su respiración lo delataba pero eso no lo detuvo: ese maldito enfermo merecía la muerte y no se iba a detener hasta confirmar que ya no respiraba.

¿Cómo se atrevió a tocarla? ¿Cómo se atrevió a burlarse? ¿Cómo se atrevió a destrozarla? Eso es lo más bajo que un hombre podía hacer con una mujer, eso era de enfermos, de ignorantes, de imbéciles… ¡maldito! Sentía que explotaría por toda la cólera contenida, aquellos golpes no eran suficientes, ¡debía sufrir más, maldita sea!

Al escuchar el grito de Kimberly en el pasillo lo que se le había cruzado por la mente que estaba sufriendo de una pesadilla así que corrió hacia la puerta para asegurarse que se encontraba bien pero… lo que vio… con lo que se encontró fue…

—¡Muere, muere, muere! —exigió apretando su cuello hasta sentir sus huesos tronar—. Muere… muere… —las uñas de Roy rasguñaban sus manos, pero ese dolor no se comparaba con lo que había sufrido Kimberly. No, no tenía ninguna comparación.

Sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas: ¿por qué no llegó antes, por qué no corrió rápido, por qué no estuvo con ella? ¿Por qué no la protegió como debía? Lo sentía demasiado, todo era su culpa. Kimberly sufrió por su descuido.

—T… Tom… no lo hagas, por favor… no lo mates. No lo mates… no lo mates…

Aturdido y con su boca seca volteó hacia donde yacía la paciente. ¿Qué no lo… mate?

Su expresión se distorsionó. A un lado de Kimberly yacía una pequeña niña, la misma que había visto meses atrás cuando Kim se encontraba en la oficina del Dr. Jost. Su vista comenzó a distorsionarse, podía jurar que ellas dos se parecían. Era como si esa pequeña fuese Kimberly de niña, pero eso era imposible, ¿verdad? Tenía que serlo… pero sus ojos lo traicionaban: de pronto esa imagen distorsionada se volvió una: Kimberly y esa niña sí eran las mismas…

—Perdóname… —la mirada de Tom yacía sin un brillo en especial, estaba muerta—. Tom… perdóname… —y al escucharla pedir perdón en ese estado sólo hizo que se sintiera la persona más miserable del mundo.

Sus piernas temblaban cuando se puso de pie: había soltado a Roy por las buenas y este trataba de recuperar el aliento mientras lloraba por su vida. Torpemente, avanzó hacia ella y se dejó caer para después abrazarla con todas sus fuerzas, Kim atónita por aquel gesto, correspondió el abrazo aferrándose fuertemente de su playera. Volvía a sentirse a salvo y podía sentir que volvía a respirar con tranquilidad.

—No fue tu culpa —pronunció tratando de no quebrar su voz y escondió su rostro en el cabello castaño de su pareja—. Nada de esto… fue tu culpa —Kimberly se estremeció al sentir el dorso del guardia acariciar su mejilla: sus caricias eran suaves y cuidadosas. Él nunca le haría daño, podía estar tranquila en sus brazos.

—Te sacaré de aquí —la seriedad en su voz hizo que se separara bruscamente de él—. Nos iremos, hoy mismo.

—Tom… —las manos de su guardia se convirtieron en puños. Seguía sintiéndose tan impotente ante aquel incidente que… esa era la mejor opción para todos: el sacar a Kimberly de esa institución.

—Ven conmigo, por favor.

Los ojos de Kimberly se abrieron de par en par.

—Tom.

—Juro que esto no volverá a pasarte pero por favor, ven…

—¡Tom! —aquello no sonaba nada bien.

Lentamente, giró un poco su cabeza y por el rabillo del ojo, pudo verlos: venían por él.

—¡¡Tom!!

Y ese grito, se perdió en la habitación.

Nota final: CHAN CHAN CHAN y esto NO es nada dfskmhdkjgsdkjgf soy mala :(, las quiero lectoras! 

25 mar. 2013

Capítulo cincuenta y ocho



Había movimiento, más de lo usual. Algo no iba bien, lo sabía, lo presentía. Aquella sonrisa escondida no traía nada bueno, ¿cómo es que nadie podía notarlo? Todos lo pasaban de largo, simplemente le saludaban por respeto pero nadie sospechaba del plan que tenía en mente, ni siquiera él.

Apretó sus dientes. Si tan sólo no hubiera acompañado a Bill al hospital, en estos momentos sabría que se trae entre manos.

—¿Dónde estabas? —cuestionó mirándole por el rabillo del ojo.

—Con Jeny —respondió volteando su rostro. Cómo si no lo supiera: lo había invitado para que la conociera. Después de todo, iban a estar juntos un buen tiempo y por nada en el mundo dejaría a Jeny sola y mucho menos por él. Pero como siempre, Sam se negó.

Giró su vista con cuidado notando que se encontraba a las afueras de la oficina de Baecker y entonces, comprendió el porqué de su humor.

—¿Qué sucede? —preguntó dejando la pequeña discusión de su ausencia en el olvido—. ¿Baecker hará algo contra ella? —soltó atemorizado ya que si era así, no estaban preparados.

—No lo sé —dijo sin más—. Pero sé que planea algo —aseguró mirándolo con firmeza—. Ve con ella, por favor y no la dejes sola, yo seguiré aquí haber si descubro algo.

Bill asintió y antes de desaparecer por la pared del pasillo, dudoso, se giró nuevamente hacia él.

—¿Qué pasa si llega con nosotros y aún no descubres lo que planea?

Sam ni se inmutó ante esa pregunta y ni se molestó en mirarlo parecía que toda su concentración estuviese con la persona que se encontraba dentro de esa oficina, esperándolo, asechándolo. Aquello sólo logró una mueca en su compañero, Bill ya conocía esa mirada: Sam estaba imaginándose matando a Baecker una vez más en su mente. Interesante. Aun teniendo el deseo de tener sus manos manchadas de su sangre, sabía controlarse, aquello es algo que de una rara manera admira de él: Bill no pudo controlarse teniendo a su padre en frente, en cambio, Sam sabiendo que Baecker es el hijo del hombre que lo asesinó, se mantiene al margen. Es sorprendente.

En silencio, Bill se fue de ahí comprendiendo que su compañero le había dado la respuesta hacia su pregunta. Ellos dos ya habían dejado todo aclarado: si la situación lo ameritaba, había que actuar, no importaba las consecuencias. Y esa, era la situación.

El rubio yacía dentro de la oficina de Baecker. El idiota, como siempre, se encontraba revisando los papeles sobre su escritorio: no eran importantes, Sam también les había dado una leída y sólo eran perfiles de los pacientes. Nada extraño. Por una parte, admitió que aquel hombre en verdad se preocupaba por sus pacientes pero aun así, no dejaba de ser un monstruo.

Baecker acomodó un par de hojas golpeándolas sobre su escritorio y fijó su mirada en su reloj de muñeca. Fue indiferente y prosiguió con un nuevo trabajo, ahora, leía un grueso libro que tenía a un lado. Parecía tratarse de investigaciones acerca de nuevas enfermedades mentales, aburrido para Sam, como siempre.

Maldición, parecía que todo iba normal: Baecker no daba señales de que planeara algo pero… su sonrisa, aquel gesto retorcido le decía lo contrario. No iba a bajar la guardia. No importase cuanto tiempo dure a su lado: si el Director no se mueve, él tampoco lo haría.

—Será un día muy, muy largo.



David se puso su abrigo negro, tomó su sombrero y antes de salir revisó si todo estaba en orden en su oficina, al confirmarlo, bajó su mirada hacia su maletín. Todo estaba bien. Conforme, lo cerró y al ponerse su sombrero notó que estaba a punto de nevar: el cielo gris fuerte lo advertía. Suspiro con cierta melancolía, se venían las ventiscas, eso sólo significaba una cosa: el cumpleaños de Kimberly se acercaba.

