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Tercera novela. (Fandom: Tokio Hotel/ HIATUS)

27 jun. 2013

Capítulo setenta y uno.




Los latidos de su corazón los podía sentir en todo su cuerpo. Si es que acaso todavía existía una pisca de cordura en la habitación, esto se había desintegrado, derretido, quemado, desvanecido en la peor forma posible. Todo esto ante sus ojos y era algo que su débil cuerpo ya no podía soportar.



Pero debía. Dudar ya no es una opción y mucho menos cuando estás a un paso (o tal vez varios) de recuperarla y por lo visto, con una aliada.



Ya no le importaba lo que Jeny fuese o si se trataba de la misma paciente a la cual Georg amó. En ese momento nada era importante: mientras ella le ayudase a sacar a ese “Sam” del cuerpo de Kimberly, todo estaría… bien.



—Maldita. ¿Cómo es que puedes ser vista? —cuestionó Sam recorriéndose sin despegarse de la pared. Seguía manteniendo su mano en su mejilla y sus ojos estaban llenos de furia e impotencia: su entrecejo fruncido y el arrugamiento en su nariz lo delataba. Jeny, al escucharlo, volvió a mirarlo dándole su espalda al guardia, quien, en ese momento, iba a hacer un gran cero a la izquierda.



Esa pelea, de algún modo, se estaba convirtiendo de ella.



—Esta habitación no está en el mundo de los vivos —explicó sonriendo de lado al notar la leve expresión de asombro por parte de su compañero—. Si me quieres insinuar que estoy invadiendo terreno, no es así, amigo. ¡Tú estás invadiendo el mío!


Los dos intrusos se quedaron en shock ante aquella confesión. Por un lado, Sam, que comprendía a la perfección las leyes del mundo de los vivos y muertos y por el otro, Tom, quién no tenía ni la menor idea de lo que sucedía. Ella había dicho “vivos”, eso quiere decir que en… en verdad… ¿murió?



—O más bien, ella —corrigió encogiéndose de hombros.


Sabía que algo iba mal: desde que recobró la conciencia y pudo sentir como el campo de energía de Kimberly se desvanecía, supo que algo malo le había sucedido a su amiga. Y sí, sus sospechas fueron confirmadas al descubrir que su cuerpo había sido llevado a un mundo en el cual, no todos los vivos son capaces de entrar. Otro problema y más importante aún, es que el alma que yacía en su cuerpo no era de ella… era de un intruso, de Sam.



Sus manos lentamente se convirtieron en puños y sus ojos se cerraron con fuerza. Y pensar que comenzaba a verlo como un amigo, que compartía su lástima y dolor y que en más de una ocasión, logró entender sus sentimientos.



Era un maldito traidor.



—Así que yo… —masculló alzando su vista—… ¡yo expulsaré a Kimberly de aquí!



La boca seca de Sam se cerró y en ese momento, una sonrisa burlona se formó en sus labios. Sin cuidado alguno, bajó su mano dejando al descubierto la marca del golpe que había recibido apenas hace unos minutos y acomodó inútilmente su mechón detrás de la oreja—. Alguien débil como tú, ¿expulsará a un ser vivo? ¡No me hagas reír! —soltó entre una leve carcajada ocasionando un leve gruñido por parte de Tom.



Aquella risa era grotesca y lo peor era que provenía de la garganta de Kimberly. Eso, de alguna manera, lo hacía enfurecer.



Sam lo notó y volvió a reír fijando su atención nuevamente a su compañera.



—Tienes razón, soy débil. Pero no estoy sola… —aclaró mirando al guardia, quien desorientado, puso su atención en ella: volvían a incluirlo—. Tom, tú me ayudarás.



El cuerpo de Sam se tensó: Jeny lo había descubierto.



—Después de todo, él también es una simple alma.



—Maldición —gruñó callando abruptamente al sentir una fría mano apretar su cuello—. ¿Q… qué haces? —balbuceó encajando sus uñas en el brazo de su compañera—. No me sacarás, no lo lograrás. No hasta que… hasta que cumpla con… mi objetivo.



Ahora, Jeny rió.



—¿Quién dijo que yo iba a sacarte?



Los labios de Tom se entreabrieron al sentir la mirada de aquellos dos sobre él: en su cabeza sólo se podían escuchar constantes ecos y una que otra palabra bien articulada. Alma, cuerpo, sacar… fue lo único que logró distinguir y ahora, esa chica mirándolo con complicidad. ¿Qué tenía qué hacer, qué debía hacer?



—Sólo entrar.



La respuesta vino por sí sola, acompañado de un forcejeo por parte de “Sam”.



—No. ¡No te acerques Kaulitz, no te acerques! —amenazó y Tom volvió a sentir una furia indescriptible. “No con su voz”, ordenó en su interior. Lo aborrecía, era lo más asqueroso que aquel desconocido podía hacer: nombrarlo utilizando la voz de Kimberly.



—Eres un alma aquí Tom —siguió Jeny apretando el cuello de Sam al sentir que sus uñas le perforaban la piel—. Entra, entra y saca a la verdadera dueña de este cuerpo, ¡saca a Kimberly!



—¡Maldita zorra! —gruñó el intruso escarbando en la piel de la muchacha—. Esto lo hago también por ti, ¡por los demás, por todos! ¡¡Debo matarlo!!



—¡¡No con el cuerpo de nuestra amiga!! —escupió tomando su cuello con las dos manos, aguantándose el dolor.



Sam se quedó inmóvil observando los ojos brillosos de Jeny; algo le dijo que los suyos lucían exactamente igual en ese momento. La chica agachó su cabeza sin ni siquiera aflojar un poco el agarre y comenzó a sollozar, Sam lo supo aunque no escuchase sus llantos: el movimiento constante de los hombros hablaba por sí solo. Y después, al ver sus ojos rojos cayó en cuenta que la estaba lastimando, sin importar que aquellas acciones fueran por ella también, por su salvación. Jeny se había convertido en… su amiga. También quería salvarla.



—Prometiste que ya no le harías daño Sam —su cuerpo se estremeció como si le hubiese caído encima un balde de agua helada—. Dijiste que la dejarías en paz. ¿Por qué? ¿Por qué echaste esas palabras a la basura? —apretó sus labios—. ¿Por qué no puedes cumplir tu propia promesa?



—Yo… —murmuró—… yo prometí… —sí, lo hizo. Había prometido alejarse de ella, había decidido dejarla libre para que pudiese estar al lado de ese maldito guardia y también, había prometido—… protegerla. —Sus ojos brillaron y Jeny volteó con el guardia.



—Tom, ¡¡ahora!!



Su cuerpo reaccionó con torpeza ante aquella orden, pero sus pies corrieron por sí solos, ayudándole. No entendía lo que debía hacer, no había recibido instrucciones claras pero lo único que había logrado procesar se lo repetía una y otra vez: “entra, entra, entra, entra” y no debía ser adivino para saber dónde debía de hacerlo.



Logró escuchar gritos, aunque eran lejanos y cuando logró acercarse a su objetivo, pudo observar como “Sam” luchaba para librarse del agarre de la muchacha. Él era quién gritaba, pero no distinguía nada de lo que decía y simplemente no le importaba. “Entra”, se repitió una vez más extendiendo el brazo hacia aquel rostro que hace unos días atrás le encantaba acariciar y que ahora, no le producía sensación alguna. Sólo disgusto.



Sam sentía el sudor recorrer por todo su cuerpo y también, sintió a la perfección como sus pupilas se dilataban al tener a dos centímetros los dedos de ese maldito guardia. Lloraba, rompió en llanto en cuanto sintió el agarre de Jeny aflojarse al fin ya que eso sólo significaba una cosa: Tom consiguió entrar. Y eso hizo que llorara más. ¿Por qué nadie lo dejaba matarlo? ¡¿Por qué todos defendían a Baecker?! ¡¿Por qué nunca nadie podía estar de su parte?!



—Lo siento, Sam.



Aquellas palabras fueron pronunciadas al dejarlo completamente libre y un simple “no” se escuchó como respuesta. Había sido derrotado, ¿por qué?, ¿por qué no lo dejan ser libre?



—… no —tenía al guardia frente a frente—… ¡no! —para desaparecer unos segundos después.



Había conseguido entrar.




La vio, lo hizo en cuanto miró directamente a través de esos ojos vacíos llenos de oscuridad. Lo cierto era, que no estaban vacíos del todo: en su interior contenían algo de precioso valor, para él, lo era… Kimberly. Por fin, por fin la había encontrado.



Su cuerpo rebotó al llegar al final de lo que sabía fue una caída de la cual, desconocía la distancia pero si se le hizo larga; sacudió su cabeza y con cuidado, se puso de pie.



Su cuerpo se heló al instante e incluso, su corazón se detuvo. ¿Qué era aquello que sentía, lo mataba por dentro? Era un dolor pero extrañamente podía asegurar, era ajeno: él conocía muy bien su propio dolor. Lo ha estado llevando sobre su espalda desde el día en que su padre lo abandonó.



Esa sensación de ahogo y soledad era de alguien más.



Pasó saliva y cerró sus ojos tratando de calmarse: ya no debía distraerse con nada y también, tenía que poner su cabeza en blanco. No era el momento para andar cuestionándose cada suceso, como lo había dicho antes, ya nada importaba; tal vez, las respuestas surgirían más adelante: si era así, era más probable que no creyera en nada y si no, bueno… eso era lo mejor.



Caminó, juró que lo hizo por línea recta en aquel lugar que se suponía… era el interior de Kimberly. Pero parecía perdido. Había perdido un curso inexistente y no lograba encontrarla, a pesar que la había visto a la perfección antes de aventurarse en su interior, reflejada en aquellos ojos que parecían de vidrio. Ahora, nada, no había rastro y eso hizo enfurecerlo una vez más: por dios, ¡no podía ser tan inútil! Siempre recibiendo ayuda, siempre y ahora, que está por su cuenta, ¿no puede encontrarla? Si no fuese por… Bill —sus hombros se encogieron y continuó su camino—, él todavía estuviese en esas escaleras muriéndose por asfixia. Si no fuese por… aquella niña, no hubiera tenido una mínima pisca de la extraña actitud de Kimberly y por último, si no hubiese sido por… Jeny, no hubiera ni siquiera entrado. ¿Por qué? Porque era un estúpido, por eso. No sabía razonar, actuar. ¿Qué hizo cuando confirmó que había un intruso en el cuerpo de Kim? Nada. Se quedó ileso observando como aquella muchacha lo enfrentaba.



Él ya no quería ser un inútil.



Él en verdad quería salvarla, por su cuenta, sólo. Quería demostrarle lo que valía, que podía defenderla, cuidarla. Que podía estar a salvo con él. Que podían estar bien juntos.



Los pies de Tom temblaron, pero no bastó varios minutos para descubrir que no eran sus pies, era todo ha su alrededor: temblaba, parecía un pequeño sismo o como si un gran edificio estuviese a punto de derrumbarse. Sus ojos se abrieron de golpe: sí, algo se derrumbaba y eso era lo poco que quedaba de la esencia de Kimberly; maldición, Sam volvía a recuperar su fuerza, ¡debía apresurarse! Así que corrió, tan simple como eso.



Corrió, gritó y chilló el nombre de la paciente. Buscó en todas partes (sí es que así podía decirse), miró en todas direcciones empezando a sentirse desesperado: sólo estaba esa maldita oscuridad que cada vez se hacía más y más profunda. Tal vez ya se había vuelto loco, pero podía asegurar que todo en su alrededor era oscuro y lo único que podía distinguirse, era él. Se sentía como si fuese una pequeña luz en toda esa bruma, él era su misma linterna, su misma llama y sólo contaba con él mismo para salir con Kimberly y dejar de una vez esa maldita pesadilla enterrada en un sitio olvidado de su mente.



Aunque se había dicho a sí mismo que no debía de pensar en nada, no puedo evitar preguntarse, ¿en verdad estaba muerto? Toda aquella situación entre Jeny y el bastardo llamado Sam lo hizo poner en duda: el mundo de los vivos y muertos; el hecho de estar en el de los muertos, lo convertía en uno, ¿no? Eso quería decir… ¿se había ido primero él que Bill? ¿Ya no volvería a estar junto a Kimberly, sentirla…? ¿Ya no? Entonces, ¿por qué sonreía y lo peor, con satisfacción? Tal vez… el hecho de pensar que Bill seguiría luchando, que su hermano mayor continuaría, lo hacía sentir, tranquilo. Y por el otro lado, rescatar a Kimberly (porque sabía que lo haría) y el tener asegurado su cuidado gracias al Dr. Jost, hacían que se calmara un poco pero aun así…—¡No es suficiente! —no, él todavía no debía morir.



—¡¡Kimberly!! —gritó por última vez a todo pulmón antes de detenerse en seco, desorientado, atónito.



Ausente, giró sobre él mismo, regresando dos-tres pasos atrás. Había visto algo, otra luz, aunque muy débil y no, no alucinaba, tenía toda la certeza de que realmente había visto, algo.



—Kim… —murmuró estupefacto ante la sorprendente escena que miraban sus ojos—… berly. —era repugnante los lazos que sujetaban el cuerpo de la paciente: parecían lianas. Eran enormes, gruesas y parecían tener vida propia ya que logró percatarse de que se movían con el único objetivo de apretar más el cuerpo de la mujer. Pero su verdadera acción, era tragársela.



Y dolía, el quejido de Kimberly lo delató: apretó sus ojos y soltó un alarido, lo más fuerte que podía ya que no le restaban energías; sólo su cabeza y parte de los brazos se podían distinguir entre toda aquella oscuridad, lo demás estaba completamente oculto entre kilos y kilos de esas lianas negras. Tom bajó su vista con lentitud, Kimberly yacía en un punto alto, demasiado y lo único que podía hacer para sacarla, era escalar esa cosa asquerosa que la rodeaba y se movía para lastimarla.



¿Podía hacerlo? Claro que podía.



Así que lo hizo, escaló, lo hizo encajando sus dedos y uñas entre toda esa cosa viscosa. Escuchó cómo se removía entre éstos, ¿quería comerlo también? ¡Ha! Buena suerte con eso. Él no había venido hasta aquí para ser tragado. Venía a rescatarla, se dijo otra vez y es lo que iba a hacer. Le iba ayudar… a recuperar su cuerpo.



—¡¡Kimberly!! —gritó sacando uno de sus brazos con dificultad, para volverlo a encajar a diferente altura y escalar un poco más—. Abre los ojos, Kimberly —le gritó entre dientes luchando por no ser tragado él también—, por fin vine, ¡ya estoy aquí! Vine por ti. ¡Vine a sacarte! —aseguró observando como la oscuridad se movía una vez más rodeando los brazos descubiertos de la muchacha.



Tom se alarmó al oírla quejarse.



—¡¡Saldremos juntos de aquí!! ¿Me oyes? ¡Abre tus ojos, necesito saber que estás consciente, ábrelos!



Se podían escuchar los constantes gruñidos y quejidos por parte del guardia, quien luchaba una y otra vez por recuperar sus brazos y piernas, y así, poder seguir avanzando. No iba a hacer derrotado, nadie podía derrotarlo en estos momentos y Kimberly sonrió por eso: no tenía la fuerza suficiente para abrir sus ojos ni para hablar, ni siquiera podía mencionar su nombre pero ya nada de eso la ponía triste. No. Él ya estaba aquí, había venido a pesar de todos los problemas que le había ocasionado, regresó, lo hizo por ella, porque en verdad la quería. Y eso, hizo que las ganas de salir de aquel hospital regresaran con mucho más fuerza.



Así que volvió a sonreír.



«Gracias, Tom».




El cuerpo yacía inerte en el piso, los ojos paseaban de un lado a otro mirando cada rincón de la habitación sin importancia. Su pecho subía y bajaba con rapidez y de vez en cuando el “contenedor” se erguía ante los fuertes espasmos que le recorrían desde el dedo pequeño del pie hasta el último de sus cabellos seco.



Kimberly había despertado.



Jeny también lo sintió. Su cabeza se recargó con cuidado en la fría pared y miró hacia el techo, cerrando sus ojos con satisfacción y alegría: lo logró, había contribuido en algo. En esos momentos, se encontraba sentada a un lado del cuerpo, observando por el rabillo del ojo cuando éste se estremecía bruscamente y rápido miraba hacia un punto perdido. Sam también estaba sufriendo y no podía evitar esas ganas de ayudarlo, pero no, no se lo merecía.



Ya no se merecía nada de ella.



—¿Por qué? —escuchó haciendo que volviera a mirarlo de reojo: su voz era entrecortada y débil—, ¿por qué no me dejaste matarlo?



—Porque no lo ibas a hacer con tus propias manos —respondió a secas—. Iban a hacer las de Kimberly, estuviste a punto de ensuciar unas manos inocentes —finalizó mirando la pared de en frente—. No era justo.



—Y nuestra forma de morir, ¿fue justa? —Jeny chistó.



—Nada es justo, Sam. Nada lo es, además, nosotros morimos al acto de entrar aquí. Así fue nuestro destino, así viviremos por siempre.



Otro espasmo.



—Vivir por… siempre —repitió—. ¿Acaso no piensas vengarte de tu asesino, eh? ¿Acaso no quieres ir a descansar, salir de este limbo?



Jeny ladeó su cabeza.



—Mi asesino, no es Baecker.



—Ah, claro. Es ese, Georg, ¿cierto? —sus ojos se cerraron.



—Él es mi descanso —corrigió para sí misma—. Yo no tengo razones para vengarme…



Sam suspiró llamando la atención de su compañera.



—Y ahora, ¿cuál es el plan?



—Vivir aquí para toda la eternidad, creí haberlo mencionado antes —los ojos del muchacho se abrieron de golpe.



—No me jodas, debe ser una broma. Yo no estaré encerrado en este lugar, sabes que seguiré insistiendo: seguiré buscando la forma de matar a ese bastardo. Saldré, lo haré al mismo tiempo que ella lo haga.



Jeny sonrió.



—Ella es la que nos encerrará, yo misma se lo pediré…



—Ella no sabe… —atajó.



—Sabrá —interrumpió—. Lo sabrá, así como supo crear un campo de fuerza, así como supo mandarnos a diferentes infiernos, así como supo encerrarse en su propia mente. Ella sabrá cómo mantenernos aquí, para siempre.



El cuerpo tembló.



—Debes estar bromeando —repitió—. Debes estar… bromeando: no podemos estar aquí encerrados… eso significaría…


—¿Tienes miedo? —atajó mirándolo al fin—. No hay descanso eterno para nosotros, no importa lo que hagas, no lo hay.



Los labios de Sam se apretaron.



—No quiero estar sólo todo este tiempo. Ya no quiero estar sólo.



La boca de Jeny se entreabrió y su flequillo ocultó su mirada llena de sorpresa ante aquella confesión. Su labio inferior tembló, pero rápido supo controlarse y disfrazó aquellos sentimientos en una leve sonrisa.



—Yo estaré contigo, Sam.



Oyó un sollozo.



—… gracias.




Ya no era momento de escalar, sino de escarbar: apretó sus manos dentro de aquellas asquerosas lianas y las sacó con furia descubriendo partes del alma maltratada de Kimberly. No se detuvo a mirarle por mucho tiempo ya que la conciencia iba atacarle en cualquier momento; después de todo, los golpes y signos de nutrición… era su culpa. Lo sabía. Así que continuó escarbando sin detenerse a mirar nada más: la luz proveniente de Kimberly comenzaba a brillar un poco más. Eso era bien, ahora, eran dos linternas en la oscuridad.



Otro temblor más se presentó, esta vez, en esa torre de lianas: estaba derrumbándose, en cualquier momento caerían, así que se apresuró lo más que pudo. Siguió escarbando, descubriendo las piernas, el torso, todo. Un brazo por fin estaba completamente libre, eso era lo suficiente para tomarla y arrancarla de esas asquerosas lianas negras pero el tiempo no fue suficiente: otro temblor se presentó, destruyéndolo todo.



Aun así, el tiempo para Tom se detuvo: observó cómo Kimberly caía a su lado y como si se hubiese congelado, alargó su brazo para alcanzar a tomarla y jalarla hacia él.



—Por fin —susurró sintiendo como sus ojos se llenaban de lágrimas—. Por fin estás otra vez en mi brazos —exclamó con tanta felicidad que no pudo evitar juntar su frente con la de ella y abrazarla con más fuerza, pegando su cuerpo desnudo al suyo.



Ya nada iba a separarlos. Eso era un hecho y aunque seguían cayendo, pudo asegurar que la caída, esta vez, no dolería.




Sus ojos pesaban pero, en esta ocasión, sentía la energía suficiente para abrirlos y poder reincorporarse. Su pecho ya no le dolía, al parecer, podía respirar otra vez. Ya no sentía frío, algo cálido le rodeaba y la necesidad de morir ya no estaba presente.



¿Había muerto ya? No. Algo mejor, mucho mejor le había ocurrido.



—Hey —la saludó esbozando una estúpida sonrisa, sí, la estúpida sonrisa que ella amaba—, ¿cómo te sientes?



—Cansada —susurró con voz ronca, a lo que carraspeó con dificultad—, ¿dónde estamos? —ya nada estaba oscuro, ahora, una fuerte luz blanca les rodeaba.



—Seguimos… aquí —respondió acariciando su mejilla: al parecer, la mantenía sobre sus muslos, abrazándola—. Pero, es tiempo de volver. —Kim asintió.



Tom la dejó sentada en el piso mientras él se ponía de pie, después la ayudó a levantarse pero no tardó en recibir un golpe en su mano para que la soltase.



—¿Qué ocurre? —cuestionó confundido mirando como el rostro de Kimberly se ponía completamente rojo.



—¡No me dijiste que estaba desnuda! —chilló cubriéndose sus senos con sus mismos brazos y su parte íntima haciendo una danza extraña con sus piernas.



—¡Oh, eso! —exclamó quitándose su playera—. Ten, te quedará como bata, así que no te preocupes —aseguró acercándosela a su rostro.



Kimberly le miró anonadada y ahora, con un leve rubor, accedió en tomar la playera. —G…gracias —balbuceó teniéndola sobre puesta: mientras le tapase su torso, estaba bien.



El chico sonrió y tomó su mano sintiendo como inmediatamente Kimberly entrelazaba los dedos con los suyos, era tiempo de partir, por fin. Avanzaron en silencio, sin la necesidad de averiguar qué camino tomar: cualquiera era la salida, Kimberly lo supo al ver que Tom desaparecía primero, pero ya no estaba aterrada, porque sabía que lo vería nuevamente, esta vez, del otro lado. Su mano se cerró levemente al sentir que la de su pareja se desvanecía por completo; había salido, por fin y ahora, le tocaba a ella.



Su cuerpo se erguió: una energía muy conocida se estaba plasmando a sus espaldas. Así que curiosa, dio media vuelta... encontrándose con Kimy.



El escenario ya no era negro, ni blanco. Era amarillo: estaban en el exterior, en uno falso. No. En uno único. Un campo de girasoles, uno enorme para ellas dos con el cielo siempre azul y nubes enormes y esponjosas predominando las alturas.



Las dos llevaban vestidos blancos, mismo diseño, diferente tamaño: era uno sencillo, tirantes, largo con un pequeño borde antes de llegar a las rodillas, sin zapatos. ¿Para qué? No los necesitaban.



—¿Volverás? —Kimy negó.



—Este es mi lugar.



Silencio.



—¿Estarás bien… sola?



—Yo no estoy sola. Ya no. —Kimberly sonrió—. Después de todo, yo represento tu niñez, tu felicidad, tu verdadera inocencia…—la suave brisa se hizo presente alzando en su danza unos pétalos amarillos que rodearon con majestuosidad la silueta de la muchacha, desapareciéndola, sacándola por fin de aquel sitio el cual, ya no iba a hacer un infierno volver.



—Yo soy tu Kimberly —otro remolino de pétalos amarillos se alzaron rodeando ahora la silueta de la pequeña, haciendo que se convierta en uno con aquel hermoso campo de girasoles…




«Y mientras tu estés bien, yo estaré bien».
 
 
 
Nota final: CHAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAN (8) En verdad, en verdad espero que sea de su agrado T-T!!

 

21 jun. 2013

Capítulo setenta.




Oscar cayó al suelo ante el susto que se dio al ver de pronto a la paciente despierta y de pie tras reincorporarse de esa llamada por radio, que, al parecer, seguía sin funcionar. Sin decir nada, inhaló profundamente todo el aire que pudo tres veces seguidas para poder tranquilizarse: no podía mostrarse débil frente a ella ni frente a ningún otro paciente. Eso era una regla importante.



Se puso de pie obligándose a sonreír para indicarle a Kimberly que había confianza entre ellos, debía hacerlo para poder acercarse y sostenerla; por su aspecto, parecía que no iba a durar mucho tiempo de pie: las viejas heridas, la sangre seca y más la falta de higiene la hacían lucir como una indigente. Más a parte, sabía que las nuevas heridas debían ser supervisadas por un médico antes de que llegaran a infectarse. El cuerpo de la paciente temblaba demasiado y Oscar creyó que iba a comenzar a convulsionar.



Los labios de la joven comenzaron a hacer diferentes muecas, al parecer, quería hablar. Oscar se enderezó ante ese descubrimiento y con urgencia, extendió su brazo derecho hacia ella…



—¿Qué? —balbuceó al lograr oír un leve lloriqueo proveniente de la paciente. De nueva cuenta, se escuchó más no se logró entender—. Kim…berly, necesito que hables más fuerte, por favor —pidió acercando su temblorosa mano hacia su rostro, extendió lo más que pudo sus dedos, estaba dispuesto a quitarle los mechones de su frente pero…



—Baecker —masculló.



—¿El Dr. Baecker? —atajó atrayendo su mano hacia él.



—Tráemelo… quiero a Baecker… ¡quiero a Baecker! —chilló endureciendo las facciones de su rostro. En ningún momento Oscar logró ver la expresión de su cara ya que Kimberly mantenía su vista fija al piso, pero supo muy bien que comenzaba a enojarse: los puños apretados y el chirrido de sus dientes la delataban.



Debía calmarla.