¿Cómo era posible que un cumple años tan importante para los jóvenes sea celebrado en una institución mental? Pero luego, recordó que Kimberly no celebraba sus cumple años desde que cumplió los catorce. No porque no quisiera, sino porque ya no los recordaba. El encierro se había llevado todo rastro de la niña inocente y feliz que había sido antes de entrar a la institución. Aquello lo hacía sentir impotente de alguna manera…

—Bien, es hora de irme —avisó para él mismo tomando por fin su maletín de piel color café y sin más preámbulos giró el picaporte más no abrió la puerta—. Algo no anda bien —soltó con un amargo sabor en los labios.

Volvió a girarse y a echar una mirada en cada rincón de su oficina: todo estaba en orden, no parecía que se le haya olvidado algo, archivó todos los expedientes, su escritorio estaba en orden, todo lo suyo estaba guardado en su maletín. Entonces, ¿por qué tenía un mal presentimiento? No podía tratarse de Kimberly, según el último reporte de Kaulitz, se encontraba de maravilla aunque seguía un poco triste al no poder tener contacto con él, como antes. Sí, Jost también estaba decaído por ello. Baecker estaba tranquilo, ya no la sofocaba tanto y las cosas parecían volver a su rumbo. Entonces, ¿por qué sentirse de esa manera?

—La edad me traiciona —concluyó acomodando su sombrero.

La puerta se cerró tras suyo y su oficina lució vacía.

Divisó al final del pasillo una cabellera rubia inconfundible, ese era Gustav quien estaba a punto de irse a su casa. Después de todo, el turno para los trabajadores vespertinos había llegado a su fin.

—¡Cómo estás, Roy!

—¡Dr. Jost!

La mano del Doctor bajó al recibir la respuesta del guardia y siguió con su pequeña sonrisa hasta salir del pasillo. Era un buen joven, se le a figuraba que era alguien responsable. Debía serlo, Roy es el guardia que sustituyó al muchacho Kaulitz, de alguna manera, tenía que tenerle confianza.

—Dr. Jost, ¿ya se va? —asintió ante la pregunta de Gustav.

—Esta apunto de nevar, ¿quieres que te de un aventón?

—¡Lo agradecería demasiado! Sabe, hoy no me preparé para una nevada —informó alzando el cuello de su abrigo.

La sonrisa que el Doctor le había brindado desapareció de sus labios con rapidez. Cuando subieron al auto y el motor fue encendido, guardó unos minutos de silencio manteniendo sus manos sobre sus piernas, teniendo una batalla mental. Al final, se rindió y puso las manos sobre el volante.

—El clima está del asco, ¿no cree? —miró al guardia por el rabillo del ojo. Gustav tenía recargado su hombro en la ventana y miraba hacia afuera. La expresión que alcanzaba a ver y su simple tono de voz le hicieron descubrir que se encontraba igual de inquieto.

—Tú también lo sientes, ¿verdad? Es como si algo estuviera fuera de su lugar —los labios del rubio se fruncieron.

—No. Es como si algo… importante estuviera por suceder.

El carro arrancó.


Eran las doce de la noche, hora del recorrido.

Bill estuvo todo el día con Kimbery, tal y como Sam se lo había ordenado. Maldición, ¿desde cuándo se había convertido en su sirviente? Pero daba igual, al menos había disfrutado del día: hacía tiempo (no mucho, en verdad) que no pasaba las horas con Kimberly y Jeny de esa manera. Y claro, de vez en cuando le brindaba sonrisas y miradas a la pequeña que también yacía con ellos pero que nadie ve. Era algo extraño, sentía que la conocía de alguna parte pero… su mente no daba para más.

Jeny se había ido a las siete de la noche, ni un minuto más ni un minuto menos, como siempre. Esa era la hora en la que oficialmente comenzaba el turno de noche para el personal, esa era la hora en que Jeny se iba para buscarlo y como siempre, lo encontraba en esa sala llena de televisores y cables, ¿por qué aquel guardia llamado Georg era alguien tan importante para ella? ¿Por qué sentía la necesidad de estar a su lado, por qué le dolía el saber que él nunca se daría cuenta de su presencia? Le dolía aun estando muerta y podía sentir que lloraba aunque no tenía lágrimas... en verdad se sentía triste.

—Le preguntaré a Tom —soltó Kimberly acariciando su tibia frazada—. Estoy dispuesta a ayudarla, Bill.

—No será difícil sacarle información a mi hermano. Siempre ha tenido una boca grande… —guardó silencio—. ¿Crees que sabiendo la verdad, Jeny podrá irse… como se debe? —los hombros de Kimberly subieron y bajaron. Había una sonrisa melancólica en su rostro y una esperanza apagada en el de Bill.

—No pierdo nada con intentarlo.

No tardó mucho en quedarse dormida. Además, debía descansar un poco para recibir a su guardia como era debido. Bill pudo sentirse tranquilo: prácticamente el día había terminado y nada inusual había pasado. Sam se estaba volviendo cada vez más paranoico… se preguntó si eso era posible, bueno, con él todo lo era. Alzó su vista hacia el pequeño rectángulo que servía de ventana y ventilación: había comenzado a nevar.

—Debería irme —murmuró para sí—. No me gusta invadir su privacidad, adiós Kim —se despidió sonriendo de medio lado. Gracias y al cielo sólo había sido un mal presentimiento.

Al salir sólo se encontró con el ser que había asesinado a un paciente varios meses atrás y a una mujer calcinada que se arrastraba por el pasillo en busca de ayuda. Cerró sus ojos fuertemente al pasar a su lado: le tenía miedo y pena a la vez. Esos dos eran unas de las pocas almas que rehusaban en irse aun recibiendo de la energía de Kimberly que si bien era poca, era suficiente para tranquilizar a unos diez y mandar al otro mundo a unos tres. Se preguntó entonces si aquellas almas eran como Sam y si tenían su mismo propósito: venganza contra el mismo hombre…

El silbido del guardia llamado Roy lo desconcentró. Pudo orientarse en la hora al verlo hacer su rutina, dentro de hora y media, su hermano llegaría.

«Te lo dejo ahora a ti, Tom».

El silbido se hacía más fuerte y los nervios de Bill más notorios. Su cuerpo se puso en alerta en el momento en que ese hombre le pasó por un lado: algo extraño sucedía con él. Tanta felicidad en una persona, con ese empleo, a esa hora, no era normal.

Se giró siguiendo al guardia con la mirada, hasta que se perdió en el pasillo. ¿Irse o quedarse?

—Maldición —murmuró exaltado. Sam estaba cerca, eso quería decir que era hora de irse y se pudo confirmar que nada malo sucedería. Echó una última mirada hacia atrás, al parecer, estar pegado mucho tiempo con Sam traía sus desventajas, ¡ya era igual que él! Suspiró. Debía aprender a calmarse, era necesario.

El silbido para Bill dejaba de escucharse con cada paso que daba mientras que para los pacientes que yacían en las habitaciones 1009, 1010, 1011 lo escuchaban casi en sus oídos. El sonido era irritante y agudo, debía callarse… y lo hizo.

1014

Ahí estaba, pero todavía no podía entrar. No era la hora pero no faltaba mucho, sólo diez minutos más y actuaría.

Todo eso parecía un sueño, uno lejano e irreal, pero a la vez, palpable. Todavía estaba sin creer lo que Baecker le había propuesto, era como si le hubiesen entregado su deseo en bandeja de… oro. Hace apenas una noche estaba ahí con su superior, frente a esa misma puerta, escuchando como le dejaba acceder a su más retorcido deseo pero, lo más emocionante, fue cuando se encontraba planeando todo en la comodidad de su oficina.