—Él no está Kimberly. Son más de las doce, lo sabes, ¿verdad? El Doctor está en su casa… —trató de explicar acercándose con cautela, pero esas palabras no estaban teniendo ningún efecto: la chica apretó aun más sus dientes y dio un grito ahogado—. Pero prometo que lo verás en la mañana, ¿sí? Pero tienes que venir conmigo, abajo hay personas que esperan por…



—No me toques —advirtió alejando su cuerpo de la manos del guardia. Oscar se quedó tieso—. No me toques, no te atrevas a hacerlo —¿esa era la voz de Kimberly? Era imposible, la de ella era menos… gruesa.



—No lo haré, tranquila —aseguró—, puedes salir por tu cuenta, ¿verdad? Hay que ir con el médico…



—No. Tráeme a Baecker. —ordenó pegándose contra la fría pared del baño. Oscar puso los ojos en blanco, comenzaba a fastidiarse de su actitud infantil, ¿ella dándole ordenes? ¡Qué se creía!



—Ya te dije que no está. No vendrá hasta las ocho de la mañana y si no es que un poco más tarde —repuso entre dientes—. Ahora, acompáñame Kimberly. No me orilles a llevarte a la fuerza.



Los dedos de la chica comenzaron a moverse sin control, estaba sufriendo un estado de ansiedad lo cual no alarmó en lo más mínimo al guardia. Ya había tenido ataques así, no pasaban de gritos y berrinches; volvió a inhalar profundamente, necesitaba guardar un poco más de paciencia.



—Entonces… yo no me moveré —aseguró—. Nadie más me verá, sólo él, ¡sólo Baecker!



Oscar negó con fuerza.



—Suficiente de esta mierda —murmuró tomándola sin problema de sus brazos—. Tengo que llevarte con el médico Kimberly, lo siento, así es esto.



—No. Me. Toques. —Oscar negó sin voltear a verla haciendo esfuerza para poder moverla—. No. Me. Toques.



—Suficiente Kimberly, no hagas esto complicado.



—Quita tus putas manos de mí. —Oscar se detuvo, ¿acaso dijo…?



—Cuida tus palabras —advirtió tratando de hacer caso omiso de aquella provocación: nunca antes la había oído maldecir.



—¡Suéltame maldito imbécil! No me toques, ¡no me toques! —gritó casi en su oído ocasionando que el guardia se estremeciera y como acto reflejo, la soltó.



—¡No vuelvas a hacer eso, mierda! —se puso a la defensiva oprimiendo un poco su oreja, aun no se había recuperado del todo, pero trató de ignorar como fuese la molestia del grito y volvió a tomarla de su brazo, esta vez, recibiendo a cambio un fuerte golpe en su cara proveniente del puño de Kimberly.



—No toques este cuerpo, estúpido —escupió y las pupilas de Oscar se dilataron.



—¿K... Kimberly? —balbuceó retrocediendo inconscientemente agarrando su nariz con fuerza al sentir que comenzaba a sangrarle debido al inesperado golpe.



Ella rió y Oscar negó: la chica que tenía frente a él no podía ser la Kimberly que conocía, ¿de dónde había sacado esa fuerza, las agallas? Su voz ni siquiera era la misma. Era estúpido pero, pareciera como si estuviese tratando con alguien más…



—Ella no está aquí por el momento —la respiración de Oscar se cortó—. Uhm… dijiste que Baecker no está presente —recordó caminando de un lado a otro, mirándolo por el rabillo del ojo—. Pero el sigue siendo el Director de este hospital —la chica, cuyos pies descalzos mostraban ampollas, detuvo su marcha al estar frente al aterrado guardia quien ahogó un grito al verla sonreír de oreja a oreja: algo malo iba a suceder, debía irse, debía huir, debía—, me pregunto, ¿vendrá corriendo al saber que un empleado murió en su hospital?



—¿Mo…rir? —balbuceó—, ¡pero de qué mierda estás hablando! —la chica, no, aquel maldito ser ladeó su cabeza al tiempo que entrecerraba sus ojos.



Volvió a sonreír.



—Sí… vendrá.



Y de pronto, todo se hizo negro para aquel guardia en turno.





—Veo que eres persistente —declaró endureciendo su mirada—. Lárgate, sólo viniste aquí a complicarme las malditas cosas.



El cuerpo de Tom se tensó completamente al cruzarse con aquello ojos que no tenían nada de parecido con los de la desconfiada paciente. Ella nunca lo había visto de esa manera con anterioridad, ni siquiera en sus primeros encuentros cuando trataba de humillarlo: aquella mirada reflejaba asco y odio puro hacia él, sin remordimiento o titubeo alguno. Eso le dolió. ¿En qué momento cambiaron todos sus sentimientos hacia él? Sabía y estaba consciente de que tenía todo su derecho a enojarse con él: la había dejado sola, por poco tiempo, pero la había dejado. En su caso, él también se hubiera molestado pero… ¿en verdad merecía aquella mirada? Ese gesto sólo decía “muérete” en la manera más seca y cruel posible.



Hasta cuando le hablaba lo hacía con asco, en verdad no quería saber nada de él pero… olvidaba que la persona que tenía en frente no era la chica de quién se enamoró, era otra persona y eso le hizo sentir un terrible dolor en todo su cuerpo que no tardó en viajar para posicionarse en su cabeza. Todo esto parecía una loca pesadilla: ¿cómo estaba tan seguro que la mujer que tenía en frente no era Kimberly aun sí ésta lucía exactamente igual? ¿De dónde habían salido esas tontas hipótesis? O más bien, ¿de dónde había salido toda esa seguridad?



Ella no era Kimberly, se lo podía decir a cualquiera, esta vez, sin titubeos y a la vez sin pruebas convincentes.



—Vine a sacarte de aquí —replicó cerrando su boca de golpe y sintiéndose un completo estúpido, bajó su mirada: aquellas palabras que no debían ser pronunciadas lo fueron, ocasionando que las dos personas presentes se tensaran.



Los nervios habían ganado sobre la poca cordura que le quedaba. El escucharla decir que él sólo era un “estorbo” hizo que su cabeza volviera a calentarse: ella nunca había sido tan cruel. No. Simplemente esa persona no era Kimberly.



«En verdad estás empeñado en verla fuera de aquí, ¿no es así?», sus ojos yacían bien abiertos aunque ocultos de la vista del guardia. Debía esconder la sorpresa que aquella petición había causado. Mirando las piernas pálidas del contenedor se mordió el labio inferior tan fuerte que logró saborear el extraño sabor salado del cuerpo en su boca: nunca creyó que fuese tan decidido, era un niño idiota, un ignorante, hablador y cobarde. Y aun así, Kimberly estaba enamorado de él y él de ella llegando al punto de ingeniar un plan de salir así: ella quería huir, arruinarle su maldito plan, echarle perder todo lo que había logrado y todo, ¡todo por ese maldito guardia!



La ira que estaba a punto de explotar en su interior se apagó de la nada, volvía a tomar el control de sus sentimientos; su cuerpo volvió a encogerse, su mirada se entrecerró y una sonrisa se plasmó en el cansado rostro: no la sacaría, era demasiado tarde ya, Sam había ganado esta vez.



Tom se estremeció al escucharla hablar de nuevo, y sin moverse, volteó a verla una vez más. Quería acercarse, abrazarla y sobre todo, sacarla de ahí pero su cuerpo estaba congelado en aquel lugar. Estaba inseguro y aunque quería ocultarlo, tenía miedo.



—Inocente Kaulitz… o debo decir, ¿ignorante? —cuestionó en leve burla—. Nosotros, las personas como nosotros, pertenecemos a este lugar. —Explicó balanceando su cuerpo en el borde de la cama, simulando un columpio—. Nadie se puede ir —dijo sin más.



Tom lo miró incrédulo, en verdad que era un ignorante. Él tenía la respuesta: sabía muy bien que la chica que yacía ahí no era Kimberly y Sam de alguna manera no lo negaba, sólo realizaba juego de palabras para divertirse y ganar tiempo: ¿qué pasaría si Baecker entrase y viese al guardia desterrado en la habitación? En verdad quería saber. Pero de alguna manera, volvió a confirmar la respuesta que le había ofrecido hace apenas unos instantes: ellos pertenecían a ese lugar. Ahí estaba la prueba: Tom era libre de irse, pero no lo hizo, al contrario, regresó a ese hospital por una mujer que también pertenecía al recinto.



Una vez que entras ahí, te es imposible irte. Los pacientes, incluyendo los que murieron en ese lugar, los empleados, Baecker, Kimberly, Tom e incluso él mismo, formaban parte de ese psiquiátrico, todos y cada uno habían dejado una parte de su esencia impregnada en esas paredes malditas, dejando atrás su libertad.



—No. Tu no perteneces a ese lugar —los ojos de la mujer se afilaron—, ¿recuerdas? ¡¿Recuerdas que prometiste esforzarte para irte de aquí?! Esa ¡es! Tu meta y yo… ¡yo juré ayudarte a cumplirla! —La mandíbula de la mujer se endureció, «en verdad estabas dispuesta a irte Kimberly… »



—No hay motivo para salir de aquí…



—Sí lo hay —atajó—. Para nosotros existe un motivo: empezar desde cero, juntos. Ayudarnos a salir adelante, ser la resistencia del otro —su habladuría se acabó de golpe y sus facciones se endurecieron, ¿pero qué mierda estaba haciendo?—. No tengo porqué seguir contándote esto.



—¿Ah, no? —rió—, ¿y por qué no?



—¡¡Porque tú no eres ella!! —gritó a todo pulmón señalándole con furia. La mujer ladeó su cabeza, interesado.



—Entonces, ¿quién soy?



«La que está ahí… no es la verdadera, tienes que entrar… sus ojos… ella se encuentra… en sus ojos…»



El brazo de Tom calló con pesadez al igual que todo su cuerpo. Se sentía exhausto ya que todo esto parecía un maldito juego mental: su cerebro se había exprimido completamente, ya no sabía que pensar. Sólo escuchaba la voz de aquella niña en la poca razón que le quedaba y por más que trataba de entender, no lo lograba.



Esa niña… era Kimberly y la que estaba ahí, con su cuerpo, su físico y su apariencia, no lo era. ¿Qué significaba todo esto?



—No lo sé —dijo sin más jadeando, tratando de recuperar todo el aire que había perdido en esos minuto que para él, se habían convertido en horas—. No sé quién mierda eres —soltó alzando su vista, encontrándose con los pies de la muchacha, luego con sus pantorrillas, su torso, su cuello, su rostro… sus ojos.



«Ella se encuentra en sus ojos», y ante esto, sus labios se fruncieron.


Más allá de aquellas dos esferas negras y muertas que con anterioridad solían ser un café claro dando el ambiente fresco del otoño, en su interior, exactamente en el centro de toda aquella densa y abrumadora noche, se encontraba una chica, atrapada en toda esa demencia: su cuerpo estaba alzado, enredada gracias a la oscuridad que cumplía el papel de una fuerte y peligrosa cruz cuyo propósito era matarla.



¿Qué tal si ya estaba muerta?



Las pupilas del guardia se dilataron aun más y una gota de sudor resbaló sin prisa por el camino de su sien hasta caer y dar contra el piso. Era Kimberly, la había encontrado y al parecer, ella lo notó: con fuerza y dolor, luchó por abrir sus ojos y alzar su cabeza para mirarlo, lo había sentido antes pero creyó estar alucinando y ahora, que sabe que en verdad estaba ahí, sintió nuevamente ganas de llorar. Había perdido.



«Tom, lo siento».



—Kimberly —exclamó en un estado de trance pero despertó gracias al parpadeo de la mujer, quien chistó furiosa y apartó su mirada de la del guardia: la vio. Por un puto descuido, logró verla pero no importaba, era tarde: el cuerpo ya no le pertenecía a Kimberly, era de Sam y un simple guardia no iba a cambiar la situación.



Tambaleante, se puso de pie. —Regrésamela —ordenó con su cabeza en blanco: las razones y los por qué ya no importaban. Había visto a la verdadera Kimberly, seguía ahí, estaba atrapada y lo único que importaba es que iba a ir por ella—. ¡Hazlo, hazlo ya!



—¡¡Ella ya no tiene derecho sobre este cuerpo!! —escupió huyendo de su alcance—. Pero si tanto es tu urgencia por tenerla, espera a que cumpla con mi objetivo. Después, ella será tuya —aseguró pegando su espalda contra la fría pared.



Tom tembló ante el dolor que comenzó a nacer en su estómago ante la furia contenida.



La mujer sonrió. —Aunque… sólo será un contenedor vacío. Pero eso no te importa, ¿verdad? Sólo quieres recuperar el cuerpo.



La respiración de Tom se cortó por unos segundos: estaba tratando de dirigir aquellas palabras lo más rápido que podía y sólo llegó a una salida—: Te refieres a que… ¿morirá?



—Ella será libre de ir a donde quiera, pero no será capaz de volver aquí —rió—. Es lo que más querías, ¿no? Su libertad.



—¡De qué mierda estás hablando! —gruñó avanzando la mitad de distancia hacia aquella desconocida pero se detuvo al analizar en qué era lo que haría, ¿golpearla? Después de todo, el cuerpo seguía siendo de Kimberly—. Deja de decir estupideces, ¡ella no morirá si es lo que insinúas!