Roy no era idiota, algo debió de haber pasado con aquella mujer para que el Director tomara una decisión como esa, y sí, lo había. Pero nunca creyó que sería referente a un absurdo tema como un “romance secreto”. Ese tal Kaulitz si que se lo tenía bien escondido. Gruñó por lo bajo. ¿Qué tenía ese pobretón de especial?

—Así que… todo esto es para sacarlo del juego, ¿no es así? —Baecker asintió levemente—. Pero señor, ¿no sería más fácil despedirlo y ya? Quiero decir, después de todo usted es… —calló de golpe y no porque haya sido interrumpido sino porque un brillo extraño sobresalió de las gafas del director.

Sintió como si hubiera tocado un tema del cuál no debía hablar. Era como si no debía entrometerse más de la cuenta o sino, el único que saldría perdiendo sería él. Baecker alzó un poco más su cabeza y con sus ojos entrecerrados lo miró amenazante.

—¿Y a ti qué te importa? —soltó sin más—. Sólo debería interesarte tus necesidades, no las mías.

Roy asintió pasando saliva con dificultad.

Después de un momento de incomodidad y de sentirse extremadamente pequeño ante la mirada demandante de su superior, pudo respirar nuevamente al escuchar un tranquilo “¿y bien?”

—A...acepto, ¡pero debe cumplir con su palabra! Olvidará el caso de esas pacientes y fingirá como si nada de eso pasó. Seguiré intocable, ¿entendió?

Baecker sonrió.

—El que pone las condiciones aquí, soy yo.

Un escalofrío en su espalda hizo que sacudiera repentinamente su cuerpo. Aun le daba algo de temor recordar aquella conversación aunque al final, terminó a su favor: Beacker accedió a cuidarlo y se podría decir, que podía seguir con las pacientes que quisiera mientras nadie más se diera cuenta. Ja, pan comido para él.

Un poco desorientado, al recordar que tenía el tiempo planeado, fijó su mirada en su reloj de muñeca percatándose de que ya era hora. Sus manos comenzaron a temblar y su corazón se aceleró tal vez de nervios, tal vez de felicidad, lo único que sabía era que no se iba aguantar más. Lo disfrutaría al máximo, no importaba si no llegaba más allá, mientras sus manos toquen todo lo que debían, estaba excelente.

El rechinido de la puerta hizo eco en las cuatros pequeñas paredes de la habitación, una pequeña manta de luz entró sin compasión calándole poco a poco en sus parpados que se encontraban cerrados, dormía plácidamente pero gracias a ello, sus sentidos despertaron poco a poco hasta volverse a reincorporar. Confundida, abrió sus ojos parpadeando al principio y cuando sintió que ya se había quitado un poco de sueño de encima, se percató de la luz que predominaba en la habitación y de una sombra que yacía entre ella.

Se había quedado dormida, ese había sido su primer pensamiento. Quitó la sábana que cubría la mitad de su rostro y se sentó con cuidado sobre su lugar. Qué vergüenza, ¿cómo no notó que Tom ya se encontraba ahí?

—Lo siento, me quedé dormida —murmuró apenada tallándose los ojos y estiró su cuerpo un poco—. ¿Tienes mucho tiempo esperándome, Tom?

—¿Tom? —rió—, ¿quién ese tal, Tom?

Kimberly se quedó helada.

Con movimientos torpes, bajó sus manos cayendo en cuenta que el hombre que había profanado la privacidad de sus sueños no era su guardia, era ese maldito que trataba de ocupar su lugar. Sin expresión alguna, dio un leve bostezo e hizo una mueca de indiferencia.

—No hice nada malo, así que vete y déjame dormir —ordenó preparando de nueva cuenta la sabana para cubrir su cuerpo…

—Lo sé. —Pero aquella voz detuvo sus movimientos.

—Entonces tienes un motivo menos para molestarme, ¡vete! —exigió.

—Creí que te gustaban las visitas nocturnas.

Los ojos de Kimberly se abrieron como platos, a donde… ¿adónde se dirigía esta conversación?

—N… no sé de donde sacas eso —Roy rió y Kimberly gruñó. Se burlaba de ella, aquel maldito hombre se burlaba.

—Él viene a verte toda las noches —señaló la puerta que yacía a sus espaldas. Esto estaba mal, muy mal, lo sabía, ¡Roy sabía lo de Tom!—. ¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo?

—Vete —exigió una vez más sintiendo como su voz se quebraba—. Por favor, ¡vete!

—No.

La desesperación incrementó.

Roy avanzó.

Kimberly gritó en silencio.

—¡¡Vete!!

Una fuerte presión en sus muñecas la hizo sentir inútil, ¿qué estaba pasando, qué quería hacerle? Ayuda, por favor… ayuda, Dr. Jost, Gustav, Tom… ¡alguien!



Aburrido, aburrido, agh, ¡aburrido! Estos pacientes si tomaban su medicamento para dormir así que no había nada interesante que vigilar, aunque, tal vez, era lo mejor. Ellos también necesitaban descansar.

Secaba sus manos contra su pantalón, ese jodido baño otra vez se había quedado sin toallas. Refunfuñó por lo bajo, al parecer, había comenzado esa noche con el pie izquierdo. Cansado y al sentir una presión en su nuca, llevó su mano derecha detrás de su cuello y comenzó a darse un masaje poco profesional pero que sin duda, le ayudó a relajarse unos minutos.

Sus pies se detuvieron, ¿qué había sido eso? Podía jurar haber escuchado a alguien gritar.

—¡Tom! —sus hombros se encogieron al ver a uno de sus compañeros correr hacia él.

—Sólo fui al baño, Kevin. No abandoné mi puesto —informó fastidiado ya que desde que lo habían movido a aquel piso, todas las miradas de sus compañeros estaban sobre él, esperando a que hiciera un movimiento en falso para poder ir y decírselo al Director como niñas idiotas.

—No es eso. El Director Baecker te estaba buscando, dice que te necesita nuevamente en el último piso.

—¿Qué? —soltó estupefacto y pudo sentir como sus ojos se abrían un poco más de lo normal—. ¿Qué pasó, está todo bien? ¡Dime!

—¡Todo está perfecto, mierda! —gritó molesto ante la manera en que le había apretado los brazos. Tom, volviendo en sí, lo soltó—. Sólo que se necesita más personal ahí, con Roy no es suficiente.

—Oh… eso. Bueno… supongo que, ¡adiós! —Kevin se había quedado con las palabras en la boca. Ese Kaulitz si que era extraño…

«¡Soy libre! —festejaba en su mente al tiempo que si dirigía al último piso—. Por fin… mi trabajo comienza a tener sentido, otra vez».


-
kjdfhkjsdhfkjdlhfhkldjf ya se imaginarán lo que viene e.e 

16 mar. 2013

Capítulo cincuenta y siete.



Los días pasaron y Baecker había logrado su cometido o, al menos, eso fue lo que creyó: el Dr. Jost y Gustav ya no se encontraban a la vista de la paciente, pero eso no quería decir que no mantenía contacto con ellos. Tom, el guardia más importante en la vida de Kimberly, logró esquivar las órdenes de su superior, escabullirse hacia el último piso a la hora en la cual nadie vigila, ver a su pareja e informar sobre su estado de salud al guardia rubio y el psiquiatra malhumorado; todo eso con la ayuda de su compañero Georg quien, por el momento, fue el único que había salido ileso de las manos del Director.

Georg se había convertido en los ojos y oídos de Tom desde la sala de seguridad. Todo dependía de él y si llegaban a ser descubiertos, el castigo vendría siendo todo para él por el simple hecho de ser un cómplice. Lo sabía y aceptaba las consecuencias, después de todo, no podía evitar tener una debilidad hacia las historias de amor… además… no quería que Tom pasara lo mismo que él sufrió con Jeny.