—No, no lo hará. Pero algo más importante sí. —Tom bajó su guardia y parpadeó desorientado.



—¿Qué… qué es…?



—Su cuerpo —respondió sin más procurando no soltar una carcajada: el cabello volvió a cubrir su rostro y el rostro de Tom palideció al escuchar simultáneas risas por parte de la mujer—. ¡¡Su cuerpo morirá conmigo!!



Las carcajadas seguían saliendo, parecía una verdadera demente, una psicópata. En ese momento Tom creyó que ahora se encontraba en una enferma película de terror/suspenso, nada podía ser real: su piel seguía perdiendo color y el sudor bajaba sin control. ¿Morir? ¡Kimberly en verdad iba a morir…!


 
«Tom —sollozó—, ¡¡Tom!!»
 



Aquella voz llena de dolor se revolvió con aquellas distorsionadas risas que entraban sin piedad en los tímpanos del guardia. Esto se había salido de control por fin, iba a explotar… y lo hizo: sus ojos no podían estar más abiertos y sus pupilas se habían dilatado al máximo. Desesperado, se llevó sus dos brazos a su cabeza y gritó toda su frustración sin control.



Las risas burlonas se hacían más molestas, los jadeos de Tom interminables y el silencio llegó acompañado del eco de un fuerte golpe propinado de una bofetada.



Los ojos del guardia se abrieron de sorpresa y estupefacto, fijó su vista hacia la mujer que mantenía la apariencia de la paciente: su rostro yacía de lado con su mejilla roja debido al golpe, estaba aturdida, como él.



Aquel golpe había sido parte de otra chica, cuyo cabello rubio volvía a caer sobre su espalda, en ese momento, parecían flamas, pensó Tom atónito. ¿De dónde había salido esa mujer?



—¡Has perdido la razón, Sam! —el cuerpo del guardia se enderezó al escuchar aquel nombre: no estaba mal, en verdad le había hablado a la paciente con ese nombre.



Entonces… entonces estaba en lo cierto: esa persona no era Kimberly. ¿Acaso… acaso su cuerpo había sido… poseído?



La mujer giró su cabeza mirando a la desconocida con furia. De alguna manera, el guardia podía sentir traición proveniente de ellos dos.



—No tienes ningún derecho de estar aquí, Jeny. Y mucho menos, de golpearme.



La boca de Tom se entreabrió y balbuceó—. … ¿Jeny? —la chica, al escuchar su nombre, volteó a verlo, dudosa y con miedo. Había cometido una falta grave, pero ya no podía echarse para atrás.



—Hola, amigo de Georg.



Sus ojos volvieron abrirse una vez más.



—Imposible…



Aquella era la mujer en la cual su amigo Georg se fijó, la paciente que había desaparecido y que se rumoraba había muerto. La mujer por la cual su amigo enloqueció por haberla olvidado, la paciente que Georg amó… estaba ahí, frente a él, poniendo un alto a aquella locura que todavía no parecía tener sentido.



Estaba despierto, todo era real, pero aun así…



—Imposible.



No. Todo era posible.

 
Nota final: Las cosas se pusieron intensas, ¿no creen? e.e

15 jun. 2013

Capítulo sesenta y nueve.




El eco seco de sus pasos paró porque por fin había llegado a su destino y aunque en ese momento era mejor idea apresurarse y entrar, decidió, más bien, se obligó a sí mismo a detenerse y observar: ¿otra alucinación? ¿Qué hacía una niña en ese lugar?



Un momento, él conocía a esa niña: la había visto antes, en el campo de girasoles del hospital cuando mantenían a Kimberly en la oficina del Dr. Jost.



—Pequeña —le llamó dudando en acercársele: la pequeña estaba con su vestido blanco, de pie frente a él, cabizbaja: no podía mirar su rostro ya que su largo cabello se lo ocultaba. Parecía estar lastimada, sus brazos presentaban golpes y además, tenía un color muy pálido. Esa niña estaba herida.



Apretó sus labios al sentir una pequeña ola de impotencia invadirle: estaba a tan sólo una puerta de Kimberly pero, ¡no podía dejar a una niña en ese estado! Debía llevarla hacia los consultorios aunque eso le estropease la oportunidad de estar… ¡agh, mierda! ¿Qué debía hacer?



Su atención fue nuevamente devuelta al escuchar un murmullo, la niña había hablado y al parecer, lo seguía haciendo: los constantes balanceos de su cuerpo se lo confirmaban pero él no podía escuchar absolutamente nada de lo que decía así que, sin titubeos, decidió acercarse y cuando por fin estuvo frente a ella, se puso a su altura.



—Este no es un sitio para ti, ven, te llevaré a un lugar seguro —indicó alzando su brazo para tocar su hombro, pero su mano quedó suspendida en el aire al tiempo que sus pupilas se dilataban: por fin logró escucharla.



—A..yú..dame…, a…yú…da…me —tembló—, p…por…fa…vor, T..om.



—¡Sabes mi nombre! —explicó sintiendo como una gota de sudor frío resbalaba por su sien. Sus movimientos comenzaron a entorpecerse y desesperado, la tomó por los hombros moviendo bruscamente el cuerpecito de la menor—, ¿¡quién eres, por qué estás aquí!? —exigió apretando el agarre.



Entonces, su corazón se detuvo.



La niña alzó su cabeza dejando ver por fin su demacrado rostro: sus ojos eran completamente negros, sin vida, estaba pálida, se le notaba cansada y aun así… sonreía. Era una pequeña y débil sonrisa, pero lo hacía y se le notaba alivio en ella.



—La que está ahí… no es la verdadera —masculló cerrando sus ojos para descansar—, tienes que entrar… sus ojos… ella se encuentra… en sus ojos…



Los labios de Tom se abrían y cerraban sin pronunciar sonido alguno, no sabía qué hacer o qué decir. Ni siquiera pudo razonar las palabras provenientes de la pequeña la cuál comenzó a llorar.



—¿… Kimberly? —soltó por fin abrazándola con angustia. Su garganta comenzaba a dolerle y sus ojos arderle, él también lloraba—. Por dios, ¿qué está sucediendo? ¿Qué te hicieron Kim?... ¡qué te hicieron!



La niña recargó su cabeza en el pecho del guardia: sus ojos estaban cerrados y las lágrimas continuaban saliendo con calma y tranquilidad. Su sonrisa seguía sin desvanecerse.



—Sabía que vendrías —confesó entre los sollozos del hombre quien ante esas palabras lo único que pudo hacer fue abrazarla con más fuerza pero, en un parpadeo, se encontró abrazándose a sí mismo.



Desorientado, abrió sus ojos rojos percatándose que el cuerpo de la niña ya no estaba: había desaparecido y eso lo único que hizo fue alármalo: se levantó y dio unos cuantos pasos entre tropiezos: algo malo le había ocurrido a Kimberly, ¡algo malo le habían hecho! La habían tocado, sí, la habían sedado, Baecker aprovechó esa debilidad y la drogó con nuevos medicamentos. Estaba seguro, su cabeza le decía que eso era exactamente lo que había sucedido. Mierda, mierda ¡y más mierda! Había llegado tarde, esos medicamentos tal vez le hicieron reacción, tal vez… tal vez…



—No, no por favor. No. No me la quites a ella, ¡a ella no! —la alarma de la gran puerta sonó y por un momento, la habitación se tornó color roja.



… tal vez había entrado en coma debido a la medicación.



Los latidos de su corazón los sentía fuertes en su garganta y oídos y se hacían cada vez más intensos al acercarse cada vez más a la puerta cuyo número era 1014. En aquel instante, había olvidado por completo que yacía en un pasillo rodeado de los enfermos mentales más peligrosos de Alemania y que en esos momentos, se encontraban pegados a sus puertas gritándole majadería y media. Pero no importaba, no, ellos no importaban. Ni siquiera existían.



En ese momento era solamente Kimberly: Kimberly y su sonrisa, Kimberly y su voz, Kimberly y su mirada, su tacto, su cuerpo, su todo. Kimberly despierta. Sí, en ese momento sólo importaba eso.



Aun no comprendía aquella ilusión. No podía entender que significaba el verla en su infancia: ¿estará a punto de... morir? ¿Acaso esa era su despedida? No. Negó fuertemente su cabeza al tiempo que limpiaba bruscamente el sudor que se había acumulado en su rostro. No era nada de eso, ¡debía ser algo más!



Ansioso y casi en el borde de la locura, buscó las llaves de su compañero y al encontrarlas, hicieron un ruido espantoso: sus manos temblorosas le impedían buscar la correcta, pero, cuando por fin logró hacerlo el mundo a su alrededor se detuvo y los latidos de su corazón se escucharon por todo el lugar.



El sonido del seguro de la puerta hizo eco en todas las paredes al ser quitado y todo fue en cámara lenta cuando la entrada a esa habitación se abrió…





Oscar entró en estado de alerta al no visualizar a la paciente en su cama. Miró por los rincones de la habitación, no se encontraba en ninguno, entonces, llegó a la conclusión de que debía estar en el baño. Podía salir y esperarla a fuera, pero al encontrarse con la puerta de ese cuarto abierta, supo que algo no estaba marchando bien.



—¿Kimberly? —la llamó entrando completamente a ese sitio que, en esos momentos, le causaba escalofríos—, ¿todo bien? —se aventuró a cuestionar frente al marco de la puerta y al no obtener respuesta, llevó su mano a la radio que mantenía en su cinturón—. Si no me respondes, entraré. ¿Todo bien? —volvió a cuestionar sin éxito alguno.



«Chiquilla tonta, espero y no hayas hecho una estupidez», refunfuñó para sí sintiendo un poco de temor al creerla capaz de cometer un suicidio y el tan sólo pensar que lo hizo en su guardia era…, agh, era mejor no pensarlo.



—¡Entraré! —avisó adentrándose a esa espesa oscuridad del cuarto del baño aunque, no avanzó mucho, procuró estar pegado contra la pared buscando el interruptor.



La imagen que obtuvo al encender la luz no fue algo que hubiese deseado ver: la chica estaba sentada en el piso, a un lado del retrete, al parecer, inconsciente. Recordó cuando asistía las fiestas de sus amigos de la universidad y su suerte de siempre encontrar chicas dormidas o desmayadas a un lado del excusado después de vomitar el exceso de alcohol o drogas que había en su sistema. Siempre se le hizo algo asqueroso y divertido encontrarlas de esa manera. «Por putas», es lo que decía y, después, regresaba a la fiesta, pero esta ocasión, era distinta: no había una fiesta a la cual volver y aquella chica desmayada no lo ocasionó alguna cerveza o pastilla.



El ruido de la estática se escuchó.



—Necesito que traigan ayuda, la paciente del 1014 está inconsciente—informó por su radio y aguantó unos segundos por respuesta: nada—. ¿Alguien me copia? ¡Necesito ayuda! —sin éxito—. En serio, ¿en estos momentos me fallas? —reclamó al objeto dejándolo nuevamente en su cinturón.



Inhaló dos veces todo el aire que pudo y al estar frente a ella, se inclinó para tomarla y hacer que se recargara en la pared: tenía pulso. Notó que el cabello de la paciente estaba mojado ya que se le había pegado al rostro y estaba más oscuro haciendo resaltar su pálida piel y sus ojeras moradas: realmente parecía muerta. «¿Agua del inodoro?», preguntó con asco y pena al quitarle los mechones de cabello de sus frías mejillas.



—Kimberly, ¿qué tratabas de hacer? —preguntó sabiendo que no obtendría respuesta—. Te llevaré a tu cama e iré por ayuda, ¿sí? Sólo tienes que aguantar un poco más —le indicó tomándola de sus brazos para poder alzar su cuerpo sin problema pero al notar los rasguños en la zona de su muñecas, se detuvo—. Estas marcas… son nuevas —murmuró admirándolas con severa preocupación: había sangre seca a su alrededor. ¿Acaso estaba en lo cierto: ella trataba de suicidarse?



Sus brazos pálidos estaban decorados por moretones color verde, sangre seca, rasguños y marcas de pellizcos. Había estado casi dos semanas lastimándose a sí misma sin motivo alguno, su estado era irritable e inestable: unas noches te atacaba, otras veces simplemente lloraba y en una ocasión, llegó a pedirle ayuda pero Oscar nunca supo qué hacer ya que después de eso, la muchacha cayó inconsciente.



Esa no era la Kimberly que él conocía, algo extraño le sucedió y lo que no podía comprender (aunque se tratase de una loca) era cómo demonios llegó a autodestruirse en un abrir y cerrar de ojos.



—Mierda, ¡¡alguien venga al último piso, tengo problemas con Kimberly!! —volvió a pedir ayuda quitándole la vista por unos segundos—, ¡está inconsciente, creo que ha perdido mucha sangre…!



Y la chica que se suponía estar dormida, despertó.



El problema era que no se trataba de “ella”.




El cuerpo de la paciente estaba en su cama, inmóvil, y Tom no veía que su pecho subiese y bajase.



Nuevamente, tropezó al entrar a su habitación.



Avanzaba pero él no sentía que lo hiciera, estaba en un estado ausente el cual le impedía hasta parpadear: ¿qué se supone que iba a decirle? Más bien, ¿qué se supone que debía hacer? Hace unos minutos la hubiera sacado de ese sitio sin dudarlo, estaba decidido a darle una vida normal y también, a tenerla él también. Lejos de todo y de todos. Sólo ellos dos. Pero… ahora, al verla en ese estado, ¿acaso aquello era una buena idea?



¿Con qué iba a mantenerla? ¿En qué trabajar? ¿Cómo es que Kimberly lograría a adaptarse a la rutina de la vida diaria?¿Dónde iban a vivir?... ¿lograrían sobrevivir?



Qué estúpido era.



Bajó su mirada y procurando ser fuerte una vez más, tomó la pálida y fría mano de la paciente estrechándola fuertemente con la esperanza de pasarle su calor. Apretó ligeramente sus labios al tiempo que le quitaba un par de mechones de su frente: sudaba y fue ahí cuando notó que tenía fiebre.



—Perdón por tardarme —dijo sin más acariciando la mejilla de la joven—, ya puedes despertar Kimberly. Por favor, hazlo —rogó—. Hazlo… Kimberly, abre los ojos, ¡hazlo! —ordenó apretando con fuerza la frágil y fría mano de la chica ignorando completamente que tal vez ese gesto la pudo haber lastimado.



Comenzó a inquietarse al saber que Kimberly no iba a despertar pronto. ¿Qué demonios se supone que hacían las enfermeras? Ella estaba mal, ¿cómo no pudieron notarlo? Tenía que ir por ayuda, debía traer al Dr. Jost, ¡ella necesitaba un hospital! No pensaba cometer el mismo error que con Bill.



Un leve movimiento hizo que detuviera sus ideas y volviera a traer toda su atención a la paciente inconsciente: bajó su vista hacia su mano notando que Kimberly comenzaba a corresponder el agarre. Se movía, se despertaba, ¡estaba volviendo! Tom no pudo evitar reír como un estúpido al notarlo y procurando contener aquel ataque, acarició su mejilla emocionándose al seguir sintiendo el movimiento de los dedos de la chica; la sonrisa se ensanchó más, por fin pudo sentir que su cabeza se enfriaba después de tanta tortura. Olvidó todo: lo de Bill, lo de la niña, todo. En ese momento sólo esperaba que la muchacha abriese sus ojos para poder abrazarla y besarla como era debido.



Sí, en ese momento era una necesidad verla despierta. Necesitaba con urgencia ver aquellos ojos cafés oscuros que solamente brillaban al verlo. Necesitaba ver su reflejo en ellos…



Su sonrisa se esfumó e inconscientemente, negó una y otra vez buscando una explicación coherente ante lo que sucedía: la chica había despertado, parpadeo un par de veces y luego, lo miró pero… no había nada en aquellos ojos completamente negros. Estaban vacíos, huecos, muertos, parecía un abismo.



Otra persona diría y aseguraría que era algo absurdo e insignificante el señalar que la mujer que yacía en esa cama tendida no era Kimberly por el simple hecho de que aquella mirada no era la que solía brindarle al guardia. Sí, cualquier persona que no la conociese tan bien diría algo así pero por el contrario, Tom lo hacía y lo hacía muy bien.



Por más estúpido e ilógico que sonase, en ese momento podía decir sin titubear: “tu no eres ella” y señalarla acusadoramente por ser una cruel impostora pero, en lugar de eso, simplemente retrocedió haciendo que sus dedos resbalasen de la mano de aquella extraña mujer. Sus brazos pesaron y su boca se entreabrió al observar como la extraña se sentaba sobre su lugar, girando un poco para quedar sobre el borde de la cama, con sus pies rozando el piso; ella alzó sus ojos vacios y los clavó sobre el guardia haciéndole sentir amenazado e inferior.



—Pensé que no regresarías —habló por fin y Tom pudo sentir como la cólera comenzaba a formarse en la boca de su estómago—. No hubieras regresado, Tom. Estoy mejor sin ti.



Sus puños se apretaron al verla ladear un poco su cabeza para sonreír.



—¡Cómo te atreves a usar su voz!



La sonrisa se hizo más grande, esta vez, mostrando los dientes.



—No te ves muy bien, Tom. Es mejor que te vayas, veo que este ambiente por fin te afectó —explicó acomodándose de una manera grotesca su mechón café opaco detrás de su oreja—. Verás, no te necesito.



Sus brazos comenzaron a temblar. Podía afirmar por el amor que se tenía a sí mismo que se había vuelto completamente loco: si la persona que estaba en frente no era Kimberly entonces, ¿quién era? Su cabeza seguía fría pero comenzaba a dolerle: empezó a recordar su encuentro con Bill, con la pequeña niña que estaba seguro, era Kim y luego, esto. ¿Acaso estaba soñando? ¿Y qué tal si realmente murió allá abajo y este es sólo el purgatorio o mejor aún, su infierno? Era la única explicación para todo lo sucedido y lo más coherente pero, maldición, todo se sentía tan real: incluso esta pequeña discusión.



«La que está ahí… no es la verdadera».



Sus ojos se abrieron al recordar las palabras de la niña que en estos momentos, se estaban convirtiendo en una advertencia que Tom comenzaba a comprender o al menos, eso trataba.



«Ella no es Kimberly —se repitió una vez más—, entonces, ¡¿a qué mierda me estoy enfrentando?!».



Gritó histérico en su interior rogando que alguien fuera a sacarlo de aquella pesadilla.



Él se sintió atrapado y ella se burló: mataría dos pájaros de un tiro.


Nota final: dskfjdskjfhdskjgfaskjdfgdskg se viene, se viene lo bueno & el desenlace, eso creo. Claro, claro, el desenlace no es en el próximo capítulo XDD, pero ya faltan unos cuántos..., ¡muchísimas gracias por leer! *-*

8 jun. 2013

Capítulo sesenta y ocho




Los labios del pelinegro se entreabrieron al sentir un alivio combinado de sorpresa al ver que su amiga Jeny despertaba; la barrera hecha por Kimberly le había afectado de una manera sorprendente, obligándola a retirarse: le estaba quitando energía. Bill decidió acompañarla porque sabía que en esos momentos, se encontraba vulnerable y sus sospechas se confirmaron cuando la chica cayó al suelo para después, quedarse completamente inmóvil.



Jeny había permanecido así un día completo y aquello extrañó a su compañero. ¿Por qué a ella le afectó más esa barrera pero a Sam y a él no? ¿Acaso ella todavía no se recuperaba por completo después de la travesía que Kimberly les obligó a tomar?



Era lo más probable.



Bill, quien yacía de cuclillas a un lado de ella, logró hacer que se enderezara y que lo mirara. Su vista ya no parecía estar cansada aunque seguía anonadada. Ella despertó, eso quiere decir que… ¿Kimberly también lo hizo?



—¡Bill! —exclamó Jeny tratando de ponerse de pie, pero la presión de la mano de Bill sobre su hombro obligó a volverse a sentar. Estaba desorientada, no había duda y también, toda su energía había vuelto a ella obligándola a actuar como si no hubiese tenido el percance.



Ella lo miró confundida ante el freno que le impuso, pero ante la negación de Bill, no tuvo más que encogerse de hombros.



—Es mejor que te tomes las cosas con calma —sugirió masajeando en círculos el área de su espalda.



—Pero, Kimberly… —el chico hizo una mueca y alzó su vista hacia el edificio donde yacía la paciente: sus ojos se entrecerraron al notar que la barrera que había salido de esas gruesas paredes se desvanecía: volvía a sentir la energía de Kim y también…—, debemos regresar, Sam está sola con ella —atajó interrumpiendo sus pensamientos.



—Sí, tienes razón —concluyó ayudándola a ponerse de pie—. Hay que ir, tenemos que aprovechar que la barrera se extingue.



Al terminar de escucharlo, Jeny volvió a entrar al edificio: no confiaba en Sam, no podía por más que se lo proponía y el simple hecho saber que él se encontraba sólo con su amiga la hacían sospechar de que le haría algo… malo. Por otro lado, Bill se quedó inmóvil mirando todavía aquel viejo edificio: podía jurar el haber sentido su propia energía. Pero eso era imposible a menos que…



—¿Estás aquí, Tom?




Arrancaba los últimos pedazos de oscuridad que yacían sobre sus piernas. Era doloroso también y extraño, ya que sentía sus extremidades adormecidas y una ola de insoportable cosquilleo la atravesaban en el momento en que intentaba mover sus piernas. En un intento de ponerse de pie, cayó debido a ese problema, pero, con ayuda de Kimy, volvió a intentarlo y aunque todavía sentía la molestia, está vez, logró caminar aunque fuese en pasos cortos y lentos.



—¿Está cerca? —preguntó algo nerviosa y al ver que la niña asentía sus puños se apretaron un poco—. No quiero que vea mi cuerpo en este estado, ¿qué irá a pensar de mí? Soy una vergüenza.



—¿Tú crees que en estos momentos le importe más tu aspecto que tu bienestar? —cuestionó retóricamente. La chica apretó sus labios: no. Qué tonta al pensar algo así.



Con una estúpida sonrisa negó ante aquel comentario estúpido y siguió avanzando a la par con la pequeña. Debía volver al exterior rápido, ya ansiaba verlo.



—¡Agh! —sin poder evitarlo, cayó sobre sus rodillas al sentir un pulsante dolor en su pecho. Confundida, miró esa zona y se apretó la playera al sentirlo nuevamente: dolía mucho más que cuando la oscuridad trataba de desaparecerla. Esta vez, sentía que alguien trataba de arrancarle su propio ser.



—¡Kim, Kim, ¿estás bien?! —cuestionó la pequeña alarmada y trató de ayudarla a ponerse de pie, pero los constantes quejidos de la mayor se lo impedían.



—Algo sucede —inquirió entre dientes y ante otra pulsada, cerró fuertemente sus ojos evitando soltar un alarido—. Reconozco esa sensación —murmuró con sus pupilas dilatadas—… ¡alguien está tratando de usurpa mi cuerpo! —gritó como si aquel descubrimiento le hubiese caído como agua helada.



Y lo era, ella recordaba algo similar. Hace tiempo… ella vivió ese infierno, pero, ¿cuándo, quién…?



Sus ojos se abrieron de golpe: ¡Sam!



Con Kimy con ella, ¿quién estaba a fuera protegiendo su cuerpo? El maldito estaba aprovechando la oportunidad: debía poseerlo ahora.



El cuerpo de Kimberly yacía recostado en la cama. Perfecto, al parecer la última enfermera que estuvo con ella le facilitó las cosas, ya no había necesidad de moverla: pasó saliva con dificultad, había llegado el momento.



Yacía arriba de su cuerpo. Si Kimberly regresaba, sería incapaz de moverse ya que las piernas de Sam a un costado de las suyas le impedirían aquel acto.



Apretó sus dientes… no quería lastimarla. Sus manos apretaron las muñecas de las pacientes, sus brazos temblaron. ¿Sería capaz de arruinarle su vida una vez más? Si comete el crimen en su cuerpo, la culpable sería Kimberly: la hundiría aún más, ¿podría manejarlo? Pero si no lo hacía, ella se convertiría en otra de las víctimas de ese enfermo Doctor.



Eso no lo toleraría. No, jamás se lo perdonaría, no iba dejarla morir en sus manos.



«Lo siento», repitió una vez más mientras observaba el rostro de la joven paciente.



¿Qué hubiera pasado si él no estuviera muerto y si la hubiera conocido en otras circunstancias? ¿Él hubiera sido capaz de cautivar su corazón? ¿Él sería el que estuviera a su lado y no Tom? Sabía que era un caso perdido sentir algo por otra persona pero no pudo evitar encariñarse con esa mujer. Se había enamorado de Kimberly estando consciente de que su amor nunca sería correspondido, sabiendo que ella lo odiaba y tenía sus razones: por su culpa, se encontraba encerrada en ese lugar. Pero, era momento de terminar todo aquel sufrimiento de una vez.



Lo que venga después, se lo dejaría al destino.



—Terminaré rápido —aseguró en el rosar de sus labios. Si estuviera vivo, en esos momentos, sentiría el calor de su cuerpo al estar tan cerca del de ella.



Tan cerca y tan lejos.



Gruñó por lo bajo, no sentía nada. Mientras que por el otro lado, Kimberly sentía el dolor y desesperación al saber que estaba en desventaja.



—Hay que salir, rápido… —murmuró tratándose de poner de pie—. No hay… no debo permitir que… —pero el dolor hizo que volviera a caer y después, todo se volvió un infierno.



Los ojos de Kimberly se encontraban tan abiertos que Kimy llegó a pensar que en cualquier momento se le saldrían de sus cuencas. No parpadeaba. No hacía nada. Hasta que… gritó: la expresión el rostro de Kimy cambió por uno de horror; jamás la había visto actuar de esa manera, ¿qué estaba sucediendo? Kimberly había dicho algo de “usurpar”, ¿qué significaba eso…? ¿…robar?



Alzó su vista



¿¡Quién demonios le quiere robar su cuerpo!?