Sonrió. Tom… él era diferente, él sí era fuerte.

Ya lo había dicho una vez: nada ni nadie lograría separarlo de Kimberly, ni mucho menos Baecker. Y lo estaba dejando más que claro al desobedecerle aunque, más bien, lo que hacía era retarlo. Él, al igual que Georg, estaba al tanto de aquello y no le importaba, ¡mejor aún! Que sepa de una vez que no le tenía miedo. No, ya no le tenía miedo a nada.

Aquella nueva manera de pensar le había sorprendido, ¿de dónde había sacado tanta fuerza y determinación? La seguridad llegó a él de la noche a la mañana haciéndole saber de su nueva y permanente actitud. Negó. Él había sido así años atrás, antes del accidente de su hermano, antes de que todo se volviera una mierda en su cabeza; así había sido el Tom adolescente que tuvo que crecer antes de tiempo y que, para ser honestos, extrañaba.

Todos los que le frecuentaban habían notado ese nuevo perfil y se lo habían señalado: había algo diferente en él, se le notaba más fresco, relajado, menos cansado, amigable… eso último se lo dijeron compañeros de trabajo que no lo habían tratado con anterioridad debido a su frío y aburrido semblante. Decían que parecía alguien de mente cerrada que no se permitía socializar con los demás, ¡incluso Kimberly se lo notó! Ya no era el guardia que había llegado a ella con una pesada e innecesaria carga sobre sus hombros. Era ahora un chico divertido, tonto pero a la vez maduro que se atrevía a ver el lado amable de la vida… claro, sin despegarse ya de la realidad.

Tom aceptaba todos esos puntos de vista ya que sabía que todos eran ciertos: volvía a sonreír porque él lo quería, no por obligación. Volvía a respirar porque lo anhelaba, no porque era necesario… volvía a vivir porque lo deseaba y no porque sentía que aquello era su pecado.

Claro, eso no significaba que haya olvidado a su hermano, no, nunca podría hacerlo. Jamás se podría tomar a la ligera su estado. Pero, ahora, cuando lo ve ya no está plasmada aquella culpa en su piel, ya no existía tal sentimiento y es que no había porque tenerlo: lo de Bill había sido algo imprevisto, fue un accidente, de esos inesperados que el destino incluye en la vida de la víctima como en el de las personas que le rodean. Era una prueba más de la vida que tenían que superar todos los involucrados, juntos. Tal vez, llegó a pensar, aquello fue mandado para unir más a la familia Kaulitz que habían perdido el valor y el respeto hacia ellos mismo hace ya muchos años atrás. Sus hombros se encogieron. Si ese era el motivo, ¿por qué Bill y no él, por qué su pequeño hermano, por qué el que no daña a nadie?

Esas eran una de las preguntas que nunca lograron abandonar su cabeza, no importaba cuan fuerte sea ahora.

—Esas flores… ¿tú las trajiste? —cuestionó interrumpiendo la lectura de la nota periodística del día. Tom despegó la vista del papel observando unos claveles color rosa pálido y sonrió mientras negaba.

—Son de Iris. —Respondió dando la vuelta a la hoja, preparándose para leer un párrafo más—. Dijo que Bill siempre le regalaba esas flores… ahora, era su turno.

Simone apretujó más el cuello de su blusa color gris.

—Lo estima mucho, ¿cierto? —su hijo mayor asintió.

—Es su novia —recordó haciendo una lectura rápida a la última página. Resopló al no encontrar nada interesante para leerle a su hermano, así que decidió cerrar de una vez el periódico para despedirse de él. Mañana lo vería…

—Andreas y ella han incrementado sus horas de visita, ¿por qué no vienen los tres? —aquello lo mantuvo inmóvil. Ya se había puesto de pie.

—Es una buena sugerencia, se los comentaré —aseguró viéndola por fin.

Le sonría y lo hacía porque le nacía hacerlo. Si él ya podía hablarle sin rencor en su voz, ¿por qué ella le temía todavía a su merecido rechazo? Dios, su pequeño hijo Tom había crecido demasiado y hasta apenas hoy lo había notado. ¿Dónde estuvo ella todos esos años? ¿Por qué no recuerda haberlo visto crecer, haberlo visto convertirse en un hombre? Su labio inferior tembló, ¿dónde demonios estaba cuando su niño necesitaba de ella, dónde habían quedado sus platicas de madre a hijo, donde había quedado la convivencia de todos esos 18 años a su lado? No puede ser que no existan… es imposible que ella no haya realizado todo lo que una buena madre debe hacer.

Sus cansados parpados se cerraron, ¿acaso en verdad le odió todos esos años? ¿En verdad lo llegó a culpar a él y a Bill de haber perdido a su primer esposo?

—¿Tan egoísta soy?

—¿Dijiste algo? —la pregunta de Simone había sido formulada en un leve murmuro que apenas y logró captar la atención de su hijo mayor quien ya estaba a unos centímetros de la puerta.

Su madre sonrió aguantándose esas inmensas ganas de llorar.

—¿Irás a visitarlo otra vez? —los ojos de Tom se abrieron de par en par ante aquel cuestionamiento. Su mano se quedó ilesa en el aire sin poder tocar el picaporte y por primera vez, se quedó sin palabras frente a ella.

Simone se giró sobre su mismo lugar encontrándose con un niño asustado. Su sonrisa se agrandó, por fin recordó un momento con su hijo: cuando éste se cayó de su bicicleta y lloraba asustado por el raspón en su rodilla. Ella había corrido a auxiliarle. Los dos estaban al borde del infarto: había sido una fuerte caída.

—Siempre tiene flores y sé que no son mías… ni de alguna otra persona. —la mano alzada se apretó al igual que sus labios.

Era un momento tenso, pensó Tom.

—Me alegra saber que no le guardas odio y que después de todo, le tienes respeto —los ojos de su hijo comenzaron a brillar por las lágrimas que amenazaban por salir y por primera vez, Simone se sintió tranquila al saber que no eran lágrimas de dolor.

—Mamá…

—No voy a quitarte más tiempo. Mañana volverás, ¿cierto? —asintió—. Anda ve y que tengas un buen día en tu trabajo.

—Gracias.

La puerta se abrió y cerró tras de él dando el aviso que ese era el momento para llorar y librarse del nudo que aprisionaba su garganta sin piedad. Soltó por fin el cuello de su blusa dejándola completamente arrugada, pero eso no importaba.

—Es tu padre al fin y al cabo.

Sam dejó de ver a la mujer que lloraba de rodillas frente a la puerta cubriendo su rostro en señal de vergüenza hacia sí misma y miró a Bill. Sus ojos eran de tristeza pero contenían un brillo de alegría, era extraño y se preguntó si sus ojos también podrían brillar como los de él pero, después, recordó que estaba muerto mientras que Bill todavía mantenía latidos en su interior.

—¿Sucede algo? —se animó a preguntar.

—Es… es la primera vez que hablan sin pelear.



Jeny se despidió permitiéndole dormir unas horas antes de recibirlo. Se sintió aliviada al tenerla de regreso y aunque le había preguntado insistentemente el por qué tuvo una reacción de temor tan repentino, decidió rendirse y brindarle respeto de privacidad al no tener respuestas claras por parte de su amiga. Al parecer, ella ni siquiera sabía la razón: todo era muy confuso sobre sus recuerdos de cuando estaban viva, inclusive se había olvidado de los momentos que tuvo con su guardia de ojos verdes. Solamente recordaba su rostro y su nombre lo supo gracias a que Kimberly se lo había dicho.

Era frustrante.

—Vamos a dormir —dijo por quinceava vez.

—Sí, lo siento. Es sólo que… no puedo evitar pensar cómo sería estar en la misma situación que Jeny —negó optando por quedarse callada. No quería preocupar a Kimy y tampoco quería pensar demasiado, había sido un largo y pesado día después de todo.

—Mañana jugaremos, ¿verdad? —preguntó ante un rato de silencio. Kim asintió—. Pero primero, ¿practicaras con tus olas de energía?

—Así es —confirmó—. Ahora que sé muy bien cuál es su función supongo que… si es más fuerte la ola, más almas se purificarán. Debo intentarlo.

Kimy la miró con una pequeña mueca en su rostro. —Pero si jugaremos, ¿verdad?

—Sí, lo haremos —las dos suspiraron satisfechas y perdieron su mirada en el techo.

Se sentía exhausta, Baecker había estado todo el día sobre ella tratando de hacerle pruebas y preguntas. Le fastidiaba y también lo hacía el guardia que sustituía el lugar de Tom: había algo extraño en él, no le daba buena espina. Repudiaba que la mirara y no entendía la razón, simplemente evitaba verlo y cooperaba para que no la tocase demasiado tiempo. No lo soportaba.

Exhaló. Todavía era muy desconfiada, pero no importaba. No iba a cambiar su actitud: si es subordinado de Baecker era mejor mantener distancia.

—Quisiera salir al patio a jugar a las escondidas…



—No podemos —la voz de Kimy la regresó a la realidad. La miró—. Mientras siga al cuidado de Baecker no podemos hacer mucho.

—Lo sé —dijo rendida—. ¿Cuánto tiempo estará él sobre nosotras? En verdad quiero salir…

—No tengo la menor idea Kimy… sólo nos queda ser pacientes. Tal vez y si me porto bien… —no dijo nada más.

—Quiero verla.

Los ojos de Kimberly se entrecerraron advirtiendo molestia. Ese comentario no le había agradado en lo absoluto.

Verla. Qué extraño, sabía y a la vez no a quién se refería. Era como si esa persona estuviera plasmada en su cabeza pero dibujada con viento: invisible e intocable. Podía distinguir tenuemente la silueta de esa mujer pero no podía se podía ver a la perfección los rasgos, la ropa, la piel, sus piernas, sus manos, su rostro. Y la verdad, no le interesaba saberlo. No quería saber nada de esa persona, ni siquiera quería que la nombrasen en frente de ella.

Aquella mujer no existía.


—No sé a quién te refieres —finalizó cerrando sus ojos dispuesta a dormir un poco.

—Pero —inquirió— tú también la quieres…

—¡No! —atajó violentamente haciendo que su propio cuerpo se sentara sobre la dura colcha—. Yo no quiero nada, punto. Ahora vete por favor, que quiero dormir.

Kimy hizo un puchero.

¡Mala!

Kim le volteó la cara.

¿Mala? ¡Ja!, en serio, ¿ella era mala? No, ella simplemente era justa: si aquella mujer la dio por muerta cuando la dejó en ese sitio, ella sería inexistente para toda su vida: nunca tuvo mamá, nunca existió. Nunca vivió.

—Mala —repitió entre dientes—, ¡ella es la mala!



Miró de nuevo el dibujo de esa chica y después se dirigió hacia Kimberly. Lamentablemente se le habían terminado sus lápices y las hojas que le quedaban no estaban en buen estado para dibujar. La pared ya no tenía rostros nuevos y su habitación comenzaba a lucir un poco vacía. Se preguntó cómo se entretenía todas esas horas sí ya no podía realizar su más preciado y único pasatiempo, ¿se aburrirá? Por dios, claro que sí. Era en esos momentos cuando se sentía tan inútil: deseaba hacer tanto por ella y no podía moverse cómo quisiera hacerlo. Era un simple guardia.

Entonces, se preguntó si sería buena idea adelantarle su regalo de cumpleaños. Después de todo, faltaba una semana.

—Andreas parece ser alguien divertido —dedujo al terminar de escuchar otra historia por parte de Tom. Era interesante saber más experiencias de él (además de lo que vivió cuando Bill sufrió el accidente), en esos par de días ha conocido a la mitad de los amigos que su pareja tenía a la edad de quince años y le alegró conocer por fin a Andreas e Iris quienes eran los más cercanos hacia su guardia.

—Lo es —aseguró—. Cuando salgas aquí te llevaré directo a que lo conozcas, es un hecho.

Kimberly sonrió con timidez. Tom, siempre dices eso: todos los días aseguras que saldrá tarde o temprano y ella… ella sólo espera que se cumpla.

“Frentón, ya es hora”.

El semblante de la pareja se entristeció al escuchar a Georg por la radio. Cuando él hablaba quería decir que no había más tiempo que perder.

—Frentón —repitió—, ¡ya le dije que no lo estoy! —Kimberly rió por lo bajo.

—La verdad es que… sí.

—¡¿Eh?!

—¡Sólo un poquito! —aseguró entre pequeñas carcajadas que se alargaban un poco más al ver la cara de vergüenza de Tom—. Me gusta —finalizó escondiendo su rostro en el pecho de su guardia. Sintió su aroma en su nariz: aquel perfume que tanto le encantaba, ¡cómo extrañaba sentirlo en su piel!

Lo abrazó un poco más fuerte, hundiendo un poco los dedos en sus hombros. No quería que se marchara, anhelaba tanto volver a estar con él de esa manera. La última vez que hicieron el amor había sido hace dos semanas y después, todo se complicó: Baecker estaba más y más sobre ellos apretando el horario de trabajo.

La mano de Tom acarició el cabello castaño de la paciente y descansó su barbilla en su cabeza, él también la deseaba y lo hacía todos los días.

—Te veré mañana —se despidió después de depositarle un largo y suave beso en los labios—. Duerme, por favor. —Kimberly sólo asintió.

—Cuídate…

Su agarre se apretó un poco más capturando completamente su mano que aun así, se fue resbalando poco a poco de la de ella. En un parpadeo, la puerta ya estaba siendo cerrada y Kimberly sintió un vacío en su interior.

—No… —no, esos momentos no eran suficientes. Ella quería pasar más tiempo con él, ¡ella quería estar siempre con él!


Cuando se dio cuenta, su cuerpo se encontraba pegado contra la fría puerta y sus manos apretaban fuertemente los barrotes de la pequeña ventana. Aun no era tarde, todavía podía verlo…

—¡Tom! —gritó con tanta fuerza que lo único que logró fue alarmar al guardia y a otro par de pacientes que se suponía, yacían dormidos.

—¿Qué pasa? ¿¡Sucede algo… te sientes mal!? —preguntó algo desesperado tratando de sacar sus llaves con su mano izquierda mientras que con la otra, rodeaba la de la chica.

La risilla de Kimberly hizo que pausara todos sus exagerados movimientos de sacar sus llaves y así poder mirarla a los ojos por fin descubriendo sus intenciones: los dos se acercaron a los barrotes y aunque fue un poco incomodo, aquel momento se había convertido en uno de los más especiales en su relación.

Sus labios rosaban los del guardia sin intención de que aquel beso se convirtiese en uno profundo. La lengua de Tom masajeó la suya de una manera tan especial que derritió por un momento el alma de Kimberly. Si no fuese porque se sostenía gracias a los barrotes, estaba segura de que pudo haber caído al piso.

—Hasta mañana, Tom.

Su guardia sonrió.



Había silencio. Ya eran las cinco de la mañana y Georg estaba tomando un descanso dejando sólo su puesto por quince minutos como era su costumbre. Los monitores no captaban nada inusual, sólo un guardia moreno haciendo su recorrido asegurándose que todo estuviese bajo control. Y sí que lo estaba.

La paciente de la habitación 1014 dormía como bebé, ni siquiera había notado su presencia. Muy bien podía entrar en ese mismo momento y hacerle lo que le plazca. Maldita. Fue lo único que se le vino a su mente: ¿cómo una loca podía estar tan buena? Negó. ¿Cómo es que nunca lo había notado? Ese Director, guardándose lo mejor para él.