—¡¡Salté!! —sus manos sostenían con fuerza su cabeza, yacía de rodillas suplicando que todo ese martirio terminase.



Sam quería entrar en ella, como la última vez. Kimberly creyó el haber reprimido aquel momento pero al parecer, no fue así: comenzaba a revivir ese instante en el cual, su cuerpo había sido profanado. Después de eso, su memoria estuvo en blanco: no recordó nada de lo que ocurrió cuando el intruso estaba en su “recipiente”; parecía como si hubiese dormido todos aquellos días. Cuando volvió en sí, todos la miraban de una manera diferente, le temían y otros la miraban con cólera y ella, no entendía el porqué. Las cosas alrededor de ella habían cambiado y su casi amigo Oscar ya no estaba. Nadie le dijo nada respecto a eso, hasta que el Dr. Baecker llegó con la excusa de que renunció por unos motivos personales.



¿Habrá sido cierto eso?



—Kimberly, tenemos que salir —recordó Kimy jalándola del brazo, tratando de que reaccionara, pero fue en vano—. ¡Kimberly!



—No. Puedo. Moverme.



Kimy se detuvo.


—¿Qué? —los ojos de la mayor giraron hacia ella. Algo estaba mal…



—Ayú….dame…



El cuerpo de la menor se tensó, había alguien más en el lugar. Un intruso…. ¿Sam? Lentamente, se giró sobre su lugar sintiendo como el miedo se apoderaba de ella, ¿qué hacer? ¿Cómo proteger a Kim?



Los ojos de la mayor se cerraron haciendo que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas. Podía ver su cuerpo, era horrible: veía a la perfección como Sam entraba en ella, haciendo que su cuerpo se doblara un poco; sus brazos y piernas se tensaron y sentía algo enorme en su garganta que le impedía respirar.

 


«Salte»



No podía moverse, pero podía mover su cuerpo. Debía sacarlo, Tom llegaría pronto.



«¡Salte!»



Si se acercaba… Sam podría herirlo, ¡no podía permitirlo! Así que, arañó su propio rostro.



«¡¡Salte!!»



Sentía a Sam en esa zona, debía sacarlo, arrancarlo de ella. Así que siguió arañándose, lastimándose, y esta vez, continuó con sus brazos: su maldita energía se esparcía a sus anchas.



Pero no se daría por vencida, ella no podía perder.



—¿Qué se supone que haces? —cuestionó la menor al intruso.



Sam podía sentir los golpes de Kimberly, lo retenían, no podía avanzar más pero eso no lo expulsaría de su interior. Era inútil, él ya había entrado y no saldría hasta cumplir con su cometido.



Kimy gritó, algo ocurría: la oscuridad comenzaba a alzarse contra ellas, ¿acaso planeaba comerse a Kimberly una vez más?



—Ve… te —escuchó por parte de la joven pero Kimy negó con fuerza.



—¡¡No saldré sin ti!! —chilló y las pupilas de Kimberly se dilataron al ver como la oscuridad cubría a la pequeña con su inmensidad: se la había tragado por completo y lo último que pudo escuchar de ella fue un grito de dolor y miedo.



«¡¡Kimy!! —gritó en silencio entrándose en un mar de llanto—, te dije que te fueras, ¡¡te dije!!», maldecía queriendo destruir todo lo que estuviera a su alcance. Sus pensamientos fueron cortados al notar que el intruso se acercaba a ella, junto esa gran inmensidad de oscuridad. Maldición. No podía perder, no ahora que Tom estaba cerca, ¡no podía perder la razón!



—Esto es por el bien de todos —logró oír y ella, sólo apretó más sus ojos.



«Tom… Tom… perdóname»





Cada vez era más difícil respirar. ¿Acaso es una trampa? ¿Baecker sabía que vendría? Estaba casi semiinconsciente, tirado en un escalón tratando de recuperar el aire posible para seguir avanzando. No podía rendirse estando tan cerca de ella, no podía desmayarse ahora, no.



El maldito olor a quemado estaba invadiendo sus sentidos, ¿acaso había un incendio? Si era así, debía salir lo más pronto posible de ese sitio. No es que pensara en que iba a morir pero simplemente, si eso llegase a pasar, sería patético hacerlo en ese hospital.



Su cabeza se movía de un lado al otro. Seguía luchando en no desfallecer aunque sus ojos se estuviesen poniendo en blanco y le doliese respirar: estaba próximo a verla, sus esfuerzos no podían quedarse sepultaos en ese sitio.



«Kimberly debe saber… que estoy aquí —se repetía una y otra vez obligando a sus ojos a abrirse pero…— ¿Bill?», logró cuestionarse.



Comenzaba a ver oscuros bultos quienes lo rodeaban y robaban su espacio. Mierda, ¿acaso murió ya y esos seres son servidores del infierno? Venían por su alma y no había forma de escapar, ¿cierto? Qué débil y patético era. Su madre tenía razón: era un inútil, no podía hacer nada bien; ni siquiera… logró ver por última vez a la chica quién en verdad ha querido.



Está bien, merecía pudrirse en ese sitio.



—Levántate —uno de esos seres le habló haciendo que su vista dejara de ser borrosa.



Tom pudo distinguirlo, con el simple hecho de escuchar su voz sabía de quién se trataba y entonces, se dio cuenta que no estaba muerto y mucho menos, se encontraba en el infierno. Si él estaba ahí, significaba que estaba a salvo.



—¿B… Bill?



—¡Levántate y ve con ella! —exigió y Tom soltó una estúpida sonrisa.



—¿Qué haces aquí? Tú no estás muerto, idiota —recordó cerrando con pesadez sus ojos—. Así que ve a casa…



El menor de los Kaulitz apretó sus labios.



—Lo sé. Pero vine a sacarte de este lugar para que de una vez por todas, rescates a Kimberly de su encierro —sus puños se cerraron y tembló un poco al saber que aquellas palabras tuvieron efecto sobre su gemelo: Tom, aun débil, se enderezó y trató de poner sus ideas en orden.



Extendió su mano, pero la cerró al recordar que sería una idea estúpida. Pero, debía hacerlo, era su hermano y como su deber, necesitaba ayudarlo.



Tom abrió sus ojos y lo miró anonadado. ¿Esto era un sueño? Se sentía y veía tan real: la sonrisa de Bill, el tacto con de su piel. Su hermano estaba vivo y estaba frente a él, alguien, por favor, ¿podía explicarle lo que sucedía?



—¿Regresaste? —cuestionó siendo levantado por él. Bill negó—. Entonces… ¿cómo es posible que… tu estás… pero… cómo…?



—Soy tu gemelo —dijo sin más—. Yo siempre estaré para cuidarte Tom, «ahora, es mi turno de hacerlo». Ahora vete, ¡no pierdas más tiempo!



El mayor de los hermanos estaba envuelto en una ola de sentimientos que no sabía interpretar: ¿irse y dejar a Bill? ¿Quedarse y dejar a Kimberly? Negó fuertemente. No iba a abandonar a ninguno de los dos.



—Más vale que regreses pronto, sino, regresaré a buscarte y sabes que eso no será bueno —amenazó desviando su mirada. Nunca lloró frente a él y no comenzará a hacerlo ahora: él era fuerte y lo era por su familia, por Bill.



El chico rió.



—No sabes cómo hacerlo —y ante esa respuesta, Tom le dio la espalda: estaba a punto de partir…



—Lo averiguaré.



Bill se erguió y asintió sintiéndose orgullo al tener a ese sujeto como su gemelo. Tom no vio aquel gesto, había continuado su camino dejándolo atrás con todos los seres quienes cazaban por energía: Kimberly los había debilitado al extremo obligándolos de alguna manera a permanecer en ese sitio. Al sentir la fuerza vital de Tom, era de esperarse que todos se lanzaran contra él.



El cuerpo del menor se tambaleaba ante los leves empujones que recibía de “aquellos”: uno de ellos, una mujer calcinada, trató de seguir al mayor, pero una extraña barrera se lo impedía y aunque ese lugar era una zona despreciable para permanecer, Bill no se movió y su sonrisa no se borró en lo más mínimo.



Extrañaba demasiado a su hermano y agradeció tanto la oportunidad que se le dio: pudo hablar nuevamente con él. Tal vez iba a hacer la última o tal vez, se le presentaría otro chance. Sea lo que sea confirmó que su gemelo jamás cambiaría: él siempre sería el fuerte, inteligente y el responsable de los dos.



—Lo sé, Tom —contestó.






Sus piernas seguían temblando ocasionando que tropezara ya en varios escalones, pero eso no logró detenerlo, no en esta ocasión. Ya faltaba tan sólo un piso y por fin toda esta pesadilla se detendría.



—Ya estoy aquí —avisó a la imagen mental de la paciente: desprotegida, frágil e inmóvil—, ¿me escuchas? ¡Ya estoy aquí, Kimberly!



Nota final: Honestamente, no me gustó este capítulo. No me quedó como tenía planeado, pero al menos logré hacer la parte de Sam kdjfhskjg *-*, ¿es triste decir que me he enamorado de él? :c. Espero y a ustedes les agrade la lectura, lo siento muchísimo si no es así, en verdad:(.
Los quiero!!
 

7 jun. 2013

Capítulo sesenta y siete




El cuerpo le ardió una vez más. Esta vez, la oscuridad logró arrebatarle un gemido de dolor: estaba llegando a la agonía.




Podía sentir que su cabeza se sumergía en una laguna de recuerdos que para ella no tenían sentido alguno. Esa pareja con aquella pequeña, ¿por qué ve a esa familia?, ¿por qué siente esas inmensas ganas de llorar al ver a esa niña reír con sus padres?




Parecía ser una familia perfecta. Que envidia, lo que ella hubiera dado por tener unos padres así.




«”…” ¡es hora de jugar con mami!»




Kimberly sonrió. Aun tenía (poca) memoria sobre el tiempo en que todo era “normal”: cuando sus padres amaban jugar con ella. Justo como esa familia.




«¡Sí!, ¿haremos más soles?»




Su boca y sus ojos se abrieron de golpe al tiempo que podía escuchar no muy a lo lejos la enternecedora risa de aquella mujer. —¿Soles? —balbuceó por lo bajo obligando a su mente dejarla ver más.




Su poco cuerpo comenzó a temblar y los ojos rojos comenzaban a doler debido a las lágrimas que forzaba retener. Ella hacía “soles” y su mamá…




«No “…”, no son soles, son girasoles y no las haremos, las plantaremos».




… nunca se cansaba de corregirla por aquellos errores.




—¿Ma… má? —murmuró notando con lentitud como aquellos extraños y borrosos recuerdos se hacían cada vez más claros y nuevamente, todo empezaba a tomar sentido: aquella familia no eran unos desconocidos… eran sus padres y esa pequeña niña, era ella.




Todos esos momentos era cuando no existía problema alguno, cuando la hija de los Höhner era el tesoro más grande y el futuro de la familia. No importaba si el primogénito fuese una mujer, no dudaban en lo más mínimo: Kimberly, sería quien llevaría el apellido de su familia hasta lo más alto. Era una niña deseada, amada y la consistían en todo lo posible y aun así, era una persona con ángel, amable e inteligente. Era una niña feliz, era… era la hija perfecta.



«La perfección no existe».


Encontraron el defecto a aquel futuro sin baches: su hija… ella, sería una loca.



—No… —esas dos palabras salieron casi en un suspiro, borrándolas en el acto.



La imagen familiar comenzaba a alejarse: su padre a la izquierda, su madre a la derecha y ella en medio, siendo abrazada por los dos. Los tres sonriendo, los tres creyendo que su vida sería normal y que estaría llena de bendiciones.



“… ¡deja de dibujar esas cosas! Ellos no ¡existen!”, la voz de su padre resonó fuertemente en sus oídos haciéndole recordar completamente todo lo que había reprimido de ellos, de esos momentos de tensión.



—No. Por favor. Ellos existen. Me lastiman. Créeme —imploró a la silueta del hombre: le daba la espalda.



Sus brazos estaban siendo carcomidos por la oscuridad, pero aun así, sentía que mantenía uno de ellos alzados, tratando de detener en vano a ese hombre quién en un momento juró protegerla y quererla sobre todas las cosas. Esa persona quién le decía “princesa”.



—Papá… vuelve —su labio inferior tembló—, ¡cuídame! Es tu deber, ¡no te vayas! —sacudió su cabeza bruscamente al sentir como una maldita lágrima rondaba por su mejilla. ¿Llorar por su padre?, ¡pero si él fue el primero quien la abandonó! Su amor era falso, nunca tuvo fe en ella. Se avergonzaba, sí, sentía vergüenza y humillación al ser el hombre cuya hija tenía que vivir en un manicomio… «Maldito».



Mierda, otra lágrima más. Pero, esta vez, no era suya.



—¿Mamá?



La última persona que creyó jamás la abandonaría. La que se supone sería incapaz de traicionarla, la que debía estar siempre a su lado y amarla a pesar de las circunstancias, estaba ahí, sonriéndole artificialmente y mirándole con decepción y pena.