—Sí que la tenías bien escondida, ¿eh, desgraciado? —murmuró con una sonrisa retorcida.

En esos cuatro años ya había seducido a diez pacientes que sólo sufrían de un trastorno leve, sin importancia. Y de esas diez, pudo aprovecharse de siete y eso porque las otras ya habían salido antes de poder satisfacer sus necesidades.

Pero ella, ¿cuándo saldrá? Nunca. Pobre, estaba ahí sola deseando ser tocada. Mierda. Él quería cumplirle su deseo.

Sus manos comenzaban a ponerse blancas: el agarre contra los barrotes había sido demasiado fuerte. Suficiente, debía hacerlo, ¡y pronto!

—Roy.

Su cuerpo se heló.

—¡Di…director Baecker! —saludó con torpeza despegándose de la puerta. Baecker se asomó confirmando que Kimberly seguía dormida y Roy al notar que lo miraba por el rabillo del ojo se puso firme y trató de no titubear—. Eh, creo que estaba sufriendo de pesadillas… —señaló—, escuché que gritaba y…

—Suficiente —lo calló de golpe—. ¿Piensas que no sé cuáles son tus intenciones? ¿Crees que no sé qué has tenido relaciones sexuales con pacientes en las oficinas de sus psiquiatras? —la sonrisa de Baecker terminó poniéndole los cabellos de punta.

—P… puedo explicarlo. Yo… ellas —lo volvía a callar.

—No quiero oírlo. Seguiré fingiendo que eres un empleado digno y pasaré tus enfermas acciones por alto —y antes de que Roy volviera a respirar, continuó—. Pero para eso, tengo un trabajo extra para ti.

—¿T…trabajo? —preguntó con voz gruesa—. ¿Qué clase de trabajo?

La vista del director se enfocó en la chica que yacía dormida en su habitación teniendo tal vez el mejor sueño de toda su vida. Roy la miró y sus ojos se abrieron ante tal sorpresa. No puede ser, ¿en verdad se tratará de eso?

—Uno muy placentero.



Nota final: ¿Cuál es el punto de Backer? ¿Simone por fin tratará de ser una "buena" madre? o.o espero y disfruten del capítulo :3 

3 mar. 2013

Capítulo cincuenta y seis



—¿Cuántos años han pasado desde la última vez que saliste con alguien? —cuestionó al terminar de escuchar todo lo que su amigo tenía que contar—. Incluso, mucho antes del accidente de Bill, te cerraste en ese tema.

Tom hizo un gesto indiferente.

—No lo sé, ¿importa? —preguntó dándole un sorbo a su cerveza. Andreas sonrió y alzo sus hombros siguiendo a su compañero.

—Me alegra que te hayas encontrado a alguien Tom, eso es todo. Uh… —se quedó callado un momento llamando la atención de su amigo. Éste, alzó una ceja y lo miró por el rabillo del ojo, curioso, tratando de adivinar en qué tanto estaba pensando—. Y en todo este tiempo, ¿no los han descubierto? —rió—, ¡qué suerte, encima, ella es tu trabajo! —soltó satisfecho.

Tom sonrió a escondidas y volvió a dedicarse a su bebida. Eso era algo que le encantaba de Andreas: él no juzgaba, mientras sus amigos fueran felices, no tenía de qué preocuparse. Claro, sí eran casos extremos, sí metía sus narices y oh, sí que lo hacía. Pero, al parecer, la noticia de Kimberly la había tomado con absolutamente calma y la aceptó en seguida. Para Andreas, era un alivio descubrir que su amigo estaba dispuesto a volver poco a poco a su vida normal; no pudo evitar sentirse tranquilo: al menos, esa chica, Kimberly, mantendría su cabeza ocupado por un buen tiempo.

—Al parecer, iré con Iris con buenas noticias tuyas —soltó haciendo que Tom lo mirara por fin.

—¿Iris? —Andreas asintió.

—Ya te había dicho que ella también estaba preocupada: me dijo que hace ya mucho tiempo que no te veía en el hospital, no sabía absolutamente nada de ti y bueno, le extrañó no verte en esa sala… como era tu costumbre.

—Un momento… Iris… ella, ¿ha ido a visitar a mi hermano? —Andreas asintió una vez más.

—Va dos veces por semana —informó sin darle mucha importancia al tema—. No sé porque te sorprendes, después de todo… Bill y ella fueron, son… —suspiró.

—Sí, sí, entiendo eso —atajó salvando a Andreas de un tema de discusión—. Pero es sólo que… ——calló perdiendo su vista en su bebida.

Eran las tres de la tarde y el bar se encontraba absolutamente sólo.

Tom sintió un pequeño revoltijo en su estómago acompañado de la estúpida culpa. Recordó la discusión que había tenido con Iris hace ya tiempo atrás y no pudo evitar sentirse avergonzado: los dos se habían dicho cosas horribles pero después de todo, era su culpa, él había empezado y por tonterías.

En ese momento, con Andreas a su lado y con una bebida alcohólica en frente suyo, se dio cuenta de lo jodido que se encontraba. El estrés, la culpa, la ira, la confusión, todo eso se había fusionado en su interior haciéndole explotar de vez en cuando con personas que eran, digámosle así, inocentes. Actuó de forma indebida y dijo cosas que no debió de haber dicho: descubrió de mala manera, que él no era la única persona que se preocupaba realmente por Bill.

—Cambiemos de tema, si quieres —se entrometió su amigo terminando por fin su bebida—. Además, mi propósito aquí no es el hacerte sentir mal —explicó pidiendo una copa más.

Tom negó.

—No, sólo recordaba… cosas, ya sabes, cuando solíamos salir los cuatro juntos —Andreas asintió satisfecho con sus ojos cerrados—. Recuerdo que siempre molestaba a Iris ya que era la única mujer en el grupo —tomó un sorbo—, ahora comprendo porque siempre se nos pegaba —sonrió—, Bill es un loquillo.

—Deberíamos repetirlo —sugirió inconscientemente—. Aun no es tarde para eso, ¿sabes?

—Andreas… —los dos se voltearon a ver. El aludido observó que la mirada de su amigo era diferente: tal vez seguía vacía pero en esta ocasión, existía un extraño y pequeño brillo en su interior que lo hacían ver vivo y porque él quería estarlo, no porque era una “obligación”—. No sabes cuánto espero por eso…

El rubio sonrió de lado pensando para sí que la cifra de su círculo de amigos había aumentado a cinco, el muy distraído se le había pasado contar a Kimberly y en una oleada de curiosidad se preguntó cómo era ella en realidad…

«Todos somos locos, al fin y al cabo».



Una fuerte luz no le permitía mirar con claridad a su alrededor y después se dio cuenta de que en ese lugar no había luz alguna: eran las paredes blanquecinas las que producían aquel efecto tan doloroso para sus ojos.

Los cerró y abrió una y otra, y otra vez hasta que logró acostumbrarse. En un último acto, se talló los parpado y cuando terminó se percató que se encontraba completamente sola en ese extraño lugar. Frunció su ceño, ¿estaría acaso en otra habitación?

Giró sobre ella misma percatándose de que no existía puerta alguna que le indicase la salida de aquel lugar, no había ventanas y no había señales de algún Doctor, ¡ni siquiera se visualizaba al Director Baecker!

Sólo era ella y esa habitación color blanco. Parecía… la nada.

—¿Hola? —llamó con timidez. Nada, nadie, ni siquiera una ligera brisa…

Alzó su mano, tratando de sentir el aire correr pero no había aire alguno que sentir. Su mano se hizo puño y la puso a un costado, asustada, ¿dónde estaba? Extrañamente, aunque no había oxígeno en ese lugar, podía respirar a la perfección. Ese no era problema, por el momento.

—¿T…Tom? —lo llamó en un acto de desesperación.

Tampoco estaba. ¡Demonios, ¿había alguien ahí?!

Sus ojos se entreabrieron al sentir una brisa de aire alborotar su castaño cabello a sus espaldas. Se giró de golpe llevándose unos mechones hacia su rostro pero eso no le impidió mirar a la perfección como a unos metros de ella se encontraba una mujer que le daba la espalda: tenía su cabello largo y era de un color más oscuro que el de ella, tenía una falda de vestir de color violeta que le llegaba hasta las rodillas y el saco que portaba era del mismo color. Calzaba unos tacones negros que la hacían lucir un poco más alta, aunque se notaba que ya lo era sin necesidad de esos zapatos…

—¿Quién eres? — le preguntó caminando hacia ella, tratando de verle el rostro—. ¿Trabajas aquí? —no obtuvo respuesta—, ¿eres algo del Director Baecker? —nada.

Kimberly apretó los dientes.

—¡¡Contéstame!! —exigió extendiendo su brazo dispuesta a hacerla girar del hombro.

De pronto, la mujer se hizo más grande o ella se hizo más pequeña. Vio claramente como su brazo se encogía y la imagen de esa desconocida acercarse más y más. Asustada, se dejó caer de rodillas pero logró sostenerse a tiempo antes de dar contra el piso; temblorosa y confundida, alzó su mirada hacia la desconocida que no se indignaba a girarse.

¿De qué se trataba todo eso, por qué se sentía débil?

—Ayúdame —le suplicó perdiendo el equilibro y dando contra el piso se percató de lo chillona que era su voz. Parecía la de una niña pequeña, no, se parecía al a voz de Kimy.

Algo cálido invadió sus mejillas, dudosa, se llevó una mano hacia una de ellas dándose cuenta de que se encontraba llorando. ¿Por qué, en qué momento…? Su labio inferior tembló y Kimberly tuvo que morderlo antes de soltar múltiples sollozos: estaba asustada, aterrada, sí, pero no tenía ganas de llorar. Entonces, ¿por qué lo hacía?

Un hipido se le escapó logrando hacer que la mujer que tenía en frente se estremeciera. Kimberly abrazó sus piernas tratando de darse fuerza ella misma pero a la vez, no podía evitar pedir la llegada de Tom, tenía la esperanza de que llegara en cualquier momento y la sacaría de allí sin perder más tiempo.

—Tom… Tom… ven por mí, ven…

Se escuchó un quejido el cuál no era de Kimberly. Desorientada, alzó su vista percatándose de que el cuerpo de la extraña mujer comenzaba a temblar; parecía ser que ella también lloraba pero no podía estar segura ya que no podía ver su rostro. Decidida a ayudarle, se puso de pie y caminó nuevamente hacia ella pero se detuvo al notar que la mujer volteaba la cabeza, vería su rostro, al fin.

—Kim…berly —la llamó mirándola con pena y amor logrando que la pequeña se congelara en su lugar.

La extraña mujer lloraba pero lo hacía de una manera hermosa que ocasionó que el interior de la paciente se quebrara en mil y un pedazos: ella conocía esos ojos color miel, esos labios, esa nariz, esa extraña sonrisa que le ofrecía aun teniendo lágrimas plasmadas en sus suaves mejillas.

No. No podía ser. ¡Esto no podía ser verdad!

—Kimy, mi bebé…

Los brazos de aquella mujer se extendieron, estaba dispuesta a abrazarle pero la paciente se negó rotundamente y todavía en estado de shock retrocedía sin parar de negar. La mirada de horror ocasionó que aquellos brazos se cerrasen para llevarlos a su pecho, dándole entender que le dolía algo.

Le dolía verla así.

—No me huyas, Kimy, no lo hagas. Ven conmigo, por favor. Aquí estarás bien.

—Yo no soy Kimy —soltó de la nada. Su tono de voz había sido algo ronco que tuvo que carraspear después de eso—. Te equivocas de persona, ¡yo no soy ella!

Los pasos de la extraña mujer se detuvieron, pero las lágrimas seguían cayendo.

—¿De qué hablas? Eres mi pequeña, ¡eres mi hija!

Las pupilas de Kimberly se dilataron. Un espejo de cuerpo completo apareció entre las dos dejando en descubierto su reflejo: era Kimy… pero era Kim… era…

Era ella de niña y la que tenía detrás del espejo era su madre.

—¡¡No!!

Bum.

Fue lo que escuchó antes de que el espejo se quebrase en su totalidad. Temblando, alzó la mirada hacia la mujer percatándose de que su rostro ya no existía pero sus brazos, volvieron a extenderse.

—Mi niña…

Kimberly chilló, quería que esa cosa se alejara de ella, que no la tocara… ¡que se alejara!

—¡Déjame en paz!

Oscuridad, pero era una que ella conocía muy bien: estaba en su habitación.

Su rostro estaba cubierto de sudor y su respiración era agitada. Cuando pudo sentir que volvía completamente a la realidad se sentó sobre la cama mareándose un poco confirmando que, nuevamente, la habían sedado.

Suspiró, había olvidado aquella sensación que le producía ese estúpido medicamento.

—Kim, ¿estás bien? —su cuerpo se tensó al escucharle. Pero al re-confirmar que se encontraba a salvo, simplemente asintió y se llevó su mano hacia su estómago: todavía podía sentir el dolor debido a la tensión y horror en ese lugar.

—¿Cuánto tiempo estuve dormida? —preguntó sin despegar su mirada de las sábanas.

—Dos horas.

Silencio.

Bill se removió en su lugar. —¿Pasa algo? —preguntó dudando en acercarse o no.

¿Por qué tenía que recordarla? ¿Por qué ahora? Miró de reojo su pared, calculando más o menos que al otro lado yacía la pequeña habitación de su baño y que, en una esquina, yacía escondida una foto familiar, maltratada, borrosa, pero existente.

«Mamá —la llamó sintiendo sus parpados caer—, no vuelvas a venir… no vuelvas…»

—Me siento cansada, eso es todo —respondió por fin y le miró—. ¿Encontraste a Jeny?

Otro silencio.

—Ya veo —murmuró.

Su pecho subía y bajaba un poco más lento, había logrado calmarse… un poco. Pero su labio inferior seguía temblando.

Tomó un poco de su sábana con sus puños para tratar de quitarse de encima toda aquella presión que sentía en su pecho: había tenido una horrible pesadilla que debía olvidar. No iba a permitir que un descuido cómo ese, la derrumbara así de fácil. No.

Entonces, fue como si una pequeña película rodara hacia atrás en su cabeza: pasó su pesadilla cuadro por cuadro hasta llegar al momento de la discusión con su Director, el golpe que le propinó, el forcejeo con los guardias, el encuentro con la enfermera, la histeria que sufrió al ver como Sam se llevaba a Bill en su presencia…

—Sam —lo nombró con sus ojos bien abiertos. Por un momento, había olvidado todo lo que sucedió antes de que la sedaran. ¿Cómo se le pudo pasar aquello?

—¿Qué?

Le miró impaciente.

—¿Qué pasó con él? ¿Qué te hizo? ¿Te lastimó?... ¿qué te dijo?

La boca de Bill se entreabrió al comprender adonde quería llegar. Idiota. Ya había pensado que se le había olvidado: apretó fuertemente sus labios y miró hacia un punto sin importancia en el piso pero… su mirada se desvió hacia el cuadro donde había desaparecido con Sam hace más de dos horas recordándolo todo.