Era su madre, se suponía que debía darle su apoyo. Kimberly había nacido de ella, ¡era su hija! Y por lo mismo… debía dejarla. ¿Cómo, una hija de Carla Höhner, pudo haber salido “defectuosa”? ¡Era inaudito e imposible! Ella, no podía ser su heredera, era una…





«Bastarda»



—¡No puedes decir eso de mí! —gritó entre dientes sintiéndose impotente al ver como la imagen de su madre se alejaba dándole la espalda, negándole amor y apoyo. Dejándole morir por su cuenta—. ¡Soy tu hija! —sus mejillas estaban completamente empapadas, ¿el lado bueno? Sus ojos ya no dolían—, no puedes dejarme aquí, ¡sácame de este lugar! ¿Me oyes? ¡Mamá… mami…! —sus gritos se hacían menos intensos. Toda la ola de furia que sintió en el momento se desvanecía haciendo que volviera a retomar sus sentidos: recordó donde se encontraba, en el abismo y que moriría en cualquier instante.



«Quiero volver a hacer soles contigo», pero no quería morir sola.



No tenía de otra, ¿adónde acudir? Si regresaba a su encierro, seguiría estando alejada de la humanidad. No vería al Dr. Jost ni a Gustav… y Tom, dios, estaba más que claro que él no regresaría. Jamás se perdonaría por eso.



Por su culpa, hicieron que alejaran al único hombre que supo amarla, a pesar de estar encerrada en un psiquiátrico. No sabía con exactitud lo que le hicieron después de que lo sacaron de la habitación pero no pudo dejar de pensar en las posibilidades y eso la hacía sentir peor: tal vez lo golpearon, tal vez lo amenazaron, tal vez esto, tal vez lo otro. Sea lo que sea, era su culpa y Tom no volvería.



Lo había perdido para siempre y ese era un hecho.



Entonces, ¿para qué volver? Era mejor resignarse, su destino era vivir y morir sola. O… mejor dicho, vivir y morir con “ellos”.



Su labio inferior tembló: ¿por qué ella? ¿Por qué de todos los seres vivientes le tocó a ella vivir con ese sufrir? Bill le había dicho anteriormente que era un don, uno que tenía que aprovechar al máximo: ella era la salvación de aquellos que la lastimaron en un pasado y por un momento, llegó a aceptarlo. Pero ahora, nada tenía sentido: era ella la salvación de ellos pero, ¿y quién mierda la salvaba a ella?



No era justo.



No lo era.



—Y no lo es.



—¿Kimy? —preguntó sintiéndose exhausta. Sus ojos ya no podían estar abiertos un minuto más y por el poco juicio que le quedaba, ya no quería hablar. Le dolía, todo le dolía—. ¿Qué haces… por qué no te vas? —como ellos lo hicieron.



La niña dejó su pelota morada a un lado y se sentó en cuclillas cuidando que su largo vestido floreado no se arrugara.



—Estoy esperándote. Saldremos juntas.



Kimberly rió con ironía.



—Yo no saldré de aquí, tonta. Yo moriré en este lugar pero tu… tu eres libre, vete lejos y haz lo que quieras, « tu que puedes, sé libre, por favor… que al menos… mi memoria lo sea».



Sus cansados ojos alzaron su vista al sentir una cálida mano acariciar su rostro: la pequeña apartaba mechones de cabello que ocultaban sus lindas y, a la vez, maltratadas facciones. Cuando terminó sonrió.



—¿Te vas tan pronto?



Sus pesados parpados se cerraron y con dificultad asintió.



—Ya duré demasiado… ¿no crees?



La menor hizo una mueca.



—¿Y qué pasará con ellos? —con las pocas fuerzas que quedaban, abrió sus ojos una vez más y pudo sentir como las lágrimas volvían a ella. Qué hermosa imagen le había brindado su memoria esta vez.



—Dr. Jost… Gustav —murmuró sintiendo como su voz se debilitaba.



—¿Los dejarás solos? —la chica no respondió: mantenía sus labios apretados con fuerza procurando no soltar más sollozos.



Ya no quería llorar, pero al saber que no volvería a ver a las pocas personas que en verdad se preocuparon por ella… la hacían sentir… despreciable.



—¿Y con él? ¿Qué pasará con él?



Una leve flama en su interior se encendió y cualquiera podía jurar que un brillo de vida logró gobernar en sus pupilas por unos segundos. “¿Qué pasará con él”, se repitió esa pregunta mentalmente al ver a su amado y tonto guardia sonriéndole ingenuamente. Aquel gesto que le decía que confiaba en ella y que pasara lo que pasara, para sus ojos, era una mujer. Una hermosa mujer que era sólo de él.



—Sólo le causo problemas —dijo sin más con un hilo de voz—. Será mejor así… lo nuestro… lo nuestro fue un error.



La menor parpadeo simultáneamente.



—¿Un error? —repitió—. Uh… y si fue un error, ¿qué hace aquí?



—¿Q… qué? —la miró con sorpresa y después, fijó su vista en aquella imagen donde todas sus esperanzas se mantenían vivas.



—Él está aquí, ¿no lo sientes? Regresó por nosotras, ¡regresó por ti, Kim!



La chica lloró a más no poder. Su débil cuerpo había mantenido todos aquellos sentimientos encerrados en una pequeña burbuja que explotó al no poder guardar otra emoción más.





«¿Tom?»



Él le sonrió.



«Te lo juré Kimberly… yo nunca te abandonaré»



Kimy sonrió para su interior y orgullosa, se puso de pie. Todo había terminado, por fin.



—Es hora de irnos Kimberly. Hay que volver.





Había olvidado por completo que se trataba de un edificio viejo. Pero no importaba, confiaba en su compañero y mientras llegase lo más pronto posible, mejor.



—Es lo bueno de crecer en este lugar —exclamó Gustav girando en un estrecho pasillo. Tom y el Dr. Jost trataban de seguirle el paso en silencio. Ninguno de los dos conocían aquellos pasadizos secretos y más bien, eran zonas abandonadas del mismo hospital.



—¿Seguro que aquí no hay cámaras? —cuestionó el Doctor por segunda ocasión.



—La instalación de esos aparatos vino años después de cerrar estas zonas —informó llegando a una puerta de madera que estaba siendo comida lentamente por las termitas.



Tom, quien permanecía atrás de los dos hombres, apresuró el paso al estar seguro de lo que se trataba. Detrás de esa puerta, yacían las escaleras que lo llevarían con ella. Su cabeza se enfrió olvidando todos los peligros y consecuencias que conseguiría si fuese descubierto, olvidó también, que trabajaba para un agente de la policía. Olvidó que fue amenazado por el mismo Baecker y también, se olvidó de sí mismo. Sólo importaba Kimberly. Debía verla, abrazarla, besarla.



Debía sacarla.



El ruido de unas llaves se escuchó cerca de su rostro y cuando reaccionó, tenía el juego de unas llaves en frente suyo. Desorientado, miró a Gustav quien mantenía su semblante serio para ocultar su nerviosismo.



—Tómalas. Nosotros te esperaremos aquí —Kaulitz asintió y sin decir nada más, le arrebató las llaves.



—Te damos una hora —fue lo último que escuchó antes de tener una pequeña pelea con la vieja puerta.



Después de dos golpes logró abrirse llevándose de encuentro una gran nube de polvo cuyo olor era desagradable. No pudo evitar toser y cerrar por unos segundos sus ojos: basurilla le había caído dentro ocasionando un leve ardor.



Sacudió su cabeza rápidamente y aun con su vista borrosa, se adentró en busca de las escaleras. Ahí fue cuando se percató que yacían en el sótano del hospital. Había sido desmantelado debido a las “remodelaciones”, nadie se atrevía a entrar ahí por absurdas historias infantiles sobre que estaba embrujado. Decían que pacientes que fallecieron en el lugar se aparecían. Estupideces, los fantasmas no existían.



—Kimberly, por favor… aguanta… ¡por favor!



Su nariz volvió a molestarle: otro olor se había escabullido, nuevamente, olía a quemado. No, esta vez, olía a un cuerpo calcinado.



«¿Qué… significa esto?»



Sus ojos comenzaron a llorarle, el dolor era insoportable. Pero… no podía darse el lujo de detenerse.





El aura color morado era cada vez más débil. Las descargas azules se iban desvaneciendo y la neblina era casi inexistente. ¿Kimberly había muerto al fin? No, eso no era.




Inquieto, se puso de pie y caminó hasta donde la barrera comenzaba. Sí, pudo confirmar que la energía era débil, ¿acaso Kimberly estaba recuperando la consciencia?




Su cuerpo se tensó.




—¡No permitiré que eso ocurra!




Una leve descarga sucedió en frente suyo deteniendo su paso. ¿Era seguro entrar? Desconfiado, por no decir, “temeroso”, adentró su mano derecha a aquella barrera de fuerza: se sentía cálida, no ardía. Con un poco más de valentía, adentró ahora su mano izquierda y cuando pudo razonar, ya se encontraba dentro de la protección que Kimberly había creado.




Era el momento de actuar.




—Lo siento Kimberly, ¡pero debo hacerlo!








Nota final: Kimberly regresóooooooo kdfhsfkjsdh, ¿cuánto durará el encanto? ¿Tom llegará a tiempo? o.o

2 jun. 2013

Capítulo sesenta y seis





Sus nudillos perdían color y el frío en su piel había ocasionado que sus mejillas y nariz se tornaran rosas. Hoy no había nieve pero sí impotencia.



Gustav apretaba sus puños cada vez más. Éstos descansaban sobre uno de sus gruesos libros de medicina de cuarto año el cual quería aventar, patear y destrozar ante la ola de sentimientos frustrados que sentía: estaba tan cerca de ella y aun así, ¿no podía acercarse? No, no podía ser posible. ¿En qué momento el Director la había aislado? ¿En qué momento ganó?



El rubio parpadeó anonadado, volviendo en sí y desorientado, miró a su alrededor notando que el patio yacía vacío. Pues claro, con aquel frío infernal, ¿quién estaría afuera? Sacudió su cabeza tratando de recobrar sus cinco sentidos y cuando sintió que el calor de su cuerpo volvía a él, se levantó llevándose su grueso libro de pasta azul con amarillo debajo del brazo; sus hombros se encogieron al instante y sin más, volvió al interior del recinto.



“Ganar”. La pregunta correcta era, ¿desde cuándo Kimberly se volvió una competencia? Había algo extraño en todo esto: la persistencia de Baecker de dejarla apartada de los demás no era normal. Kim no se lo merecía, ha tenido una buena conducta y se ha permanecido estable. Ya no atacaba a ningún empleado y todo eso comenzó desde el día en que Tom llegó. ¿La ignorancia de su compañero logró acaparar la atención de su amiga? Hizo una mueca, tenía sentido: Tom no sabía lo que era mantener límites, todavía no estaba relacionado con ese mundo y era… normal que viera a los pacientes como si se tratasen de personas comunes que uno ve y habla con ellos en su entorno estable. Y luego, concluyó que al final logró comprender que no eran iguales pero… con ella, con Kim, siguió viéndola y tratándola de la misma manera: como una persona. Aunque a veces, y lo sabía, la juzgaba.



Y no lo culpaba, era normal. De alguna manera.



—¿Roy volverá?



—¡Qué! No me digas… ¿apoco ya salió del coma?



Sus puños volvieron apretarse al oír fugazmente la conversación de esos intendentes, pero logró calmarse al cerrar sus ojos y contar mentalmente hasta tres.



Roy, ese maldito de Roy y los malditos chismes estúpidos que giran en torno a él: que si estaba en coma, moribundo, que perdió un ojo, que si esto, que si el otro. Estaba harto y claro, no había que mencionar los comentarios que habían sobre Tom: que se volvió loco, que tenía problemas de conducta, que siempre fue agresivo, que una vez intentó agredir a alguien más… que estaba enamorado de esa loca…



Bueno, ¿y qué si así era? Se sintió tan mal al no poder defender a su amigo a tal grado. Todo se había salido de control: la llamada de Georg, su llegada al hospital, el comportamiento extraño de los empleados. Recordó cómo se había sentido alrededor de todo aquel desastre: perdido. ¿Qué demonios había pasado en menos de una hora? Se sintió desorientado y por más que se acercaba a sus compañeros no tenía idea de qué demonios les preguntaba ni estaba al tanto de que era lo que le respondía: estaba ido, ausente y no podía escuchar sus propias palabras.



Lo único que relacionó fue “Roy, 1014, Kaulitz” y fue ahí cuando trató de poner sus ideas en orden y pudo pedir que explicaran las cosas desde el principio: nadie supo qué demonios había ocurrido, pero en las diferentes historias, llegaron a un punto en la que coincidían con algo: Roy estaba en el cuarto, Tom entró y fue ahí cuando todo se salió de control. Más nadie sabía la razón exacta de esa tan extrema discusión. Ahora, la paciente se encuentra en completo aislamiento y son muy pocos los que pueden ir a verla: Baecker se puso estricto.