Fue increíble sentir su peso sobre su cuerpo cuando creía que un ser como él ni siquiera se percibía. Era algo inexistente, ¿por qué lo sintió como el cuerpo de una persona? Como sea, Sam tenía mucho más fuerza que él y le obligó a traspasar varios pisos hasta llegar al primero. En todo ese recorrido los dos forcejeaban: uno para liberarse y el otro para no dejarlo ir. Los dos estaban furiosos y lo único que querían era lastimarse y eso aumentó la ira: sabían que aquello era imposible.

La espalda de Bill dio contra el piso, no sorprendió que no le doliese el impacto. Ido, vio sobre el hombro de Sam (quién se encontraba arriba de él estrujándole y gritándole sin control) analizando que una persona no hubiera sobrevivido a aquella caída y si lo hacía, estuviera delirando del fuerte dolor hasta la hora de su muerte. Sonrió vacíamente, tal vez, esas eran las ventajas de su estado.


—¡Quién eres tú para hablarle de! —escuchó volviendo en sí. Giró su ojo hacia él recordando que tenía una pelea pendiente.

Su ceño se frunció.

—Ella tiene que saberlo, tiene que saberlo ¡ahora! —explicaba sin muchas ganas de forcejear. No debían y no tenían porqué hacerlo: Sam debía aprender a escuchar y él… él debía aprender a no perder el control.

El rubio negó.

—¡Pero no de ti! —gritó y Bill sintió que se le había desgarrado su garganta. Estaba desesperado, demasiado… parecía un niño caprichoso que por primera vez, quería hacer las cosas por su cuenta—. Tú eres un tercero, ¡esto es entre ella y yo!

—¡Pues díselo ya, maldita sea! —calló de golpe repitiéndose que debía guardar la calma—. Sam, sé que sabes lo que está pasando. Es más, tú debes saber mucho más cosas que yo acerca de esto: Kimberly está en la cuerda floja…

El aludido se levantó de Bill y con su vista perdida se dejó caer a un lado suyo, sentado, meditando tal vez en las palabras que su compañero le dijo. Sí, él sabía mucho más cosas que nadie más en ese hospital. Supo lo de Jeny desde antes de que Baecker actuara, sabía muy bien que seguía ella en su lista. Aun no comprendía cómo, pero lo sabía y de esa manera, sabía que después de esa chica, la que seguía, era Kimberly.

Por eso estaba haciendo esos extraños cambios en el hospital: moviendo personal, alargando, acortando horas, alejando a todos lo que han tenido demasiado contacto con ella. Quería aislarla para poder volver manejarla a su antojo, la quería vulnerable, la quería sola. Sam estuvo inspeccionando los movimientos de Baecker más de cerca y con cautela así cómo espiaba a Kimberly sin la necesidad de que ésta sintiera su presencia: podía aparentar que en ella todo mejoraba pero su mente volvía a decaer poco a poco. Baecker lo estaba logrando: la comenzó a sentir vacía y lo hizo en el primer golpe, así de fácil fue.

La mente de Kimberly seguía débil, no pudo soportar que el Dr. Jost, quién lo veía como una figura paternal, no estuviera más a cargo de su cuidado y luego, cuando descubra que ya no podrá ver a Tom… será un blanco mucho más fácil.

Caerá en la demencia, esta vez, lo hará.

Sí, él lo sabía y desde ese día, ha tratado de decírselo a Kimberly pero, ¿cómo lo tomaría ella? Maldición, era cómo ese maldito guardia: si le decía una noticia fuerte sin las palabras correctas, todo en su interior se quebraría.

Apretó sus dientes.

Eso le molestaba: los dos eran débiles. ¿Cómo ese guardia podía jurar que la protegería si ni siquiera él es capaz de protegerse a sí mismo? Su mente, tal vez, estaba más desordenada que la de Kimberly. ¡Mierda!

—Lo que dijiste hace rato —soltó débilmente mirando el gran ventanal que yacía al final del pasillo, el cual, permitía observar cómo la nieve caía con calma y belleza—, es mentira. A mí me importa Kimberly, me importa demasiado —le aclaró y Bill pudo jurar que si sus ojos estuviesen vivos, caerían lágrimas de éstos—. Y es por eso… que no le puedo decir nada. No lo soportaría: ni mi historia, ni la tuya.

—¡Pero… ¡ —Sam negó.

—Entiéndeme, por favor —la boca de Bill se cerró—. Ella no lo tolerará y sólo… sólo empeoraríamos las cosas.

—¿Y qué planeas hacer? —El rubio alzó su vista para después, cerrar sus ojos con pesadez.

—Protegerla.

Miró desde el umbral la figura de Kimberly, al parecer, ella también tenía cosas en qué pensar. Sus hombros se encogieron, ahora ¿qué le decía? No quería mentirle pero… debía mantener el pacto con Sam, después de todo, los dos sólo querían lo mejor para ella.

Le ofreció una sonrisa al percatarse de que volvía a verle. Kimberly no le devolvió el gesto y la verdad, no esperaba que lo hiciera. Suspiró. Ahora Sam y él eran equipo: el primero la protegería desde Baecker y el segundo, la protegería desde su lado. Comprendió muy bien porque Sam se negó a acercarse a ella: era mucho ya el daño que le había hecho que no tenía las agallas suficientes para acercársele una vez más. Además, había hecho una promesa que estaba dispuesto a cumplir: Kimberly no sabrá nada de él, nunca más.

—¿Y bien?

Bill negó.

—Sigue igual de impulsivo. Lo único que hizo fue… decirme que se iba, para siempre.

El pecho de Kimberly dolió y como prueba de aquello, sus pupilas se dilataron completamente. Se quedó inmóvil. ¿Se iba? ¿Así de fácil? No, él no podía irse… no después de todo lo que le había hecho. Él debía volver y enfrentarla, tenían que aclarar las cosas, ¡él no podía irse!

—Sólo me dejó aquí… y se fue —murmuró sintiendo a la perfección una lágrima recorrer por su mejilla—. Él sólo me… me…

Su voz se quebró.

Bill veía cómo rompía en llanto y aunque sabía que debía ir a consolarla tenía que aguantarse esas ganas e ignorar los sollozos como fuera. Si eso pensaba ella de él, estaba bien. Después de todo… eso fue lo que le dijo Sam que hiciera.

—¡¡Lo odio!!

Los ojos del pelinegro se cerraron tratando de no darle importancia a aquellos gritos llenos de dolor y de amargura. Todo esto debía quedarse en ese momento para después, convertirse en olvido.

«Llora ahora Kimberly pero que no sea después. Por favor».



—Si me quiere odiar, que me odie. Me lo merezco y no reclamaré por ello, sólo procura que mi nombre quede en el olvido y que no vuelva a mencionarme, será mejor.

Una vez más, asintió ante aquella indicación.

—¿Sigues con tu plan de venganza?

Sam sonrió.

—Por eso sigo aquí. Yo seré quién me lleve a Baecker al infierno. —Aquello hizo que Bill compartiera su sonrisa. Lo entendía, entendía a la perfección aquel sentimiento: era el mismo que él sintió cuando mató a su padre.

Sam y él eran similares.

—Por cierto… —su voz hizo que le mirara—. Considera que el favor que me debes, lo estas pagando con esto —recordó señalando el momento cuando le enseñó a moverse con libertad—. Vuelvo a ser tu jefe.
—¿Ya no te ayudaré con Baecker? —preguntó encarnando una ceja.

Silencio.

—Eso ya depende de ti.

—… excelente.

Los dos se miraron por el rabillo del ojo. Sin querer, habían firmado un pacto y se habían vuelto compañeros. Aquello hizo reír a Bill, ¿quién lo diría? Al final… Sam no era lo que parecía ser pero, aun así, no iba a bajar su guardia.


Nota final: CHAAAAAAAN CHAAAAAAAN(8) ocho hojas que espero sean de su total agrado!! ¿qué opinan de Sam ahora? o.o kdjfhdkjgf espero y tengan un excelente inicio de semana *-*