Pero Gustav sabía el motivo de la pelea y otros más también, pero los demás no querían hablar porque tenían miedo del Director ya que, Roy, en ese momento, era su protegido. Los que tenían un poco más de años en el hospital conocían muy bien a ese bastardo, lo asqueroso que era y lo poco hombre que se comportaba en el momento de tratar a una hermosa mujer. Varias enfermeras se habían quejado ya, pero nunca nada pudo comprobarse. Él siempre se salía con la suya y todavía era un misterio de cómo lograba zafarse de tales acusaciones de acoso. Otro guardia, hace un par de años, aseguró verlo aprovecharse de una paciente pero ahí nadie metió mano, ya que, claro, ellas no tenían ni voz, ni voto. Ya estaban solas como quiera. Y Gustav tampoco pudo hacer nada, ya que pruebas no tenía.



Pero en el momento en que Georg le habló y le dijo que Roy había entrado a la habitación de Kimberly y, desde luego, solo, sabía muy bien que no se trataba simplemente de una amigable visita. Maldito desgraciado. Aunque no conocía muy bien a Tom, estaba seguro que él no era de los tipos que se pelean sin razón: Roy debió de haber hecho algo indebido, lo sabía, lo sabía muy bien, y por eso, tenía bien merecida esa paliza. «Lo hubiera matado», pensó sin rodeos. Ya que si no lo hubiera hecho Tom, lo hubiera hecho él.



Nuevamente, se sentía tan impotente e inútil. Necesitaba ir al último piso, estar con su amiga, darle todo su apoyo y su tiempo, recordarle que no estaba sola. Pero ya habían pasado tres días y algo le decía que todas esas intenciones serían en vano: ya ha escuchado más rumores de las pocas enfermeras que tienen permitido estar con ella y todo indica, que su estado está deteriorando. No habla, no come, permanece en un solo lugar y con esto, aseguran que tampoco duerme. Aquello, al igual que al Dr. Jost y a Georg, le preocupa: ella, en ese estado, sólo significa un peligro hacía ella misma y hacia los demás.



Gustav no podía permitir que aquello volviera a suceder, no, otra vez no, ¿pero qué hacer? Si se le descubría rondando por ahí, se le despedirá al instante y sería completamente imposible verla. Estaría en la misma situación de Tom.



Pesadamente, se masajeó sus parpados, desacomodando un poco sus lentes con armazones negros. La ausencia de Tom, también era un factor que estaba deteriorando la salud de su amiga. No era necesidad de preguntarle para saberlo, era algo obvio. Lo necesitaba a su lado ya que había comprobado que él se había convertido en su soporte y ahora, al saber que se encontraba lejos, eso la hacía decaer.



Maldito Baecker: primero Jost, luego él, después Tom. ¿Por qué? ¿Cuál es la necesidad de tener a los que más la quieren alejados? O simplemente, «¿estoy exagerando?, mi mente no piensa bien. Tal vez estoy culpando al Director de algo que puede ser simplemente coincidencia, ¿qué tal si nadie se esperaba lo de Roy? Pero, sí es así… ¿por qué Baecker alejó al Dr. Jost desde hace tiempo?»



Era un infierno trabajar ahí cuando todos estaban al tanto del problema y cuando el ambiente, en esos momentos, se podía cortar fácilmente con un cuchillo. Era tan tenso, que todos podían verlos. Y Gustav, él sólo tenía en la cabeza a su amiga, quién sufría en su encierro y qué le hacía cuestionarse por su ahora futuro incierto. ¿Qué harán con ella?



Luego, otra pregunta vino a su cabeza, ¿acaso Tom se daría por vencido y no volvería nunca más? ¿Lo de su amorío con ella simplemente fue una insignificante aventura?



Sus dientes se apretaron: más vale, por su vida, que no fuera así.



—¡Dr. Jost! —exclamó dispersando todos aquellos pensamientos. Se acomodó sus lentes y curioso, caminó hacia él: sus facciones indicaban que estaba molesto, ¿algo malo habrá sucedido?



—Ahora no, Gustav —aseguró pasándolo por largo.



—Pero, doctor, ¿pasa algo? —calló unos segundos y antes de dar un paso en falso, cuestionó—acaso… ¿acaso sucedió algo con Kimberly?



Los fuertes pasos de su superior se detuvieron. Gustav, inquieto, se quedó en su lugar pasando saliva con dificultad al notar que Jost giraba un poco su cabeza, lo suficiente para poder ver su perfil.



—No permitiré que vuelvan a lastimarla.



Los labios del rubio se entreabrieron al volverse a escuchar los huecos pasos del hombre para después, perderse en el pasillo.



“Volver ¿a lastimarla?”, repitió vagamente en su cabeza. Por todos los cielos, ¡qué demonios pasaba!



—¡E-espere, doctor! —pidió dispuesto a ir tras él pero, el vibrar de su celular lo detuvo.



Quejándose en secreto por tal importuno suceso, sacó su aparato fijándose en la pantalla verde con letras negras. Sus ojos se abrieron sin poder evitarlo y con movimientos torpes (al grado de colgarle accidentalmente), atendió la llamada.



—¿A-afuera? —balbuceó sintiendo que era observado por ojos traidores, pero estaba solo. No había más que esas paredes color blanco enfermizo y sintiendo por un momento su cabeza fría, pudo razonar que esa era oportunidad perfecta que tanto anhelaba—. No, no. Voy por ti.






—¿Cuándo regresa?



—No lo sé —informó la asustada secretaria—. No me dijo hora, lo siento mucho Doctor s…si quiere, trato de localizarlo —informó levantando el teléfono dispuesta a comenzar a marcar los números.



David negó y mentalmente, contó hasta diez: desquitarse con la secretaria no era algo bueno. Ella era inocente, después de todo.



—Está bien, déjalo. Pero cuando regrese… asegúrate de informarme, ¿está bien?



—S… sí, Doctor.



Baecker haciendo de buena criatura. Ir a visitar a Roy, ¿desde cuándo se preocupaba por sus empleados?



—Tonterías —murmuró dándole la espalda a la joven mujer, rubia, alta, ojos azules. Una alemana bonita, hasta eso, Baecker sabía escoger a sus secretarias.



—Dr. Baecker —escuchó que alguien se acercaba. Tratando de mantener la calma, metió la mano en los bolsillos de su abrigo tanteando con las puntas de sus dedos la caja de cigarrillos. Dios, como necesitaba uno en esos momentos.



—Te dije que ahora no, Gustav —recordó, sin verlo.



—Lo sé, pero esto es importante. Y lo incumbe a usted.



El Dr. Jost encarnó su ceja y miró al joven por el rabillo del ojo. Estaba agitado y su mirada era dura: él no acudiría a su presencia si no fuera por Kimberly.



—Importante, dices…






Aquel lugar se estaba haciendo muy sofocante para la pequeña. Si seguía ahí, estaba segura que se desvanecería y no podía dejar que eso pasara: ella no debía morir, porque si eso pasaba, Kimberly moriría también.



—Kimberly… come, por favor… come —rogaba apretando la mano de la mayor.



Kimy se encontraba sentada en el piso, recargada en la cama. No podía levantarse, ya no tenía fuerza para hacerlo. Era algo tonto, ya casi no podía mantener sus ojos abiertos, le dolían si hacía esfuerzo. Con la poca energía que le quedaba, levantaba su cabeza tratando de visualizar a la chica: seguía en esa misma posición, su cabello ya estaba más maltratado y duro y sus ojos… sus ojos no daban señales sobre si había alguien dentro de ese cuerpo: ¿acaso Kimberly dejó este mundo hace ya días? No. Eso era imposible, ella no podía morir tan fácilmente… no debía, no podía…



—Kimberly… por favor… come —pidió sintiendo como su cuerpo no respondía: se estaba ladeando—… come…



Pero el cuerpo de la chica no reaccionó.



Aquellos ojos, ahora negros era el reflejo dónde yacía el alma de Kimberly perdida. Era su abismo: la oscuridad se comía poco a poco su ser, ya casi no quedaba nada. Sus piernas, su torso, y la mitad de sus brazos no existían. Podía sentir cuando la oscuridad avanzaba más sobre ella porque le dolía.



“Ardor”, fue lo que mejor pudo describir aquella sensación. Era como si le arrancase un miembro de su cuerpo, ¡sí! Eso era: la oscuridad se la estaba comiendo poco a poco. Vaya, ¿acaso ese era su destino? ¿Morir en aquel lugar?



Bueno, ¿qué más podía pedir? Era la mejor manera de abandonar por fin esa vida: en soledad y en silencio. Así fue siempre en lo terrenal, ¿no? Incluso cuando vivía con aquellas personas que solían llamarse sus padres, se encontraba sola.



—Me abandonaron —murmuró al ver a lo lejos el recuerdo de una familia quienes jugaban feliz con su hija menor a la pelota. El pasto era demasiado verde pero unos círculos amarillos resaltaban en cada esquina: girasoles.



A aquella señora le gustaban los girasoles. Ella misma los plantaba, era una fanática de la jardinería: varias veces, trató de enseñarle a su hija como cuidar de ellos y de otras flores, pero era imposible, la niña todavía era muy pequeña y prefería jugar con tierra que cuidar de ella. Era normal y al parecer, a las dos personas de ahí les alegraba aquel gesto. Reían: el hombre abrazaba a su mujer mientras veían como su hija jugaba con las palas del jardín en un bulto pequeño de tierra.



La niña se veía feliz también, eran una bonita familia…



—¿Quiénes son ellos? —preguntó con su ceño fruncido desvaneciendo aquellas imágenes—. No logro… no logro recordar sus rostros…



Era una familia, ¿no? Pero… ¿por qué los veía, por qué en estos momentos?



La boca de Kimberly se entreabrió. Estupefacta, apretó sus labios sintiendo un salado sabor, el de las lágrimas.



«¿Estoy llorando? —se preguntó sonriendo con ironía—, ¿todavía se me es posible llorar? Vaya, lo más sorprendente es… que no me detengo. Me siento triste, siento muchas ganas de llorar al ver aquella familia y al verlos reír. ¿Por qué lloro por ellos? No los conozco, más sin embargo, anhelo hacerlo. Por eso lloro, porque quiero saber quiénes son. Me hacen sentir un vacío, es el mismo vacío que siento al no tener a Tom a mi lado. ¿Quiénes son ellos y por qué son tan importantes para mí? ¡Alguien, por favor, dígame!»



—¡¡Por qué estoy llorando!!



El cuerpo de Kimy volvió a reaccionar. La niña, asustada ante la fuerte energía que le golpeo, se levantó alejándose un poco de la chica.



Confundida, se llevó su manita a su mejilla: estaba húmeda, ¿acaso había llorado? No lo recordaba. Tal vez, lloró mientras yacía inconsciente o… tal vez…



—¡Kimberly! —la llamó corriendo hacia su cuerpo—. Kimberly, dios, ¡¿estás ahí?! ¡Kimberly! —desesperada, la zarandeó. El cuerpo de la chica seguía sin responder y el maltrato hacia ella se detuvo al notar algo: lágrimas—. Tú… tu estás llorando…



Anonadada, la soltó.



Una pequeña descarga nuevamente sucedió a su lado, pero esta vez, hubo algo distinto: fue débil. Kimy muy apenas y la sintió; había sido como un cosquilleo en su brazo. ¿Qué sucedía? Miró a su alrededor, la bruma no era tan intensa como antes, ya se podía mirar en la habitación y los rayos azules eran menos. Acaso… ¿acaso Kimberly estaba volviendo?



—¿Qué…?



Su cuerpecito se tensó completamente. Había logrado captar la energía de alguien más, de una muy conocida por ella. Llevándose una mano a su pecho, miró a la nada pero a la vez, sabía que aquella dirección daba a la entrada del hospital: él había puesto un pie en la institución. Sí, era él, ¡estaba segura!



—Kimberly, ¡Kimberly! —la llamó emocionada retrocediendo sin dejar de mirar a la nada—. Tom volvió… ¡él por fin está aquí! ¿Lo sientes, verdad? ¡Él está aquí! —dijo mirándola fugazmente por el rabillo del ojo. Su mano bajó y pudo sentir como una extraña tranquilidad regresaba a su ser—: Por fin estás aquí, gracias… gracias por volver.



El chico cuya apariencia es juzgada por su extraño look esperaba escondido entre los carros estacionados fuera del nosocomio al guardia rubio, quién al principio no era su mejor compañero, ahora, se volverá su mejor aliado.



—Ya estoy aquí Kimberly, ¡sólo un poco más!

Nota final: escribiendo como una loca x.x, aun no estoy a gusto. Sólo me han dado el resultado de dos materias y tengo siete en total jdkfskjadg. No me gusta ser así, siempre me pongo demasiado histérica cuando de calificaciones se trata :c no me gusta dejar en segundas y bueno, ya no hablaré de eso xd. Espero que les guste este capítulo *-* trataré de seguir escribiendo en estos momentos, ya que tengo la idea y oh por dios, mi idea las hará infartar e_e en fin egh... necesito hacerle un cambio a mi blog. tengo cosas que agregar y quitar e.e hah eso no es importante xd, en fin. Muchas gracias por leerme *-*

PD. Para todas aquellas que les gustaba/gusta leer en THF, déjenme decirles que regresó *-*. Pueden acceder dando clic aquí
Uhm, aún no sé si re-subir mis historias ahí. :/, tendré que pensarlo o ustedes, ¿qué opinan? En fin, que tengan un excelente inicio de semana *-*